EL NIÑO YUNTERO _ MIGUEL HERNÁNDEZ
Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.
Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.
Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.
Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.
Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.
Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.
Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.
A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.
Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.
Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.
Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.
Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.
Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.
¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?
Que salga del corazón
de los hombre jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.
Galeones de Abril - John Ashbery
al fondo de la habitación un vals desacreditado
estaba vivo y recitaba cuentos acerca de los conquistadores
y sus lirios - ¿será la vida, en conjunto,
una tibia fiesta de estreno de una casa? ¿Y de dónde salen
los pedazos de sentido? Era evidente
que había llegado el momento de marcharse, de cambiar
de dirección, hacia las ciénagas y hacia los nombres
fríos y enroscados de ciudades que sonaban como si existiesen
aunque no hubieran existido nunca. Veía la barca
como una lima de uñas que apuntase a los placeres
del gran mar abierto, que se detendría por mí,
que probaríamos tú y yo la desarticulación
de una inclinada cubierta y volveríamos algún día
por entre los rasgados velos anaranjados de una tarde
que sabría nuestros nombres aunque con una pronunciación
diferente y entonces, solamente entonces, podría llegar el provecho de la primavera
a su propio ritmo, como se suele decir, con el gesto
de un pájaro que despega para acceder a una posición
supuestamente mejor aunque no tal vez mayor,
en el sentido en el que una guitarra con alas sería mayor
si la tuviéramos. Y todos los árboles parecían existir.
Luego vino un día más corto de tapices mohosos
con las iniciales de todos los anteriores propietarios
para aconsejarnos callar y esperar. ¿Nos conocería ahora
el ratón, y si así era, hasta qué punto admitiría
la proximidad la conversación sobre la diferencia, bien migaja
o bien otra caridad menos perceptible? Iba todo a ser
desperdigado de todos modos, tan lejano del deseo de uno
como la raíz del árbol respecto al centro de la tierra
del que en cualquier caso surgió a tiempo
de informarnos sobre felices floraciones y sobre la fiesta
de las parras que iba a haber mañana. El simple hecho de estar debajo
de ellas te hace a veces preguntarte cuánto sabes
y entonces despiertas y sabes, pero no sabes
cuánto. En los intervalos de la media luz las notas
de una mandolina desafinada parecen coexistir con su
pregunta y con la no menos urgente respuesta. Ven
a mirarnos, pero no desde muy cerca, pues la familiaridad
se disipará entre truenos y la niña mendiga
que con pelo de esparto llora incomprensiblemente será
lo único que quede de la edad de oro, nuestra
edad de oro, y no volverán a salir al alba
los enjambres para volver como una lluvia de polvo
suave por la noche a apartarnos de nuestra honradez
aburrida e insatisfactoria con cuentos de vistosas ciudades,
de cómo en ellas construía la neblina y qué
instrucciones seguian los leprosos
para evitar estos ojos, los ojos viejos del amor.
OLGA OROZCO
JUGABAS A ESCONDERTE
XIV
Jugabas a esconderte entre los utensilios de cocina
como un extraño objeto tormentoso entre indecibles faunas,
o a desaparecer en las complicidades del follaje
con un manto de dríada dormida bajo los velos de la tarde,
o eras sustancia yerta debajo de un papel que se levanta y anda.
Henchías los armarios con organismos palpitantes
o poblabas los vestidos vacíos con criaturas decapitadas y fantasmas.
Fuiste pájaro y grillo, musgo ciego y topacios errantes.
Ahora sé que tratabas de despistar a tu perseguidora con efímeras máscaras.
No era mentira el túnel con orejas de liebre
ni aquella cacería de invisibles mariposas nocturnas.
Te alcanzó tu enemiga poco a poco
y te envolvió en sus telas como con un disfraz de lluviosos andrajos.
Saliste victoriosa en el irreversible juego de no estar.
Sin embargo, aún ahora, cierta respiración desliza un vidrio frío por mi espalda.
Y entonces ese insecto radiante que tiembla entre las flores,
la fuga inexplicable de las pequeñas cosas,
un hocico de sombra pegado noche a noche a la ventana, no sé, podría ser,
¿quién me asegura acaso que no juegas a estar, a que te atrapen?
De "Cantos a Berenice" 1920
Cuando llueve en domingo - Vladimir Holan
Cuando llueve en domingo y tú estás solo,
completamente solo,
abierto a todo, pero no llega ni el ladrón
y no llama a la puerta ni el borracho ni el enemigo;
cuando llueve en domingo mientras tú estás abandonado
y no comprendes cómo vivir sin cuerpo
y cómo no vivir puesto que tienes cuerpo;
cuando llueve en domingo y, solo, no eres más que tú,
¡no esperes ni hablar contigo mismo!
Entonces el ángel es el único que sabe
lo que hay encima de él,
entonces el diablo es el único que sabe
lo que hay debajo de él.
El libro sostenido, el poema al caer.
Una mujer que valga la pena
"Ese pobre Swann –dijo aquella noche la princesa a su marido- sigue tan simpático como siempre, pero tiene un aire tristísimo. (...) En el fondo me parece ridículo que un hombre de su inteligencia sufra por una persona de esa clase, y que, además, no tiene ningún interés, porque dicen que es idiota", añadió, con esa prudencia de las gentes que no están enamoradas y que se imaginan que un hombre listo no debe sufrir de amor más que por una mujer que valga la pena; que es lo mismo que si nos asombráramos de que una persona se digne padecer del cólera por un ser tan insignificante como el bacilo vírgula.
Marcel Proust, "Por el camino de Swann"
Gilles Deleuze
El cuerpo de Spinoza
SOBRE SPINOZA. ¿Por qué escribir sobre Spinoza? También a hay que abordarlo por el medio y no por el primer principio distancia única para todos los atributos). El alma y el cuerpo, nadie tuvo jamás una idea tan original de la conjunción «y».
Cada individuo, alma y cuerpo, posee una infinidad de partes que le pertenecen bajo una cierta relación más o menos impuesta. Cada individuo también está compuesto de individuos de orden inferior y entra en la composición de individuos de orden superior. Todos los individuos están en la Naturaleza como en un plano de consistencia del que forman la figura completa, variable en cada momento. Y se afectan unos a otros, puesto que la relación que constituye cada uno supone un grado de fuerza, un poder de ser afectado. En el universo todo son encuentros, buenos o malos, eso depende. Adán come la manzana, ¿el fruto prohibido? No, es un fenómeno del tipo indigestión, intoxicación, envenenamiento: esa manzana podrida descompone la relación de Adán. Adán tuvo un mal encuentro. De ahí la fuerza de la pregunta de Spinoza: ¿qué puede un cuerpo?, ¿de qué afectos es capaz? Los afectos son devenires: unas veces nos debilitan, en la medida en que disminuyen nuestra potencia de obrar y descomponen nuestras relaciones (tristeza), y otras nos hacen más fuertes, en la medida en que aumenta nuestra potencia y nos hacen entrar en un individuo más amplio o superior (alegría). Spinoza no cesa de asombrarse del cuerpo. No se asombra de tener un cuerpo, sino de lo que puede el cuerpo. Y es que los cuerpos no se definen por su género o por su especie, por sus órganos y sus funciones, sino por lo que pueden, por los afectos de que son capaces, tanto en pasión como en acción. Así pues, no habréis definido un animal en tanto que no hayáis elaborado la lista de sus afectos. En ese sentido, hay más diferencias entre un caballo de carreras y un caballo de labor que entre un caballo de labor y un buey. Un lejano sucesor de Spinoza (1) dirá: mirad la garrapata, admirar esa bestia que se define por tres afectos, los únicos de los que es capaz en función de las relaciones de que está compuesta, un mundo tripolar, ¡eso es todo! Si la luz le afecta, se sube hasta la punta de una rama. Si el olor de un mamífero le afecta, se deja caer sobre él. Si los pelos le molestan, busca un lugar desprovisto de ellos para hundirse bajo la piel y chupar la sangre caliente. Ciega y sorda en ese inmenso bosque, la garrapata sólo tiene tres afectos, y el resto del tiempo puede dormir durante años mientras espera el encuentro. Y a pesar de todo, ¡qué fuerza! En último término, siempre se tienen los órganos y las funciones que corresponden a los afectos de los que se es capaz. Comenzad por los animales simples, que sólo tienen un número pequeño de afectos y que no están en nuestro mundo, ni en otro, sino con un mundo asociado que ellos han sabido cortar, recortar, volver a coser: la araña y su tela, el piojo y el cráneo, la garrapata y un trozo de piel de mamífero, ésos sí que son animales filosóficos y no el pájaro de Minerva. Y llamamos señal a lo que provoca un afecto, a lo que viene a efectuar un poder de ser afectado: la tela se mueve, el cráneo se pliega, un poco de piel se desnuda. Tan sólo unos cuantos signos como estrellas en una inmensa noche negra. Devenir‑araña, devenir-piojo, devenir‑garrapata, una vida desconocida, fuerte, obscura, obstinada.
LOUIS ALTHUSSER Jacques Derrida
Texto leído en el funeral de Louis Althusser. publicado en Les Lettres Françaises, n° 4. diciembre de 1990, pp. 25-26. Traducción de Manuel Arranz en «Cada vez única, el fin del mundo», Valencia, Pre-Textos, 2005. Edición digital de Derrida en castellano.
Ya sabía que iba a ocurrir, hoy voy a ser incapaz
de hablar, voy a ser incapaz de encontrar, como se suele decir, las
palabras.
Perdónenme que lea, por tanto, y que lea no lo
que creo que debería decir –¿se sabe alguna vez lo que hay que decir
en semejante momento?–, sino algo para evitar que el silencio lo cubra
todo, algunos jirones que he podido arrancar al silencio, en el que,
como sin duda ustedes. he estado tentado de encerrarme en este
instante.
Me he enterado de la muerte de
Louis hace pocas horas,
menos de veinticuatro, volviendo de Praga –y el nombre de esta ciudad
me parece ya violento, casi impronunciable–. Porque sabía que a mi
vuelta de Praga tenía que llamarle. Se lo había prometido.
Cualquiera que se encuentre hoy aquí y estuviera
cerca de Louis
cuando hablé con él la última vez por teléfono sin duda lo recuerda:
cuando le prometí llamarle e ir a verle en cuanto volviera de mi
viaje, su última frase, la última frase que oí de
Louis, fue “si todavía
estoy vivo, sí, llámame, ven a verme, date prisa”. Le respondí en tono
de broma para disimular, tratando de ocultar mi angustia y mi
tristeza: “De acuerdo, te llamo y vengo”.
Louis, se ha acabado el
tiempo, me faltan las fuerzas para llamarte, para hablar, para
hablarte (estás demasiado ausente y a la vez demasiado presente: en
mí, en mi interior). y todavía más para hablar de ti a otros, aunque
sean, como es el caso, tus amigos, nuestros amigos.
No tengo ánimos para hacer un elogio. ni siquiera
para pronunciarlo, habría demasiado que decir y éste no es el momento.
Nuestros amigos, tus amigos que están aquí saben por qué es casi
indecente hablar en este momento –y dirigirse una vez más a ti–. Pero
el silencio también es insoportable. No soporto la idea. como si
dentro de mí tú no soportaras la idea.
Julio Cortázar
Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre
al anochecer, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos
zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los
vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce
que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo,
a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos
arderá dulcemente hasta calcinarnos.
Julio Cortázar
Rayuela (Fragmento)
Eveline - JAMES JOYCE
Sentada a la ventana vio cómo la noche invadía la avenida. Reclinó la cabeza en la cortina y su nariz se llenó del olor a cretona polvorienta. Se sentía cansada.
Pasaban pocas personas. El hombre que vivía al final de la manzana regresaba a su casa; oyó los pasos repicar sobre la acera de cemento y crujir luego en el camino de ceniza que pasaba frente a las nuevas casas de ladrillo rojo. En otro tiempo hubo allí un solar yermo en donde jugaban todas las tardes con los otros muchachos. Luego, alguien de Belfast compró el solar y construyó allí casas -no casitas de color pardo como las demás, sino casas de ladrillo, de colores vivos y techos charolados. Los muchachos de la avenida acostumbraban a jugar en ese placer: los Devine, los Water, los Dunn, Keogh el lisiadito, ella y sus hermanos y hermanas. Ernest, sin embargo, nunca jugaba: era muy mayor. Su padre solía perseguirlos por el yermo esgrimiendo un bastón de endrino; pero casi siempre el pequeño Keogh se ponía a vigilar y avisaba cuando veía venir a su padre. Con todo, parecían felices por aquel entonces. Su padre no iba tan mal en ese tiempo; y, además, su madre estaba viva. Eso fue hace años; ella, sus hermanos y hermanas ya eran personas mayores; su madre había muerto. Tizzie Dunn también había muerto y los Water habían vuelto a Inglaterra. ¡Todo cambia! Ahora ella también se iría lejos, como los demás, abandonando el hogar paterno.
¡El hogar! Echó una mirada al cuarto, revisando todos los objetos familiares que había sacudido una vez por semana durante tantísimos años, preguntándose de dónde saldría ese polvo. Quizá no volvería a ver las cosas de la familia, de las que nunca soñó separarse. Y, sin embargo, en todo ese tiempo nunca averiguó el nombre del cura cuya foto amarillenta colgaba en la pared, sobre el armonio roto, al lado de la estampa de las promesas a Santa Margarita María Alacoque. Fue amigo de su padre. Cada vez que mostraba la foto a un visitante, su padre solía alargársela con una frase fácil:
Pasaban pocas personas. El hombre que vivía al final de la manzana regresaba a su casa; oyó los pasos repicar sobre la acera de cemento y crujir luego en el camino de ceniza que pasaba frente a las nuevas casas de ladrillo rojo. En otro tiempo hubo allí un solar yermo en donde jugaban todas las tardes con los otros muchachos. Luego, alguien de Belfast compró el solar y construyó allí casas -no casitas de color pardo como las demás, sino casas de ladrillo, de colores vivos y techos charolados. Los muchachos de la avenida acostumbraban a jugar en ese placer: los Devine, los Water, los Dunn, Keogh el lisiadito, ella y sus hermanos y hermanas. Ernest, sin embargo, nunca jugaba: era muy mayor. Su padre solía perseguirlos por el yermo esgrimiendo un bastón de endrino; pero casi siempre el pequeño Keogh se ponía a vigilar y avisaba cuando veía venir a su padre. Con todo, parecían felices por aquel entonces. Su padre no iba tan mal en ese tiempo; y, además, su madre estaba viva. Eso fue hace años; ella, sus hermanos y hermanas ya eran personas mayores; su madre había muerto. Tizzie Dunn también había muerto y los Water habían vuelto a Inglaterra. ¡Todo cambia! Ahora ella también se iría lejos, como los demás, abandonando el hogar paterno.
¡El hogar! Echó una mirada al cuarto, revisando todos los objetos familiares que había sacudido una vez por semana durante tantísimos años, preguntándose de dónde saldría ese polvo. Quizá no volvería a ver las cosas de la familia, de las que nunca soñó separarse. Y, sin embargo, en todo ese tiempo nunca averiguó el nombre del cura cuya foto amarillenta colgaba en la pared, sobre el armonio roto, al lado de la estampa de las promesas a Santa Margarita María Alacoque. Fue amigo de su padre. Cada vez que mostraba la foto a un visitante, su padre solía alargársela con una frase fácil:
El ausentismo de los muchos
"Odio
a los indiferentes, creo que (...) Vivir significa tomar partido. No
pueden existir solamente hombres, extraños a la ciudad. Quien
verdaderamente vive no puede dejar de ser ciudadano y de participar. La
indiferencia es abulia, parasitismo, ruindad; no es vida.(...)"
"La indiferencia actúa potentemente en la historia. Actúa pasivamente, pero actúa. Es la fatalidad; es aquello que con lo que no se puede contar; es lo que descompone los programas, subvierte los planes mejores construidos; es la materia bruta que se revela frente a la inteligencia y la destroza.
Lo que ocurre, no ocurre tanto porque algunos quieren que ocurra, como porque la masa de hombres abdica de su voluntad, deja hacer, deja anudar lo que únicamente la espada puede cortar, deja promulgar leyes que solo la revuelta puede luego abrogar, deja acceder al poder a los hombres que luego un amotinamiento podrá únicamente derrocar."
(...)
"Los hechos maduran en las sombras, pocas manos no vigiladas por ningún control urden la tela de la vida colectiva, y la masa no se entera porque se despreocupa de esto. Los destinos de una época son manipulados según visiones estrechas, objetivos inmediatos, ambiciones y pasiones personales de pequeños grupos activos; y la tela urdida en las sombras se completa; Entonces parece que es la fatalidad la que viene a sacudir a todo y a todos, al que quiso y al que no quiso, al que sabía y al que no sabía, al que había sido activo y al que permaneció indiferente."
Antonio Gramsci
Extracto del primer y único editorial de “La Cittá Futura”, periódico de cultura obrera escrita y dirigida por el mismo Gramsci.
11 de febrero de 1917
"La indiferencia actúa potentemente en la historia. Actúa pasivamente, pero actúa. Es la fatalidad; es aquello que con lo que no se puede contar; es lo que descompone los programas, subvierte los planes mejores construidos; es la materia bruta que se revela frente a la inteligencia y la destroza.
Lo que ocurre, no ocurre tanto porque algunos quieren que ocurra, como porque la masa de hombres abdica de su voluntad, deja hacer, deja anudar lo que únicamente la espada puede cortar, deja promulgar leyes que solo la revuelta puede luego abrogar, deja acceder al poder a los hombres que luego un amotinamiento podrá únicamente derrocar."
(...)
"Los hechos maduran en las sombras, pocas manos no vigiladas por ningún control urden la tela de la vida colectiva, y la masa no se entera porque se despreocupa de esto. Los destinos de una época son manipulados según visiones estrechas, objetivos inmediatos, ambiciones y pasiones personales de pequeños grupos activos; y la tela urdida en las sombras se completa; Entonces parece que es la fatalidad la que viene a sacudir a todo y a todos, al que quiso y al que no quiso, al que sabía y al que no sabía, al que había sido activo y al que permaneció indiferente."
Antonio Gramsci
Extracto del primer y único editorial de “La Cittá Futura”, periódico de cultura obrera escrita y dirigida por el mismo Gramsci.
11 de febrero de 1917
Albert Camus-La esperanza y lo absurdo en la obra de Kafka/En El mito de Sísifo
Todo
el arte de Kafka consiste en obligar al lector a releer. Sus
desenlaces, o la ausencia de desenlaces, sugieren explicaciones, pero
que no se revelan claramente y que exigen, para que parezcan fundadas,
una nueva lectura del relato desde otro ángulo. A veces hay una doble
posibilidad de interpretación, de donde surge la necesidad de dos
lecturas. Eso es lo que buscaba el autor. Pero sería un error querer
interpretar todo detalladamente en Kafka. Un símbolo está siempre en lo
general, y, por precisa que sea su traducción, un artista no puede
restituirle sino el movimiento: no hay traducción literal. Por lo demás,
nada es más difícil de entender que una obra simbólica. Un símbolo
supera siempre a quien lo emplea y le hace decir en realidad más de lo
que cree expresar. A este respecto, el medio más seguro de captarlo
consiste en no provocarlo, en leer la obra con un espíritu no prevenido y
en no buscar sus corrientes secretas. En cuanto a Kafka en particular,
está bien consentir en su juego, y acercarse al drama por la apariencia y
a la novela por la forma.
A primera vista, y para un lector desapegado, se trata de aventuras
inquietantes que arrastran a personajes temblorosos y obstinados en la
persecución de problemas que no formulan nunca. En El proceso es acusado
José K... Pero no sabe de qué. Quiere, sin duda, defenderse, pero
ignora por qué. Los abogados encuentran difícil su causa. Entre tanto,
no deja de amar, de alimentarse o de leer su diario. Luego le juzgan,
pero la sala del tribunal está muy oscura y no comprende gran cosa.
Supone únicamente que lo condenan, pero apenas se pregunta a qué. A
veces duda de ello y también sigue viviendo. Mucho tiempo después, dos
señores bien vestidos y corteses van a buscarle y le invitan a que les
siga. Con la mayor cortesía le llevan a un arrabal desesperado, le ponen
la cabeza sobre una piedra y lo degüellan. Antes de morir, el condenado
dice solamente: "Como un perro".
Mark Twain
"Pasaron
dos o tres días con sus noches; creo que podría decir que pasaron
nadando, que se deslizaron, callados, serenos, hermosos. Así pasábamos
el tiempo: allá abajo el río era monstruosamente grande..., en algunos
lugares tenía una milla y media de ancho; por la noche navegábamos, y de
día parábamos y nos escondíamos; en cuanto empezaba a hacerse de día
dejábamos de navegar y amarrábamos la balsa, casi siempre en las aguas
muertas, debajo de una barra de arena; luego cortábamos unos álamos
jóvenes y unos sauces y tapábamos la balsa con ellos. Después de echar
los sedales, nos metíamos en el río sin hacer ruido, y nadábamos un rato
para lavarnos y refrescarnos, y nos sentábamos en el fondo arenoso
donde el agua nos llegaba más o menos hasta las rodillas y mirábamos la
luz del día. No se oía nada, un silencio perfecto, como si el mundo
entero durmiese; a veces, sólo el chapaleo de las ranas. Si mirábamos
por encima del agua, lejos, lo primero que se veía era algo que parecía
una línea oscura: era el bosque, al otro lado; no se distinguía nada
más; luego, un pedazo pálido de cielo, y más palidez, extendiéndose;
entonces, muy lejos, el río empezaba a suavizarse, y ya no era negro,
sino gris; se veían unas manchitas oscuras que flotaban, muy lejos;
chalanas y esas cosas, y unas rayas largas y negras, balsas; a veces se
oía el crujir de un remo, o voces entreveradas, porque era tan grande el
silencio y los sonidos llegaban de muy lejos; y enseguida se veía una
raya en el agua, por su aspecto sabíamos que era un tronco sumergido en
la corriente rápida que se rompía encima y le daba esa forma; y luego la
neblina, rizándose sobre el agua, y el este se ponía rojo, y también el
río, y aparecía una cabaña de troncos al borde del bosque, muy lejos,
en la otra orilla, seguramente un depósito de maderas, con las pilas
hechas por unos chapuzas, tan mal, que se podía soltar un perro y
hacerlo pasar por cualquier parte. Y luego, una brisa muy suave que
viene desde allí, abanicándote, fresca y pura y con ese olor tan dulce
que le dan los bosques y las flores, aunque hay veces que no llega así
porque alguien deja peces muertos por ahí, peces aguja o de otra clase, y
huelen bastante mal; y luego, ¡el día!, ¡y todo sonríe al sol, y los
pájaros cantan y cantan!"
Huckleberry Finn (fragmento)
Huckleberry Finn (fragmento)
Fragmento de El amante del volcán de Susan Sontag
Me cuentas un chiste. Me encanta tu chiste. Me hace reír tanto que me
duelen los costados y se me humedecen los ojos. Y es muy agudo y sutil.
Incluso bastante profundo. Todo esto en un chiste. Debo pasarlo.
Aquí viene otra persona. Le contaré tu chiste. Quiero decir, el chiste. No es tuyo, claro. Alguien te lo contó. Y ahora lo contaré a otra persona si puedo recordarlo. Antes de que lo olvide. Quiero compartirlo con alguien, ver que esa persona reacciona como yo (ruge de risa, asiente apreciativa con la cabeza, se le humedecen los ojos), pero para ser el lanzador, no el receptor, no debo estropear su gracia. Debo contarlo como tú lo contaste, por lo menos tan bien. Debo estar al volante del chiste y conducirlo adecuadamente sin atascar las marchas o precipitarlo en una zanja.
[...]
Un chiste nunca es mío. Párame si ya lo conoces, dice quien cuenta chistes, cuando se dispone a compartir su última adquisición. Está en lo cierto al asumir que otros también deben contarlo: un chiste circula.
El chiste es esta posesión impersonal. No lleva la firma de nadie. Me lo contaron, pero no lo inventé; estaba bajo mi custodia y decido pasarlo, que circule. No se refiere a ninguno de nosotros. No habla de ti ni de mí. Tiene una vida propia.
Sale… como una detonación, como una risa, un estornudo; como un orgasmo, como una pequeña explosión, un desbordamiento. Contarlo quiere decir: aquí estoy. Sé lo suficientemente como para apreciar este chiste. Soy lo suficientemente sociable y expresiva como para contarlo a otros. Me encanta divertir. Me encanta figurar. Me encanta que me valoren. Me encanta sentirme competente. Me encanta estar detrás de mi cara y conducir este pequeño vehículo hasta su pronto destino… y luego salirme. Estoy en el mundo, que tiene muchas cosas que no son yo y que yo valoro.
Pásalo.
Aquí viene otra persona. Le contaré tu chiste. Quiero decir, el chiste. No es tuyo, claro. Alguien te lo contó. Y ahora lo contaré a otra persona si puedo recordarlo. Antes de que lo olvide. Quiero compartirlo con alguien, ver que esa persona reacciona como yo (ruge de risa, asiente apreciativa con la cabeza, se le humedecen los ojos), pero para ser el lanzador, no el receptor, no debo estropear su gracia. Debo contarlo como tú lo contaste, por lo menos tan bien. Debo estar al volante del chiste y conducirlo adecuadamente sin atascar las marchas o precipitarlo en una zanja.
[...]
Un chiste nunca es mío. Párame si ya lo conoces, dice quien cuenta chistes, cuando se dispone a compartir su última adquisición. Está en lo cierto al asumir que otros también deben contarlo: un chiste circula.
El chiste es esta posesión impersonal. No lleva la firma de nadie. Me lo contaron, pero no lo inventé; estaba bajo mi custodia y decido pasarlo, que circule. No se refiere a ninguno de nosotros. No habla de ti ni de mí. Tiene una vida propia.
Sale… como una detonación, como una risa, un estornudo; como un orgasmo, como una pequeña explosión, un desbordamiento. Contarlo quiere decir: aquí estoy. Sé lo suficientemente como para apreciar este chiste. Soy lo suficientemente sociable y expresiva como para contarlo a otros. Me encanta divertir. Me encanta figurar. Me encanta que me valoren. Me encanta sentirme competente. Me encanta estar detrás de mi cara y conducir este pequeño vehículo hasta su pronto destino… y luego salirme. Estoy en el mundo, que tiene muchas cosas que no son yo y que yo valoro.
Pásalo.
Fragmentos para dominar el silencio - ALEJANDRA PIZARNIK
I
Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.
II
Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.
Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores.
No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris.
III
La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aún si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.
(Alejandra Pizarnik, de La extracción de la piedra de la locura, 1968)
Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.
II
Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.
Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores.
No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris.
III
La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aún si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.
(Alejandra Pizarnik, de La extracción de la piedra de la locura, 1968)
Carta de Jack London a Ana Strunsky (Fragmento)
Ana querida:
¿Dije que el ser humano podría ser clasificado por categorías? Bien, y
si lo hice, déjeme cuantificar: no todos los seres humanos. Usted me
elude. No puedo encontrarla, no puedo entenderla. Puedo jactarme de que a
nueve de diez personas, bajo circunstancias dadas, puedo pronosticar su
acción; que de nueve de diez, por su palabra o acción, puedo tomar el
pulso de sus corazones. Pero de la décima desespero. Está más allá de
mí. Usted es la décima.
¡Estaban siempre dos almas, con los labios mudos, emparejados más incongruentemente! Podemos sentirnos en comunión -seguramente, a menudo podemos- y cuando no nos sentimos en comunión, con todo nos entendemos; pero no tenemos ninguna lengua común. Las palabras habladas no vienen a nosotros. Somos ininteligibles. Dios debe reírse de la actuación.
¡Estaban siempre dos almas, con los labios mudos, emparejados más incongruentemente! Podemos sentirnos en comunión -seguramente, a menudo podemos- y cuando no nos sentimos en comunión, con todo nos entendemos; pero no tenemos ninguna lengua común. Las palabras habladas no vienen a nosotros. Somos ininteligibles. Dios debe reírse de la actuación.
Si - Rudyard Kipling
Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en tí mismo cuando los demás dudan de tí,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduria...
Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso (desastre)
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho:
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas...
Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
excepto La Voluntad que les dice "!Continuad!".
Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.
La partida
En fin, voy a partir, bárbara amiga,
voy a partir, y me abandono ciego
a tu imperiosa voluntad. Lo mandas;
ni sé, ni puedo resistir; adoro
la mano que me hiere, y beso humilde
el dogal inhumano que me ahoga.
No temas ya las sombras que te asustan,
las vanas sombras que te abulta el miedo
cual fantasmas horribles, a la clara
luz de tu honor y tu virtud opuestas,
que nacer sólo hicieron... En mi labio
la queja bien no está; gime y suspira;
no a culpar tu rigor de los instantes
del más ardiente amor tal vez postreros.
¡Qué proyectos formábamos!... Mi vida,
mi delicia, mi amor, mi bien, señora,
amiga, hermana, esposa, ¡oh si yo hallara
otro nombre aun más dulce!, ¿qué pretendes?
¿Sabes do quieres despeñarme? Espera,
aguarda pocos días; no me ahogues;
después yo mismo partiré; tú nada
tendrás que hacer ni que mandar; humilde
correré a mi destierro y resignado.
Mas ora, ¡irme!, ¡dejarte! Si me amas,
¿por qué me echas de ti, bárbara amiga?
ya lo veo, te canso; cuidadosa
conmigo evitas el secreto; me huyes;
sola te asustas y de todo tiemblas.
tu lengua se tropieza balbuciente,
y embarazada estás cuando me miras.
Si yo te miro, desmayada tornas
la faz y alguna lágrima..., ¡oh martirio!
Yo me acuerdo de un tiempo en que tus ojos
otros, ¡ay!, otros eran; me buscaban,
y en su mirar y regaladas burlas
alentaban mis tímidos deseos.
¿Te has olvidado de la selva hojosa,
do huyendo veces tantas del bullicio,
en sus oscuras solitarias calles
buscamos un asilo misterioso,
de alentar libres de mordaz censura?
¡Qué sitio no halló allí nuestras ternezas!
¿No ardió con nuestra llama? Al lugar corre
do reposar solíamos y escucha
tu blando corazón: si él mis suspiros
se atreve a condenar, dócil al punto
cedo a tu imperio y parto. Pero en vano,
te reconvengo, yo te canso; acaba
de arrojarme de ti, cruel,,, Perdona,
perdona a mi delirio; de rodillas
tus pies abrazo y tu piedad imploro.
¡Yo acusar tu fineza!... Yo cansarte,
a ti, que me idolatras...no: la pluma
se deslizó; mis lágrimas lo borren.
¡Oh Dios!, yo la he ultrajado; esto restaba
a mi inmenso dolor. Mi bien, señora,
dispón, ordena, manda: te obedezco;
sé que me adoras; no lo dudo; humilde
me resigno a tu arbitrio... El coche se oye,
y del sonante látigo el chasquido,
el ronco estruendo, el retiñir agudo,
viene a colmar la turbación horrible
de mi agitado corazón... Se acerca
veloz y para; te obedezco y parto.
Adión, amada, adiós... El llanto acabe,
que el débil pecho en su dolor se ahoga.
Juan Meléndez Valdés
Caballero Bonald, Premio Cervantes 2012
Novelista y poeta, flamencólogo, navegante, sobrevivió a dos naufragios, y ahora gana la inmortalidad con el «Nobel de las Letras Hispanas» el año en el que se despide con «Entreguerras»
El año en el que se ha despedido de la Letras con un poema-río de carácter testamentario, «Entreguerras», José Manuel Caballero Bonald, «en el arrabal de mi senectud», confiesa, acaba de ser galardonado con el máximo galardón de las Letras de habla hispana: el Premio Cervantes.
José Manuel Caballero Bonald nace el 11 de noviembre de 1926 en Jerez de la Frontera (Cádiz), en la calle Caballeros, en el lugar donde actualmente se ubica su Fundación. Hijo de Plácido Caballero, cubano de madre criolla y padre santanderino, y de Julia Bonald, perteneciente a una rama de la familia del vizconde de Bonald, filósofo tradicionalista francés, radicada en Andalucía desde mediados del S.XIX.
Cursó primera enseñanza y bachillerato en el Colegio de los Marianistas de Jerez. Cuando se sucede la tragedia de la Guerra Civil, Caballero Bonald pasa temporadas en la Sierra de Cádiz y en Sanlúcar de Barrameda. Sus primeras lecturas memorables son Jack London, Emilio Salgari, Robert Stevenson, José de Espronceda. Entre 1944-1948, Caballero Bonald realiza estudios de Náutica en Cádiz. Escribe sus primeros poemas.
El año en el que se ha despedido de la Letras con un poema-río de carácter testamentario, «Entreguerras», José Manuel Caballero Bonald, «en el arrabal de mi senectud», confiesa, acaba de ser galardonado con el máximo galardón de las Letras de habla hispana: el Premio Cervantes.
José Manuel Caballero Bonald nace el 11 de noviembre de 1926 en Jerez de la Frontera (Cádiz), en la calle Caballeros, en el lugar donde actualmente se ubica su Fundación. Hijo de Plácido Caballero, cubano de madre criolla y padre santanderino, y de Julia Bonald, perteneciente a una rama de la familia del vizconde de Bonald, filósofo tradicionalista francés, radicada en Andalucía desde mediados del S.XIX.
Cursó primera enseñanza y bachillerato en el Colegio de los Marianistas de Jerez. Cuando se sucede la tragedia de la Guerra Civil, Caballero Bonald pasa temporadas en la Sierra de Cádiz y en Sanlúcar de Barrameda. Sus primeras lecturas memorables son Jack London, Emilio Salgari, Robert Stevenson, José de Espronceda. Entre 1944-1948, Caballero Bonald realiza estudios de Náutica en Cádiz. Escribe sus primeros poemas.
Conmemoración de la muerte de las hermanas Mirabal
El 25 de noviembre fué declarado día Internacional contra la Violencia hacia la mujer en el Ier Encuentro Feminista de Latinoamérica y del Caribe celebrado en Bogotá (Colombia) en julio de 1981.
En este encuentro las mujeres denunciaron la violencia de género a nivel doméstico y la violación y el acoso sexual a nivel de estados incluyendo la tortura y los abusos sufridos por prisioneras políticas.
Se eligió el 25 de noviembre para conmemorar el violento asesinato de las hermanas Mirabal (Patria, Minerva y Maria Teresa), tres activistas políticas asesinadas el 25 de noviembre de 1960 en manos por la policía secreta del dictador Rafael Trujillo en la República Dominicana.
Sus cadáveres destrozados aparecieron en el fondo de un precipio. Para el movimiento popular y feminista de República Dominicana históricamente estas mujeres han simbolizado la lucha y la resistencia.
En este encuentro las mujeres denunciaron la violencia de género a nivel doméstico y la violación y el acoso sexual a nivel de estados incluyendo la tortura y los abusos sufridos por prisioneras políticas.
Se eligió el 25 de noviembre para conmemorar el violento asesinato de las hermanas Mirabal (Patria, Minerva y Maria Teresa), tres activistas políticas asesinadas el 25 de noviembre de 1960 en manos por la policía secreta del dictador Rafael Trujillo en la República Dominicana.
Sus cadáveres destrozados aparecieron en el fondo de un precipio. Para el movimiento popular y feminista de República Dominicana históricamente estas mujeres han simbolizado la lucha y la resistencia.
La mujer y su expresión. Victoria Ocampo
"Creo que, desde hace siglos, toda conversación entre el hombre y la
mujer. empieza por un "no me interrumpas" de parte del hombre. Hasta
ahora el monólogo parece haber sido la manera predilecta de expresión
adoptada por él. Durante siglos, habiéndose dado cuenta cabal de que
larazón del más fuerte es siempre la mejor (por más que no debiera
serlo), la mujer se ha resignado a repetir, por lo común, migajas del
monólogo masculino disimulando a veces entre ellas algo de su cosecha.
Pero a pesar de sus cualidades de perro fiel que busca refugio a los
pies del amo que la castiga, ha acabado por encontrar cansadora e inútil
la faena. Luchando contra esas cualidades que el hombre ha interpretado
a menudo como signos de una naturaleza inferior a la suya, o que ha
respetado porque ayudaban a hacer de la mujer una estatua que se coloca
en un nicho para que se quede ahí "sage comme une image"; luchando,
digo, contra esa inclinación que la lleva a ofrecerse en holocausto, se
ha atrevido a decirse con firmeza desconocida hasta ahora: "El monólogo
del hombre no me alivia ni de mis sufrimientos, ni de mis pensamientos.
¿Por qué he de resignarme a repetirlo? Tengo otra cosa que expresar.
Otros sentimientos, otros dolores han destrozado mi vida, otras alegrías
la han iluminado desde hace siglos"
La mujer y su expresión. Victoria Ocampo. Fragmento
Me sobra el corazón
Hoy estoy sin saber yo no sé cómo,
hoy estoy para penas solamente,
hoy no tengo amistad,
hoy sólo tengo ansias
de arrancarme de cuajo el corazón
y ponerlo debajo de un zapato.
Hoy reverdece aquella espina seca,
hoy es día de llantos de mi reino,
hoy descarga en mi pecho el desaliento
plomo desalentado.
No puedo con mi estrella.
Y busco la muerte por las manos
mirando con cariño las navajas,
y recuerdo aquel hacha compañera,
y pienso en los más altos campanarios
para un salto mortal serenamente.
Si no fuera ¿por qué?... no sé por qué,
mi corazón escribiría una postrera carta,
una carta que llevo allí metida,
haría un tintero de mi corazón,
una fuente de sílabas, de adioses y regalos,
y ahí te quedas, al mundo le diría.
Yo nací en mala luna.
Tengo la pena de una sola pena
que vale más que toda la alegría.
Un amor me ha dejado con los brazos caídos
y no puedo tenderlos hacia más.
¿No veis mi boca qué desengañada,
qué inconformes mis ojos?
Cuanto más me contemplo más me aflijo:
cortar este dolor ¿con qué tijeras?
Ayer, mañana, hoy
padeciendo por todo
mi corazón, pecera melancólica,
penal de ruiseñores moribundos.
Me sobra corazón.
Hoy, descorazonarme,
yo el más corazonado de los hombres,
y por el más, también el más amargo.
No sé por qué, no sé por qué ni cómo
me perdono la vida cada día.
De "Otros poemas"
1935 1936
Miguel Hernandez
Arthur Rimbaud - Una temporada en el infierno
Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en el que todos los corazones se abrían, en el que todos los vinos se escanciaban.
Una tarde, me senté a la Belleza en las rodillas. - Y la encontré amarga. - Y la cubrí de insultos.
Me armé contra la justicia.
Escapé. ¡Oh brujas, miseria, odio: a ustedes se les confió mi tesoro!
Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza humana. Sobre toda alegría, para estrangularla, salté como una fiera, sordamente.
Llamé a los verdugos para, mientras perecía, morder las culatas de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme en la arena, en la sangre. La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo. Me dejé secar por el aire del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la locura.
Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota.
Ahora bien, últimamente, habiendo estado a punto de soltar el último ¡cuac!, se me ocurrió buscar la clave del antiguo festín, en el que había, quizá, de recobrar el apetito.
La caridad es esa clave. - ¡Semejante inspiración demuestra que todo fue un sueño!
"Seguirás siendo hiena, etc.", exclama el demonio que de tan amables adormideras me coronó. "Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo, y todos los pecados capitales."
¡Ah! Ya he aguantado demasiado: - Pero, querido Satanás, te lo suplico, menos irritación en la pupila. Y mientras van llegando las pequeñas cobardías que faltan, para ti, que tanto valoras en el escritor la carencia de facultades descriptivas o instructivas, arranco unas cuantas páginas repelentes de mi cuaderno de condenado.
Arthur Rimbaud
Una temporada en el infierno (fragmento)
Una tarde, me senté a la Belleza en las rodillas. - Y la encontré amarga. - Y la cubrí de insultos.
Me armé contra la justicia.
Escapé. ¡Oh brujas, miseria, odio: a ustedes se les confió mi tesoro!
Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza humana. Sobre toda alegría, para estrangularla, salté como una fiera, sordamente.
Llamé a los verdugos para, mientras perecía, morder las culatas de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme en la arena, en la sangre. La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo. Me dejé secar por el aire del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la locura.
Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota.
Ahora bien, últimamente, habiendo estado a punto de soltar el último ¡cuac!, se me ocurrió buscar la clave del antiguo festín, en el que había, quizá, de recobrar el apetito.
La caridad es esa clave. - ¡Semejante inspiración demuestra que todo fue un sueño!
"Seguirás siendo hiena, etc.", exclama el demonio que de tan amables adormideras me coronó. "Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo, y todos los pecados capitales."
¡Ah! Ya he aguantado demasiado: - Pero, querido Satanás, te lo suplico, menos irritación en la pupila. Y mientras van llegando las pequeñas cobardías que faltan, para ti, que tanto valoras en el escritor la carencia de facultades descriptivas o instructivas, arranco unas cuantas páginas repelentes de mi cuaderno de condenado.
Arthur Rimbaud
Una temporada en el infierno (fragmento)
Auguste Comte - Curso de filosofía positiva
La etapa teológica, en la que la mente humana, orientando su búsqueda a la naturaleza del ser, a las causas primeras y finales de todos los efectos que contempla, en una palabra, al conocimiento absoluto, ve los fenómenos como productos de la acción directa y continua de agentes sobrenaturales más o menos numerosos, cuya intervención arbitraria explica todas las aparentes anomalías del universo.
(...)
La etapa positiva, en donde la mente humana, reconociendo la imposibilidad de alcanzar conceptos absolutos, abandona la búsqueda del origen y el destino del universo, y de las causas internas de los fenómenos y se limita al descubrimiento, por medio de la razón y la observación combinadas, de las leyes que gobiernan la secuencia y la semejanza de los fenómenos. La explicación de los hechos, ahora reducidos a sus términos reales, consiste en el establecimiento de una relación entre varios fenómenos particulares y unos cuantos hechos generales, que disminuyen en número con el progreso de la ciencia.
Curso de filosofía positiva
(fragmento)
(...)
La etapa positiva, en donde la mente humana, reconociendo la imposibilidad de alcanzar conceptos absolutos, abandona la búsqueda del origen y el destino del universo, y de las causas internas de los fenómenos y se limita al descubrimiento, por medio de la razón y la observación combinadas, de las leyes que gobiernan la secuencia y la semejanza de los fenómenos. La explicación de los hechos, ahora reducidos a sus términos reales, consiste en el establecimiento de una relación entre varios fenómenos particulares y unos cuantos hechos generales, que disminuyen en número con el progreso de la ciencia.
Curso de filosofía positiva
(fragmento)
Sortilegios
Y las damas vestidas de rojo para mi dolor
y con mi dolor insumidas en mi soplo,
agazapadas como fetos de escorpiones
en el lado más interno de mi nuca,
las madres de rojo que me aspiran
el único calor que me doy con mi corazón
que apenas pudo nunca latir,
a mí que siempre tuve que aprender sola
cómo se hace para beber y comer y respirar
y a mí que nadie me enseño a llorar
y nadie me enseñará ni siquiera las grandes damas
adheridas a la entretela de mi respiración
con babas rojizas y velos flotantes de sangre,
mi sangre, la mía sola, la que yo me procuré
y ahora vienen a beber de mí
luego de haber matado al rey que flota en el río
y mueve los ojos y sonríe pero está muerto
y cuando alguien está muerto, muerto
está por más que sonría y las grandes,
las trágicas damas de rojo han matado
al que se va río abajo y yo me quedo
como rehén en perpetua posesión.
Alejandra Pizarnik
Sortilegios, de Extracción de la piedra de la locura
De Sabina, para Chavela
El cantautor español Joaquín Sabina sorprendió con una sentida carta de despedida a la gran dama Chavela Vargas, quien murió el pasado domingo 5 de agosto a sus 93 años.
'Quién pudiera reír como ella' es la reflexión que escribió el artista español para las páginas de Cultura del diario El País de España.
Sabina dice que haber conocido a Chavela Vargas es una de las cosas más grandes que le pudo haber sucedido en la vida.
En el texto, Joaquín narra la vez que la conoció, "aquella primera vez, pedí a Pedro Almodóvar que nos presentara. Al acercarme, escuché cómo él le contaba quién era yo, pues Chavela no tenía la menor idea. 'La admiro desde niño', le dije. 'Yo también le admiro mucho a usted', contestó. Ante la mentira, exclamé: 'Vete a la mierda'. Nos fundimos en un largo abrazo que nunca aflojamos hasta ayer mismo".
La carta ha sido ampliamente replicada en las redes sociales entre los miles de mensajes de condolencias que pululan en la red antes de su muerte. "Con su desaparición, se pierde una manera de cantar llorando, un quejío inigualable, una expresividad fuera de lo común", escribió Sabina que entre los párrafos contó lo que pasó cuando se enteró de la muerte de la gran dama: "Di voz al aparato. Se nos fue, escuché. Y me cogió un llanto irreparable. Lo que nunca me había sucedido. Siempre me culpé por no ser capaz de llorar con la muerte de mis padres, pero esta vez me venció el desconsuelo".
"Andaba dibujando en un cuadernito, una costumbre que recién adquirí, cuando vi por la televisión, encendida sin sonido, la imagen de Chavela. Di voz al aparato. Se nos fue, escuché. Y me cogió un llanto irreparable. Lo que nunca me había sucedido. Siempre me culpé por no ser capaz de llorar con la muerte de mis padres, pero esta vez me venció el desconsuelo. Yo nunca me tomé copas con mis ídolos: Bob Dylan, Leonard Cohen o Brassens. Y sí, con Chavela, con la que he cantado, nos hemos abrazado y reído hasta hartarnos. Todas esas veces cuentan y contarán siempre entre las más grandes cosas que me han sucedido en la vida.
Será difícil, por ejemplo, olvidar cómo la conocí. Fue una noche de hace unos veinte años, en Madrid, en la sala Morasol. Dijo: “Yo vivo en el bulevar de los sueños rotos”. Y yo tuve que escribirle una canción con esa frase. Ya se había recuperado de su alcoholismo. Calculaba que había bebido algo así como 1,8 millones de botellas de tequila y solía decirme cuando me veía beberlo a mí: “Joaquín, ese tequila tuyo es muy malo; el bueno de verdad ya nos lo bebimos José Alfredo Jiménez y yo”. Al conocer la triste noticia, que todos veníamos anticipando, he sentido la necesidad de bajar al bar a tomar uno a su salud, aunque el brebaje sin ella siempre será de los malos.
Aquella primera vez, pedí a Pedro Almodóvar que nos presentara. Al acercarme, escuché cómo él le contaba quién era yo, pues Chavela no tenía la menor idea. “La admiro desde niño”, le dije. “Yo también le admiro mucho a usted”, contestó. Ante la mentira, exclamé. “Vete a la mierda”. Nos fundimos en un largo abrazo que nunca aflojamos hasta ayer mismo, incluso aunque no pudiéramos vernos en su última visita a España, un viaje que quizá no debió hacer, pues no estaba en condiciones. Entonces, yo estaba de gira y a ella la ingresaron en un hospital.
Con su desaparición, se pierde una manera de cantar llorando, un quejío inigualable, una expresividad fuera de lo común. Unos cojones y unos ovarios nunca vistos en la música popular desde la muerte de Roberto Goyeneche. Ella no vendía una voz, vendía un estilo. Era una maestra en perder la primera al tiempo que ganaba lo segundo. Algo en lo que yo, sin duda, tengo mucho que aprender. En estos momentos de pérdida me digo, como en la canción: ¡Quién pudiera reír como llora Chavela! Y recuerdo estas palabras de Almodóvar: “Desde Jesucristo, nadie ha abierto los brazos como ella”.
Joaquín Sabina
Será difícil, por ejemplo, olvidar cómo la conocí. Fue una noche de hace unos veinte años, en Madrid, en la sala Morasol. Dijo: “Yo vivo en el bulevar de los sueños rotos”. Y yo tuve que escribirle una canción con esa frase. Ya se había recuperado de su alcoholismo. Calculaba que había bebido algo así como 1,8 millones de botellas de tequila y solía decirme cuando me veía beberlo a mí: “Joaquín, ese tequila tuyo es muy malo; el bueno de verdad ya nos lo bebimos José Alfredo Jiménez y yo”. Al conocer la triste noticia, que todos veníamos anticipando, he sentido la necesidad de bajar al bar a tomar uno a su salud, aunque el brebaje sin ella siempre será de los malos.
Aquella primera vez, pedí a Pedro Almodóvar que nos presentara. Al acercarme, escuché cómo él le contaba quién era yo, pues Chavela no tenía la menor idea. “La admiro desde niño”, le dije. “Yo también le admiro mucho a usted”, contestó. Ante la mentira, exclamé. “Vete a la mierda”. Nos fundimos en un largo abrazo que nunca aflojamos hasta ayer mismo, incluso aunque no pudiéramos vernos en su última visita a España, un viaje que quizá no debió hacer, pues no estaba en condiciones. Entonces, yo estaba de gira y a ella la ingresaron en un hospital.
Con su desaparición, se pierde una manera de cantar llorando, un quejío inigualable, una expresividad fuera de lo común. Unos cojones y unos ovarios nunca vistos en la música popular desde la muerte de Roberto Goyeneche. Ella no vendía una voz, vendía un estilo. Era una maestra en perder la primera al tiempo que ganaba lo segundo. Algo en lo que yo, sin duda, tengo mucho que aprender. En estos momentos de pérdida me digo, como en la canción: ¡Quién pudiera reír como llora Chavela! Y recuerdo estas palabras de Almodóvar: “Desde Jesucristo, nadie ha abierto los brazos como ella”.
Joaquín Sabina
MARÍA ELENA WALSH - Viento Sur
No hay tunel que dure cien años, mi vida. Mira
como se arruga la tiniebla, la procesión de pálidas
se desbarranca, los funcionarios inauguran ruinas.
Y vos y yo fundamos aires buenos.
Donde estará la plata de mi río, solo barro y olitas
de minué. En los camalotes cantan sirenas, pero
Ulises camionero no las oye, solo escucha la radio.
Llueve liquen en los decrépitos televisores, buenas
noches a todos, mariposas y difuntos. Transmiten
en cadena las cadenas.
El cemento se cansa de ser cobija de la Pampa. Por
los baches asoma la luz mala, resucitan cardos y
maíces, abran paso las luciérnagas curiosas que
verán.
Viento sur, olor a transparencia, silbo de la
calandria, madrecita cantora del primer rayo de la
aurora.
La sopa de los pobres llega al centro, y su vapor
al reino de los cielos.
Ventolina que barre tormentas, lavadero del alma,
nos deja serenitos, reciclando la pena en vasto
amor. Silbo de la calandria y vidalita de la
esperanza.
Darle cuerda al amanecer, empujar un poco al Sol,
al buen día meterlo en casa. Silba la calandria y
nos sorprende en vela, amuchados, con ganas de
seguir.
Estación claridad vamos llegando.
como se arruga la tiniebla, la procesión de pálidas
se desbarranca, los funcionarios inauguran ruinas.
Y vos y yo fundamos aires buenos.
Donde estará la plata de mi río, solo barro y olitas
de minué. En los camalotes cantan sirenas, pero
Ulises camionero no las oye, solo escucha la radio.
Llueve liquen en los decrépitos televisores, buenas
noches a todos, mariposas y difuntos. Transmiten
en cadena las cadenas.
El cemento se cansa de ser cobija de la Pampa. Por
los baches asoma la luz mala, resucitan cardos y
maíces, abran paso las luciérnagas curiosas que
verán.
Viento sur, olor a transparencia, silbo de la
calandria, madrecita cantora del primer rayo de la
aurora.
La sopa de los pobres llega al centro, y su vapor
al reino de los cielos.
Ventolina que barre tormentas, lavadero del alma,
nos deja serenitos, reciclando la pena en vasto
amor. Silbo de la calandria y vidalita de la
esperanza.
Darle cuerda al amanecer, empujar un poco al Sol,
al buen día meterlo en casa. Silba la calandria y
nos sorprende en vela, amuchados, con ganas de
seguir.
Estación claridad vamos llegando.
SALVADOR DALÍ y el mito de Narciso
De todas las versiones del mito de Narciso, la más conocida es la de las Metamorfosis de Ovidio, según la que Narciso es hijo de la ninfa Liríope y del río Cefiso. Al nacer, el adivino Tiresias predice a su madre que éste tendrá una larga vida “si no llega a conocerse”.
De joven es objeto de deseo de numerosos jóvenes de ambos sexos por su belleza, pero él los rechaza a todos. Entre sus pretendientes, la ninfa Eco se enamora perdidamente pero él no le hace caso y, desesperada, se retira a un lugar solitario donde de ella sólo queda su voz.
Némesis, recogiendo la súplica de una de sus víctimas, logra que Narciso, en un día caluroso, paseando por un lugar donde hay una fuente, se incline a beber y se enamore de la imagen que ve allí reflejada, la suya. Y, como no la puede conseguir, se deja morir, inclinado sobre su propia imagen. En el lugar de su muerte nace una flor que lleva su nombre, narciso.
“Había una fuente extremamente clara, plateada, de ondas transparentes, que ni los pastores, ni las cabras que pacen en la montaña ni ningún otro animal habían tocado jamás; que ningún pájaro había enturbiado, ni rama caída del árbol.”
De joven es objeto de deseo de numerosos jóvenes de ambos sexos por su belleza, pero él los rechaza a todos. Entre sus pretendientes, la ninfa Eco se enamora perdidamente pero él no le hace caso y, desesperada, se retira a un lugar solitario donde de ella sólo queda su voz.
Némesis, recogiendo la súplica de una de sus víctimas, logra que Narciso, en un día caluroso, paseando por un lugar donde hay una fuente, se incline a beber y se enamore de la imagen que ve allí reflejada, la suya. Y, como no la puede conseguir, se deja morir, inclinado sobre su propia imagen. En el lugar de su muerte nace una flor que lleva su nombre, narciso.
“Había una fuente extremamente clara, plateada, de ondas transparentes, que ni los pastores, ni las cabras que pacen en la montaña ni ningún otro animal habían tocado jamás; que ningún pájaro había enturbiado, ni rama caída del árbol.”
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