El poeta, periodista y traductor de habla inglesa, Roberto Díaz, presenta una semblanza de una de las más grandes plumas que dio la humanidad. El artículo pertenece al periódico "La Brújula" (del número 4 del mes de Julio de 2000), que dirige Jorge Acosta, y que Sitio al Margen reproduce con la autorización y gentileza del autor y del director del medio.
Cuando Henry James abrió los ojos un 15 de abril de 1843 en la ciudad de Nueva York, ya se sabía que ese niño tendría una vida casi sin sobresaltos, frecuentaría los ámbitos sociales más exquisitos y que se dedicaría, seguramente, a una actividad humanística.
Los James eran una familia de muy buena posición social y Henry era el hermano más joven del prominente William James, un reconocido filósofo y psicólogo, inventor del pragmatismo y del "fluir de la conciencia", teoría intelectual que, luego, adoptarían muchos notables escritores para llevar adelante un estilo de escritura. Virginia Wolf, William Faulkner, el propio James Joyce, fueron entusiastas seguidores de esta tesis que rondaba la escritura automática y ahondaba en los buceos psicoanalíticos del yo.
El joven Henry, gran lector, comenzó temprano su actividad literaria. De educación rigurosa y bien asistida, con gobernantas y tutores, nada le faltaría para comenzar a degustar los placeres que la vida ofrecía, como, por ejemplo, viajar por el mundo.
Y tanto se familiarizó con los viajes, que decidió abandonar su Estados Unidos natal para recalar en Europa; más decididamente, en París.
Allí Henry conoció a Goncourt, a Maupassant, a Balzac. Y también se hizo amigo del ruso Turgueniev, todos nombres de la literatura que entrarían a la memoria universal, con luz propia.
James era de trato cordial pero frío. Los que lo conocieron, lo tildan de "distante" y en sus modales de gran urbanidad, en su presencia atildada, se notaba el burgués de "buena familia" que nunca desmintió ni con sus actitudes ni con sus libros.
Escribió muchísimos artículos y notas en revistas de la época. También comentarios literarios y estéticos. Sus breves ensayos siempre estuvieron dotados de una fina observación y de una pincelada certera sobre personajes y situaciones. Éste fue su mejor tributo junto con una prosa que fue perfeccionando y modelando a través del tiempo.
En esa expatriación que eligió para sí, recaló en Inglaterra y allí se quedó. La mayoría de la obra de James fue escrita en este país. Y siempre tuvo, en su fondo, una especie de conflicto entre mundos: aquel nuevo que había abandonado y que se llamaba América y el otro, el viejo y a la vez signado por muchas cicatrices horrendas que era Europa.
Cuando Henry James abrió los ojos un 15 de abril de 1843 en la ciudad de Nueva York, ya se sabía que ese niño tendría una vida casi sin sobresaltos, frecuentaría los ámbitos sociales más exquisitos y que se dedicaría, seguramente, a una actividad humanística.
Los James eran una familia de muy buena posición social y Henry era el hermano más joven del prominente William James, un reconocido filósofo y psicólogo, inventor del pragmatismo y del "fluir de la conciencia", teoría intelectual que, luego, adoptarían muchos notables escritores para llevar adelante un estilo de escritura. Virginia Wolf, William Faulkner, el propio James Joyce, fueron entusiastas seguidores de esta tesis que rondaba la escritura automática y ahondaba en los buceos psicoanalíticos del yo.
El joven Henry, gran lector, comenzó temprano su actividad literaria. De educación rigurosa y bien asistida, con gobernantas y tutores, nada le faltaría para comenzar a degustar los placeres que la vida ofrecía, como, por ejemplo, viajar por el mundo.
Y tanto se familiarizó con los viajes, que decidió abandonar su Estados Unidos natal para recalar en Europa; más decididamente, en París.
Allí Henry conoció a Goncourt, a Maupassant, a Balzac. Y también se hizo amigo del ruso Turgueniev, todos nombres de la literatura que entrarían a la memoria universal, con luz propia.
James era de trato cordial pero frío. Los que lo conocieron, lo tildan de "distante" y en sus modales de gran urbanidad, en su presencia atildada, se notaba el burgués de "buena familia" que nunca desmintió ni con sus actitudes ni con sus libros.
Escribió muchísimos artículos y notas en revistas de la época. También comentarios literarios y estéticos. Sus breves ensayos siempre estuvieron dotados de una fina observación y de una pincelada certera sobre personajes y situaciones. Éste fue su mejor tributo junto con una prosa que fue perfeccionando y modelando a través del tiempo.
En esa expatriación que eligió para sí, recaló en Inglaterra y allí se quedó. La mayoría de la obra de James fue escrita en este país. Y siempre tuvo, en su fondo, una especie de conflicto entre mundos: aquel nuevo que había abandonado y que se llamaba América y el otro, el viejo y a la vez signado por muchas cicatrices horrendas que era Europa.



























