Juan José Arreola – La feria


La entrega de premios a los poetas laureados se hizo casi en familia. Estaba anunciada en  el  Teatro  Velasco,  pero  no  fue  nadie;  sólo  unos desbalagados que nos preguntaron si iba a  haber peleas de gallos.

En vista de lo cual, los miembros del Ateneo Tzaputlatena  nos  trasladamos  a casa de don  Alfonso, como si se tratara de una sesión rutinaria. Ni siquiera estaban todos los socios.
Cada quien leyó su poema, y los galardones fueron puestos en manos de los triunfadores por  nuestras fieles Virginia y Rosalía. Los dos poetas de fuera se portaron muy gentiles y no  echaron de menos el boato con que han sido recibidos en otras partes. El de aquí, que obtuvo  el tercer premio, estaba realmente deprimido; éste es su primer triunfo y la musa inspiradora,  esto es, su novia, brilló por su ausencia. Todos nos esforzamos por aplaudirlo y reanimarlo.
Después de todo, no podemos decir que los Juegos Florales hayan sido un fracaso, dada la  calidad de las obras premiadas. Al margen del regocijo populachero y de las pompas litúrgicas,  nosotros  mantuvimos  vivo  el  culto  a  la  belleza,  durante  este  holocausto  melancólico  a  las  musas...
Porque  yo  os  digo  en  verdad  que  dondequiera  que  se  reúnan  dos  o  tres  espíritus  en  nombre  de  la Santa Poesía, allí reverdecerá el Jardín de Academo, y se abrirán otra vez las  rosas provenzales de Clemencia Isaura...

 Juan José Arreola – La feria (fragmento)

Primera edición: México D.F., Editorial Joaquín Mortiz S.A, 1963

Alfonsina Storni


Se la recuerda por romántica y suicida. Dice el mito que caminó dulcemente mar adentro. Pero el zapatito gastado que quedó en la escollera afirma que antes, corrió y recorrió las calles de la ciudad. Derritió el cemento de la Buenos Aires siglo XX con sus versos, que la convirtieron en referente para generaciones posteriores. Convulsionó al patriarca, despabiló a las damas, acompañó a las trabajadoras, acunó a los niños, peleó, enamoró, lloró, enseñó, y antes de irse, cambió las letras femeninas para todo el viaje. En el 70° aniversario de su muerte, un homenaje a la excepcional Alfonsina Storni.


Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su interior; este día la moral sufrirá un vuelco; las costumbres serán cambiadas.
(Alfonsina Storni, Cositas sueltas)



...tengo el libro al revés!(1)

Nació un 22 de mayo de 1892, en un pueblo de la Suiza italiana, llamado Sala Capriasca. Fue la tercera de los ocho hijos del matrimonio de Pasqualina Marianna Aurora Martignoni (Paulina) y Alfonso Ambrogio Carlo Storni.

Alfonsina Storni

Subconciencia

Has hablado, has hablado y me he dormido.
Pero duermo y no duermo, porque siento
que estoy bajo el supremo pensamiento:
vivo, viviré siempre y he vivido.

Has hablado, has hablado y he caído
en un marasmo... cede hasta el aliento.
Tiempo atrás, en las sombras, me he perdido:
estoy ciega. No tengo sentimiento.

Como el espacio soy, como el vacío.
Es una sombra todo el cuerpo mío
y puedo como el humo levantarme:

Oigo soplos etéreos... sobrehumanos...
Sujétame a la tierra con tus manos,
que si el viento se mueve ha de llevarme.



 Tanta dulzura alcánzame tu mano...

Tanta dulzura alcánzame tu mano
que pienso si las frutas te engendraron,
si abejas con su miel te amamantaron
y si eres nieto excelso del verano.

Tanta dulzura no es de rango humano:
los dioses tus pañales perfumaron,
sobre tu sangre roja destilaron
ojos de niños, lasitud de llano.

Tanta dulzura, que cayendo al alma
mueve esperanzas, le procura calma
y todo anhelo de virtud corona.

Tanta dulzura, para bien sentida,
que digo al mal que me consume: olvida.
y al fuerte daño que me dan: perdona.




 

Mario Benedetti

Tenía 20 años y era joven; tenía treinta y era joven; tenía cuarenta y era joven. Ahora tengo 50 años y soy "todavía joven". Todavía quiere decir: se termina."
de La tregua, Mario Benedetti

Carlos Fuentes

"Es domingo y todo el pueblo está reunido en la playa, viendo a los muchachos jugar fútbol. Pero tú tienes mirada para otras cosas. Las islas están muy cerca: conoces su leyenda. Las señalas con la mano y me cuentas lo que no sé. Son las islas de las sirenas que vigilan la ruta a Capri. Dices que su canto puede escucharse, pero exige un riesgo. Y Ulises era el prudente. ¿Qué habrán sido esos rumores? No sé si en realidad te escucho. Los jóvenes de Positano, gamberros y estudiantes, cargadores y camareros (¿gigolós estivales?), juegan con esa fuerza nerviosa, esa rapidez muscular"

Carlos Fuentes
Zona Sagrada (fragmento)

Canción de los poetas líricos - Bertolt Brecht


Esto que vais a leer está en verso.
Lo digo porque acaso no sabéis ya lo que es un verso ni un poeta.
En verdad, no os portasteis muy bien con nosotros.

¿No habéis notado nada? ¿Nada tenéis que preguntar?
¿No observasteis que nadie publicaba ya versos?
¿Y sabéis la razón? Os la voy a decir:
Antes, los versos se leían y pagaban.

Nadie paga ya nada por la poesía.
Por eso hoy no se escribe. Los poetas preguntan:
«¿Quién la lee?» Mas también se preguntan:
«¿Quién la paga?»
Si no pagan, no escriben. A tal situación los habéis reducido.
Pero ¿por qué?, se pregunta el poeta. ¿Qué falta he cometido?
¿No hice siempre lo que me exigían los que me pagaban?
¿Acaso no he cumplido mis promesas?
Y oigo decir a los que pintan cuadros

que ya no se compra ninguno. Y los cuadros también
fueron siempre aduladores; hoy yacen en el desván...
¿Qué tenéis contra nosotros? ¿Por qué no queréis pagar?
Leemos que os hacéis cada día más ricos...

¿Acaso no os cantamos, cuando teníamos
el estómago lleno, todo lo que disfrutabais en la tierra?
Así lo disfrutabais otra vez: la carne de vuestras mujeres,
la melancolía del otoño, el arroyo, sus aguas bajo la luna...

Y el dulzor de vuestras frutas. El rumor de la hoja al caer.
Y de nuevo la carne de vuestras mujeres. Y lo invisible
sobre vosotros. Y hasta el recuerdo del polvo
en que os habéis de transformar al final.

Pero no es sólo esto lo que pagabais gustosos. Lo que escribíamos
sobre aquellos que no se sientan como vosotros en sillas de oro,
también nos lo pagabais siempre. ¡Cuántas lágrimas enjugamos!
¡Cuántas veces consolamos a quienes vosotros heríais!
Mucho hemos trabajado para vosotros. jamás nos negamos.
Siempre nos sometimos. Lo más que decíamos era «¡Pagadlo!»
¡Cuántos crímenes hemos cometido así por vosotros!
¡Cuántos crímenes!
¡Y siempre nos conformábamos con las sobras de vuestra comida!

Ay, ante vuestros carros hundidos en sangre y porquería
nosotros siempre uncimos nuestras grandes palabras.
A vuestro corral de matanzas le llamamos «campo del honor»,
y «hermanos de labios largos» a vuestros cañones.

En los papeles que pedían impuestos para vosotros
hemos pintado los cuadros más maravillosos.
Y declamando nuestros cantos ardientes
siempre os volvieron a pagar los impuestos.

Hemos estudiado y mezclado las palabras como drogas,
aplicando tan sólo las mejores, las más fuertes.
Quienes las tomaron de nosotros, se las tragaron,
y se entregaron a vuestras manos como corderos.

A vosotros os hemos comparado sólo con aquello que os placía.
En general, con los que fueron también celebrados injustamente
por quienes les calificaban de mecenas sin tener nada caliente en el estómago.
Y furiosamente perseguimos a vuestros enemigos con poesías como puñales.

¿Por qué, de pronto, dejáis de visitar nuestros mercados?
¡No tardéis tanto en comer! ¡Se nos enfrían las sobras!
¿Por qué no nos hacéis más encargos? ¿Ni un cuadro?
¿Ni una loa siquiera?
¿Es que os creéis agradables tal como sois?

¡Tened cuidado! ¡No podéis prescindir de nosotros!
Ojalá supiéramos cómo atraer
vuestra mirada hacia nosotros!
Creednos, señores: hoy seríamos más baratos.
Pero no podemos regalarles nuestros cuadros y versos.

Cuando empecé a escribir esto que leéis -¿lo estáis leyendo?¬
me propuse que todos los versos rimaran.
Pero el trabajo me parecía excesivo, lo confieso a disgusto,
y pensé: ¿Quién me lo pagará? Decidí dejarlo.

Fragmentos para dominar el silencio

   I

        Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.

    II
        Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.
        Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores.

    No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris.

    III
        La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aún si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.


(Alejandra Pizarnik, de La extracción de la piedra de la locura, 1968)

Fragmentos del Manifiesto Poético de Dylan Thomas

(...) quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras. Los primeros poemas que conocí fueron canciones infantiles, y antes de poder leerlas, me había enamorado de sus palabras, (...) Lo que las palabras representan, simbolizan o querían decir tenía una importancia secundaria; lo que importa era su sonido (...). Y para mí esas palabras eran como pueden ser para un sordo de nacimiento que ha recuperado milagrosamente el oído, los tañidos de las campanas, los sonidos de instrumentos musicales, los rumores del viento, el mar y la lluvia, el ruido de los carros de lechero, los golpes de los cascos sobre el empedrado, el jugueteo de las ramas contra el vidrio de una ventana. No me importaba lo que decían las palabras, ni tampoco lo que le sucediera a Jack, a Jill, a la Madre Oca y a todos los demás; me importaba las formas sonoras que sus nombres y las palabras que describían sus acciones creaban en mis oídos; me importaba los colores que las palabras arrojaban a mis ojos. (...) Me enamoré inmediatamente -esta es la única expresión que se me ocurre-, y todavía estoy a merced de las palabras, aunque ahora a veces, porque conozco muy bien algo de su conducta, creo que puedo influir levemente en ellas, y hasta he aprendido a dominarlas de vez en cuando, lo que parece gustarles. Inmediatamente empecé a trastabillar detrás de las palabras. Y cuando yo mismo empecé a leer los poemas infantiles, y, más tarde, otros versos y baladas, supe que había descubierto las cosas más importantes que podía existir para mí. (...) Era la época de la inocencia; las palabras estallaban sobre sí, despojadas de asociaciones triviales o portentosas; las palabras eran su propio ímpetu, frescas con el rocío del Paraíso, tales como aparecían en el aire. (...) Las palabras "Cabalga en un caballito de madera hasta Banbury Cross" (Ride a cock-horse to Bandury Cross), aunque entonces no sabía qué era un caballito de madera ni me importaba un bledo donde pudiera estar Bandury Cross, eran tan obsesionantes como lo fueron más tarde líneas como las de John Donne: "Ve a recoger una estrella errante. Fecunda raíz de mandrágora" (Go and catch a falling star. Get with child a mandrake root), que tampoco entendí cuando leía por primera vez. Y a medida que leía más y más, y de ninguna manera eran sólo versos, mi amor por la verdadera vida de las palabras aumentó hasta que sabía que debía vivir con ellas y en ellas siempre. (...) Lo primero era sentir y conocer sus sonidos y sustancia; que haría con esas palabras, como iba a usarlas, que diría a través de ellas, surgiría más tarde. Sabía que tenía que conocerlas mas íntimamente en todas sus formas y maneras, sus altibajos, partes y cambios, necesidades y exigencias.

Henry James - Lo Mejor de Todo

“La muerte se lo había llevado demasiado pronto y demasiado de prisa, y la lástima era que los únicos deseos que se sabía había expresado eran deseos de que no se hiciera nada. Había desaparecido antes de tiempo, eso era lo que pasaba; y el final era irregular y necesitaba recortes”.

“Mientras vivía Doyne, nunca le había tomado demasiado en serio, pero la biografía tenía que ser una respuesta contundente a cualquier imputación que se le hiciese. El arte de la biografía era una cosa importante, pero había vidas y vidas, y había temas y temas”

“La primera noche que se quedó solo en el estudio tuvo la sensación de que, también por primera vez, él y su maestro estaban realmente juntos”. 

“Que esa relación propicia había existido de verdad, había continuado durante dos o tres semanas, quedó suficientemente probado por el desconsuelo con que el periodista, por alguna razón, y a partir de cierta noche, se dio cuenta de que había empezado a echarla de menos”.

“Cuando sentía de repente, de forma íntima y perceptible, que estaba cara a cara con su amigo; de manera que, en ese instante, apenas podría haber dicho si su encuentro se producía en la estrechez y apertura del pasado o en el momento y el sitio en que se encontraba entonces”.

“Lo extraordinario era que el no poder sentir la presencia de Doyne no sólo le entristecía, sino que le producía un gran desasosiego. En cierto modo, era más raro que no estuviera allí de lo que nunca podía haberlo sido que sí estuviera, tan raro, que sus nervios acabaron por no poder soportarlo”.

Frases de “Lo Mejor de Todo”
Henry James

Carta a mi madre, de Georges Simenon

Cabría decir que su biografía resulta tan descomunal como su propia obra, Tenemos delante a uno de los escritores más fecundos; y en cuanto a su vida, fue en verdad también plena, ajetreada, llena de trabajos diversos, viajes, sobresaltos… Así, sabemos que mantuvo una curiosa amistad con un grupo de bohemios, alcohólicos y consumidores de drogas; que se codeó con el mundo del arte parisién (mantuvo cierta relación con Josephine Baker) y se dejó seducir también por el misterio del cine que comenzaba: de hecho presidió el Festival Internacional de Cannes en 1960 cuyo premio recayó, por cierto, en "La dolce vita" de Fellini. En 1923 se casó con "Tigy", una pintora-viajera que le impulsó en su creación literaria, naciendo entonces su famoso inspector Maigret, un detective lleno de sagacidad psicológica cuyas historias están escritas en un lenguaje directo, fluido y tan preciso que a veces nos hace olvidar el nudo de tensión propio de las novelas policíacas -el crimen que se ha de resolver- crimen que en él no es más que un pretexto para desenmarañar otras cuestiones. Y su prosa tan directa y veraz -a veces cristalina- nos sumerge en la atmósfera de descripciones que llegan hasta las últimas consecuencias, sin concesiones a la ambigüedad, ni siquiera al hálito en que nos sumerge la propia poesía.

MARGUERITE DURAS - EL VICECÓNSUL (Fragmento)

Esta noche, en el Círculo, sólo hay una mesa de jugadores de
bridge. Se han acostado pronto, porque mañana es la recepción. El
director del Círculo y el vicecónsul están sentados uno al lado del
otro, en la terraza, mirando al Ganges. Estos hombres no juegan a
las cartas, hablan. Los jugadores de la sala no pueden oír su
conversación.
—Hace veinte años que llegué aquí —dice el director—, y
lamento mucho no saber escribir. ¡Qué novela haría con todo lo que
he visto... con todo lo que he oído!
El vicecónsul mira el Ganges y, como de costumbre, no
responde.
—...Estos países —continúa el director— tienen su encanto... no
se olvidan nunca. En Europa nos aburrimos enseguida. Aquí, el
verano es duro, por supuesto... pero esta costumbre del calor... el
recuerdo allí del calor... de este enorme verano... fantástica
estación.
—Fantástica estación —repite el vicecónsul. Cada noche, el
director del Círculo habla de la India y de su vida. Y después, el
vicecónsul de Francia en Lahore relata lo que quiere de la suya. El
director sabe manejar al vicecónsul: cuenta unas cosas anodinas que
el vicecónsul no escucha, pero que, algunas veces, al final, acaban
soltando su voz sibilante. A veces, el vicecónsul habla mucho tiempo
de una manera inteligible. Otras veces, su discurso es más claro. El
vicecónsul parece ignorar lo que sus palabras llegan a ser en
Calcuta. Lo ignora. Nadie, aparte del director del Círculo, le dirige la
palabra. El director del Círculo es interrogado a menudo sobre lo que
cuenta el vicecónsul. En Calcuta se quiere saber algo.
Los jugadores de cartas se han marchado. El Círculo está
desierto. La luz, que corre a lo largo de la terraza en una guirnalda
de pequeñas bombillas color de rosa, acaba de apagarse. El
vicecónsul ha estado preguntando largo rato al director del Círculo
sobre Anne-Marie Stretter, sobre sus amantes, su matrimonio, su
empleo del tiempo, sus estancias en las Islas. Al parecer ya sabe lo
que quería saber, pero no se va todavía. Ahora callan ambos. Han
bebido, beben mucho cada noche, en la terraza del Círculo. El
director desea morir en Calcuta, no regresar nunca a Europa. Le ha
dicho algo de sus deseos al vicecónsul. Este ha dicho al director que,
en ese punto, tenía su asentimiento.

Libro de las poéticas - Juan Calzadilla

El poema

Escríbelo. Escríbelo de todos modos. Escríbelo como si finalmente nada hubiera de decir.
Escríbelo. Escríbelo aunque sólo fuera para demostrar que lo que tenías que decir no ha elegido en ti al instrumento para decirlo.

Cero grandes pasiones, cero poesía.

El poeta supera el fracaso de su vida sólo cuando se exime de hablar de él. Es entonces cuando a costa de ese fracaso y sin mencionarlo puede exhibir algún trofeo.
En cambio, el éxito de la poesía se refiere sólo a ella misma. Y en caso de tenerlo, sólo se haría efectivo si encontrara a un lector. Y si el olfato de éste fuera tan bueno como para hacer borrón de autor. Para quedarse sólo con el poema.
Los poetas mueren solos.


Poética objetualista

El problema no es crear una lámpara en el poema, sino cómo, una vez creada, encenderla. Así pasa con la rosa: la cuestión no es inventarla en el poema, como aconsejaba Huidobro, sino colorearla.
La rosa no es rosa hasta que la mirada la entinta. Es el color el que decide. No la palabra.

Instrucciones para leer

 Más allá de su apariencia el monólogo es un diálogo con lo invisible. A la inversa, en el caso del poeta, todo ensayo de escritura es un tipo de diálogo que tiene como interlocutor al papel. ¿Y es que puede el poeta hacer algo? Si, leerse piadosamente. A eso podría reducirse toda esperanza en el porvenir de la poesía.

El conocimiento en poesía

En poesía no hay que hacerse ninguna ilusión respecto de que pueda llegarse a saber. Ni aún si está de por medio el conocer. Saber en poesía es asunto de iluminación genética.
La poesía conoce por ósmosis. Y se guarda el secreto.

Autobiografía

Ahora estoy poniendo en limpio mi autobiografía, efectuando una especie de balance de ingresos y egresos morales de mi necesidad expresiva, desanudando a ésta del enrevesado mapa de mi cobardía. Confieso que antes había ocupado mucho tiempo en oír a los otros y en sacar conclusiones serías acerca de cosas que tenían por eje todo lo que yo no había sido. Ahora trato de oírme más a mí mismo, ayudado por una máscara.
Y el perverso espejo de la memoria.

Escrito en la piel

Piensa en una poesía que,  aún estando escrita, no necesitara de palabras. Y en la cual el sentido y no lo que se ha escrito sea lo que dé la cara por el poema. Un poema que estuviese escrito en la piel y que yo pudiera leerlo en tu cuerpo cuando estuvieras a mi lado desnuda en la cama.

Epitafio atribulado

Todos los que han muerto, murieron por mí. Todos los que mueren, mueren por mí. Si no murieran por mí, yo no estaría vivo ni estuviera yo llenando por ellos el lugar que dejaron vacío para mí. Ni estaría yo ocupado de escribir en este momento el poema con que pongo fin a mi libro.

Libro de las poéticas - Juan Calzadilla
(fragmentos)

Antonio Tabucchi

Antonio Tabucchi
1943 - 2012

La Argentina, los argentinos, nunca más serían los mismos


24 de marzo
Día nacional de la memoria por la verdad y la justicia

Henry James y su mundana seducción

El poeta, periodista y traductor de habla inglesa, Roberto Díaz, presenta una semblanza de una de las más grandes plumas que dio la humanidad. El artículo pertenece al periódico "La Brújula" (del número 4 del mes de Julio de 2000), que dirige Jorge Acosta, y que Sitio al Margen reproduce con la autorización y gentileza del autor y del director del medio.

Cuando Henry James abrió los ojos un 15 de abril de 1843 en la ciudad de Nueva York, ya se sabía que ese niño tendría una vida casi sin sobresaltos, frecuentaría los ámbitos sociales más exquisitos y que se dedicaría, seguramente, a una actividad humanística.

Los James eran una familia de muy buena posición social y Henry era el hermano más joven del prominente William James, un reconocido filósofo y psicólogo, inventor del pragmatismo y del "fluir de la conciencia", teoría intelectual que, luego, adoptarían muchos notables escritores para llevar adelante un estilo de escritura. Virginia Wolf, William Faulkner, el propio James Joyce, fueron entusiastas seguidores de esta tesis que rondaba la escritura automática y ahondaba en los buceos psicoanalíticos del yo.

El joven Henry, gran lector, comenzó temprano su actividad literaria. De educación rigurosa y bien asistida, con gobernantas y tutores, nada le faltaría para comenzar a degustar los placeres que la vida ofrecía, como, por ejemplo, viajar por el mundo.

Y tanto se familiarizó con los viajes, que decidió abandonar su Estados Unidos natal para recalar en Europa; más decididamente, en París.

Allí Henry conoció a Goncourt, a Maupassant, a Balzac. Y también se hizo amigo del ruso Turgueniev, todos nombres de la literatura que entrarían a la memoria universal, con luz propia.

James era de trato cordial pero frío. Los que lo conocieron, lo tildan de "distante" y en sus modales de gran urbanidad, en su presencia atildada, se notaba el burgués de "buena familia" que nunca desmintió ni con sus actitudes ni con sus libros.

Escribió muchísimos artículos y notas en revistas de la época. También comentarios literarios y estéticos. Sus breves ensayos siempre estuvieron dotados de una fina observación y de una pincelada certera sobre personajes y situaciones. Éste fue su mejor tributo junto con una prosa que fue perfeccionando y modelando a través del tiempo.

En esa expatriación que eligió para sí, recaló en Inglaterra y allí se quedó. La mayoría de la obra de James fue escrita en este país. Y siempre tuvo, en su fondo, una especie de conflicto entre mundos: aquel nuevo que había abandonado y que se llamaba América y el otro, el viejo y a la vez signado por muchas cicatrices horrendas que era Europa.

Si me puedes mirar


Madre: es tu desamparada criatura quien te llama,
quien derriba la noche con un grito y la tira a tus pies como un telón caído
para que no te quedes allí, del otro lado,
donde tan sólo alcanzas con tus manos de ciega a descifrarme en medio de un                     muro de fantasmas hechos de arcilla ciega.
Madre, tampoco yo te veo,
porque ahora te cubren las sombras congeladas del menor tiempo y la mayor                     distancia,
y yo no sé buscarte,
acaso porque no supe aprender a perderte.
Pero aquí estoy, sobre mi pedestal partido por el rayo,
vuelta estatua de arena,
puñado de cenizas para que tú me inscribas la señal,
los signos con que habremos de volver a entendernos.
Aquí estoy, con los pies enredados por las raíces de mi sangre en duelo,
sin poder avanzar.
Búscame entonces tú, en medio de este bosque alucinado
donde cada crujido es tu lamento,
donde cada aleteo es un reclamo de exilio que no entiendo,
donde cada cristal de nieve es un fragmento de tu eternidad,
y cada resplandor, la lámpara que enciendes para que no me pierda entre las                     galerías de este mundo.
Y todo se confunde.
Y tu vida y tu muerte se mezclan con las mías como las máscaras de las                     pesadillas.
Y no sé dónde estás.
En vano te invoco en nombre del amor, de la piedad o del perdón,
como quien acaricia un talismán,
una piedra que encierra esa gota de sangre coagulada capaz de revivir en el                     más imposible de los sueños.
Nada. Solamente una garra de atroces pesadumbres que descorre la tela de                     otros años
descubriendo una mesa donde partes el pan de cada día,
un cuarto donde alisas con manos de paciencia esos pliegues que graban en                     mi alma la fiebre y el terror,
un salón que de pronto se embellece para la ceremonia de mirarte pasar
rodeada por un halo de orgullosa ternura,
un lecho donde vuelves de la muerte sólo para no dolernos demasiado.
No. Yo no quiero mirar.
No quiero aprender otra vez el nombre de la dicha en el momento mismo en                     que roen su rostro los enormes agujeros,
ni sentir que tu cuerpo detiene una vez más esa desesperada marea que lo lleva,
una vez más aún,
para envolverme como para siempre en consuelo y adiós.
No quiero oír el ruido del cristal trizándose,
ni los perros que aúllan a las vendas sombrías,
ni ver cómo no estás.
Madre, madre, ¿quién separa tu sangre de la mía?,
¿qué es eso que se rompe como una cuerda tensa golpeando las entrañas?,
¿qué gran planeta aciago deja caer su sombra sobre todos los años de mi vida?
¡Oh, Dios! Tú eras cuanto sabía de ese olvidado país de donde vine,
eras como el amparo de la lejanía,
como un latido en las tinieblas.
¿Dónde buscar ahora la llave sepultada de mis días?
¿A quién interrogar por el indescifrable misterio de mis huesos?
¿Quién me oirá si no me oyes?
Y nadie me responde. Y tengo miedo.
Los mismos miedos a lo largo de treinta años.
Porque día tras día alguien que se enmascara juega en mí a las alucinaciones                     y a la muerte.
Yo camino a su lado y empujo con su mano esa última puerta,
esa que no logró cerrar mi nacimiento
y que guardo yo misma vestida con un traje de centinela funerario.
¿Sabes? He llegado muy lejos esta vez.
Pero en el coro de las voces que resuenan como un mar sepultado
no está esa voz de hoja sombría desgarrada siempre por el amor o por la cólera;
en esas procesiones que se encienden de pronto como bujías instantáneas
no veo iluminarse ese color de espuma dorada por el sol;
no hay ninguna ráfaga que haga arder mis ojos con tu olor a resina;
ningún calor me envuelve con esa compasión que infundiste a mis huesos.
Entonces, ¿dónde estás?, ¿quién te impide venir?
Yo sé que si pudieras acariciarías mi cabeza de huérfana.
Y sin embargo sé también que no puedes seguir siendo tú sola,
alguien que persevera en su propia memoria,
la embalsamada a cuyo alrededor giran como los cuervos unos pobres jirones                     de luto que alimenta.
Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo,
sin duda en algún lado organizas de nuevo la familia,
o me ordenas las sombras,
o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado                     cualquier día,
o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazón.



De: Los juegos peligrosos
Olga Orozco

Astor Piazzolla

Astor Pantaleón Piazzolla, nacido el 11 de marzo de 1921 en la ciudad de Mar del Plata, Argentina, pasó la infancia entre Buenos Aires y Nueva York - más en la segunda ciudad que en la primera. Empezó a estudiar música a los 9 años en los Estados Unidos, dando continuidad en Buenos Aires y en Europa. En 1935 tuvo un encuentro casi místico con Carlos Gardel, al participar como extra en el film El Día que me Quieras.
Su carrera comienza verdaderamente al participar como bandeonista en la orquesta de Aníbal Troilo. En 1952 gana una beca del gobierno francés para estudiar con Nadia Boulanger, quien lo incentivó a seguir su propio estilo. En 1955 Astor vuelve a casa y forma el Octeto Buenos Aires. Su seleccionado de músicos - en un experiencia similar a la jazzística norteamericana de Gerry Mulligan - termina por delinear arreglos atrevidos y timbres poco habituales para el tango, como la introducción de la guitarra eléctrica.
La presencia de Astor generó de entrada resquemores, envidia y admiración entre la comunidad tanguera. En los años '60 Piazzolla debió salir a defender a golpes de puño su música, avasallada por las fuertes críticas. La controversia iba a propósito de si su música era tango o no, a tal punto que Astor tuvo que llamarla "música contemporánea de la ciudad de Buenos Aires". Pero no era sólo eso: Astor provocaba a todos con su vestimenta informal, con su pose para tocar el bandoneón (actuaba de pie, frente a la tradición de ceñirse al fueye sentado) y con sus declaraciones que sonaban a reto.
La formación de la primera parte de los 60 fue, básicamente, el quinteto. Su público estuvo integrado por universitarios, jóvenes y el sector intelectual, si bien estaba lejos de ser masivo. Astor ya tenía fama de duro y bravo, de peleador, estaba en pleno período creativo y se rodeó de los mejores músicos.
Con Adiós Nonino, Decarísimo y Muerte de un Ángel comenzó a elaborar un camino de éxito que tendría picos en su concierto en el Philarmonic Hall de Nueva York y en la musicalización de poemas de Jorge Luis Borges.
En sus últimos años, Piazzolla prefirió presentarse en conciertos como solista acompañado por una orquesta sinfónica con alguna que otra presentación con su quinteto. Es así que recorrió el mundo y fue ampliando la magnitud de su público en cada continente por el bien y la gloria de la música de Buenos Aires.
Astor Piazzolla falleció en Buenos Aires el 4 de julio de 1992, pero dejó como legado su inestimable obra - que abarca unos cincuenta discos - y la enorme influencia de su estilo. En realidad, la producción cultural sobre Piazzolla parece no tener fin: se esparce al cine y al teatro, es constantemente reeditada por las discográficas y cobra vida en la Fundación Piazzolla, liderada por su viuda, Laura Escalada.

Gabriel García Márquez

“Uno de mis mayores defectos intelectuales es que nunca he logrado entender lo que quieren decir los diccionarios y menos que cualquier otro el terrible esperpento represivo de la Academia de la Lengua. Por una vez que he tenido curiosidad de volver a él, para establecer las diferencias entre fantasía e imaginación, me encuentro con la desgracia de que sus definiciones no sólo son muy poco comprensibles, sino que además están al revés. Quiero decir que, según yo entiendo, la fantasía es la que no tiene nada que ver con la realidad del mundo en que vivimos: es una pura invención fantástica, un infundio, y por cierto, de un gusto poco recomendable en las bellas artes, como muy bien lo entendió el que puso el nombre al chaleco de fantasía. Por muy fantástica que sea la concepción de que un hombre amanezca convertido en un gigantesco insecto, a nadie se le ocurriría decir que la fantasía sea la virtud creativa de Franz Kafka, y en cambio no cabe duda de que fue el recurso primordial de Walt Disney. Por el contrario, y al revés de lo que dice el diccionario, pienso que la imaginación es una facultad especial que tienen los artistas para crear una realidad nueva a partir de la realidad en que viven. Que, por lo demás, es la única creación artística que me parece válida. Hablemos, pues, de la imaginación en la creación artística en América Latina, y dejemos la fantasía para uso exclusivo de los malos gobiernos”

Fuente: Fantasía y creación artística en América Latina / El País

Mucho más que Lolita

Vladimir Nabokov pertenece a esa clase de personajes cuya verdadera existencia queda sepultada bajo algunos tópicos demasiado poderosos para permitir examinar el resto de los detalles sustanciales de su biografía. La idea aproximada que algunos tienen del escritor es la de un extravagante cazador de mariposas, cuando no la de un acechador de nínfulas que atienden por el nombre de Lolita, lo que, a fin de cuentas, viene a ser la misma cosa.

La fotografía de un Nabokov senil en pantalón corto, disfrazado de lepidopterólogo y con un cazamariposas en la mano, se superpone con la visión del maduro profesor Humbert Humbert acosando a la Lolita novelesca. Ambas imágenes encierran un germen de patetismo, lo que distaba mucho de la realidad del exiliado ruso en Estados Unidos que era un hombre serio, sensato, nada aficionado a las jovencitas, y sí a los lepidópteros, tal como tuvo que aclarar en repetidas ocasiones, y absolutamente fiel a su mujer, Vera.

Es cierto que con el escándalo que supuso la publicación de Lolita, Nabokov, que ya había cumplido los 56 años, logró el reconocimiento y la fama internacional. Pero por esa misma razón le empezaron a insultar algunos críticos y se vio obligado a asegurar en numerosas entrevistas que su novela no era en absoluto autobiográfica. Pese a ciertas escaramuzas con la censura, y aunque en la época de gestación de la obra había intentado quemar el manuscrito cuando en un momento se le había resistido, Lolita era uno de sus libros más queridos.

PROFESOR EXPERTO
No cabe duda de que Nabokov conocía de primera mano las reacciones del menorero Humbert Humbert, y lo que es más sorprendente, al autor no se le escapó ni un solo matiz de la compleja psicología de su Lolita. Es muy posible que Nabokov adquiriese sus profundos conocimientos sobre el despliegue de la seducción femenina, en sus múltiples variedades desde nínfulas a conquistadoras expertas, durante sus años como profesor de literatura en Wellesley College, la prestigiosa universidad norteamericana que imparte clases exclusivamente a mujeres. Sin embargo, tras su itinerancia de ruso blanco exiliado, primero en Cambridge, donde estudió zoología y literatura rusa y francesa, y más tarde en Alemania y Francia, y por debajo del éxito posterior como escritor en su asentamiento en Estados Unidos, emerge la verdadera personalidad de Vladimir Nabokov: un hombre desposeído de una considerable fortuna familiar que tuvo que abandonar el territorio seguro de la infancia al tiempo que era arrancado de sus paisajes y sus afectos. Porque Vladimir Nabokov había sido un niño muy rico. Inmensamente rico, habría que apostillar. Nació el 23 de abril de 1899 en la casa de campo de la familia, Vyra, en la provincia de San Petersburgo, atendido por un ejército de más de 50 criados y pasó su primera infancia educado por institutrices inglesas y francesas, que serían sustituidas más tarde por preceptores rusos y alemanes.
Su padre era Vladimir Dmitrievich Nabokov, jurista y estadista, hijo de un ministro de Justicia bajo los zares y de la baronesa María Bon Korff. Impartió clases en la Escuela Imperial de Jurisprudencia de San Petersburgo, fue codirector del diario liberal Rech y diputado activo del primer Parlamento ruso, por lo que tuvo problemas con el Zar. Llegó a ser ministro de Justicia del gobierno regional de Crimea, antes de marchar a su exilio londinense y ser asesinado, años después, casi por azar, por dos fascistas que pretendían atentar contra un conferenciante en el Berlín de 1922. El padre de Nabokov se interpuso y encontró su destino en una bala que no iba dirigida a él. Los antepasados del escritor por parte de madre pertenecían a la aristocracia terrateniente de la provincia de Kazan y poseían minas de oro en el lado siberiano de los Urales.

Conversando con Paul Bowles

El verano pasado fui por una semana a Tánger. ¿Mi propósito? Conversar un rato con Paul Bowles (New York, 1912-1999), un santo contemporáneo que recibe en el Immeuble Itesa, lugar donde vive el iluminado. Entre las gente que veo entrar a su casa están Helen Strauss, Eduardo Urculo y Bernardo Bertolucci, a quien no veía desde 1978, luego de una tremenda curda en el Harry´s Bar de Venecia.

Paul Bowles va a cumplir ochenta y dos y varios de los visitantes quieren hacer una parranda mundial, a lo cual se opone con amabilidades el interesado. Bowles viste pantalón azul de algodón y una chaqueta amarilla cerrada hasta el cuello de tortuga que lleva debajo. Al lado izquierdo de la chaqueta un inmenso bolsillo que parece más una adherencia nefanda, y sobre todo ello una bata de seda de medio cuerpo con una figura preciosa de un mandala tibetano rojo y gualda.

Le pregunto qué pone en el inmenso bolsillo y me muestra un racimo de tarjetas que han dejado los visitantes en las últimas semanas y que guarda para tener a mano y no olvidar nombres y datos.

HABLEN, TIENEN TRES MINUTOS

Hablen, tiene tres minutos
De vuelta del paseo
donde junté una florecita para tenerte entre mis dedos un momento,
y bebí una botellas de Beaujolais, para bajar al pozo
donde bailaba un oso luna,
en la penumbra dorada de la lámpara cuelgo mi piel
y sé que estaré solo en la ciudad
más poblada del mundo.
Excusarás este balance histérico, entre fuga a la rata y queja de morfina,
teniendo en cuenta que hace frío, llueve sobre mi taza de café,
y en cada medialuna la humedad alisa sus patitas de esponja.
Máxime sabiendo
que pienso en ti obstinadamente, como una ciega máquina,
como la cifra que repite interminablemente el gongo de la fiebre
el loco que cobija su paloma en la mano, acariciándola hora a hora
hasta mezclar los dedos y las plumas en una sola miga de ternura.
Creo que sospecharás esto que ocurre,
como yo te presiento a la distancia en tu ciudad,
volviendo del paseo donde quizá juntases
la misma florecita, un poco por botánica,
un poco porque aquí,
porque es preciso
que no estemos tan solos, que nos demos
un pétalo, aunque sea un pasito, una pelusa.


Julio Cortázar



Julio Florencio Cortázar (Municipio de Ixelles, en la Región de Bruselas-Capital, Bélgica, 26 de agosto de 1914 – París, Francia, 12 de febrero de 1984)

AUTOBIOGRAFÍA - Macedonio Fernández

EI Universo o Realidad y yo nacimos el 1 de junio de 1874 y es sencillo añadir que ambos nacimientos ocurrieron cerca de aquí y en una ciudad de Buenos Aires. Hay un mundo para todo nacer, y el no nacer no tiene nada de personal, es meramente no haber mundo. Nacer y no hallarlo es imposible; no se ha visto a ningún yo que naciendo se encontrara sin mundo, por lo que creo que la Realidad que hay la traemos nosotros y no quedaría nada de ella si efectivamente muriéramos, como temen algunos.
En vano diga la historia, en volúmenes inmensos, sobre el mucho haber mundo antes de ese 1 de junio; sus tomos bobalicones es lo único que yo conozco (no sus hechos), pero los conocí, después de nacer, como todo lo demás. Lo que me podría convencer sería el Arte, más gracioso y verdadero: un preludio de Rachmaninoff, una mirada creada por Goya, pero no es tan crédulo el arte, no abre la boca ante los cortejos de pompas fúnebres, como la historia.
Nací, otros lo habrán efectuado también, pero en sus detalles es proeza. Lo tenía olvidado, pero lo sigo aprovechando a este hecho sin examinarlo, pues no le hallaba influencia más que sobre la edad. Mas
las oportunidades que ahora suelen ofrecerse de presentar mi biografía (en la forma más embustera de arte que se conoce, como autobiografía, solo las Historias son más adulteradas) háceme advertir lo injusto que he sido con un hecho tan literario como resulta la natividad. (El dato de la fecha de ésta se me ha pedido tanto y con una sonrisa tan juguetona, que tuve la ilusión de que ello significaba que era posible una fecha mejor de nacimiento mío y se me alentaba a elegirla y pedirla, que se me habría de conseguir. Por si acaso, aunque no han progresado ni declarándose estas cortesías, dejo dicho que me gustaría haber nacido en 1900).
Como no hallo nada sobresaliente que contar de mi vida, no me queda más que esto de los nacimientos, pues ahora me ocurre otro: comienzo a ser autor. De la Abogacía me he mudado; estoy recién entrado a la Literatura y como ninguno de la clientela mía judicial se vino conmigo, no tengo el primer lector todavía. De manera que cualquier persona puede tener hoy la suerte, que la posteridad 1e reconocerá, de llegar a ser el primer lector de un cierto escritor. Es lo único que me alegra cuando pienso la fortuna que correrá mi libro: "No toda es vigilia la de los ojos abiertos". No se olvide: soy el único literato existente de quien se puede ser el primer lector. Pero además mi libro, y es más inusitado esto todavía, es la única cosa que en Buenos Aires puede encontrarse aún no inaugurada por el Presidente. Se están imprimiendo todos los certificados de primer lector mío que se calcula serán necesarios. Y para retener al libro el segundo precioso mérito que lo adorno, el Editor ha puesto vigilancia en todos los caminos por donde pueda acercarse una Inauguración Presidencial infortunada.

"Carta a Borges" de Susan Sontag

Este es un fragmento del libro póstumo de Susan Sontag: "Cuestión de Énfasis", trata de una serie de ensayos y ficciones rescatados de los archivos de la autora.


13 de junio de 1996
Nueva York

Querido Borges:

Dado que siempre situaron su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. Si alguna vez un contemporáneo pareció destinado a la inmortalidad literaria, ése fue usted. Fue en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y, sin embargo, supo cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que parece del todo milagroso. Esto tenía algo que ver con la amplitud y la generosidad de su atención. Fue el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores, así como el más ingenioso. Algo tuvo que ver asimismo con una pureza natural de espíritu. Aunque vivió entre nosotros durante un tiempo más bien largo, perfeccionó las prácticas de la exigencia y la indiferencia que también lo convirtieron en un experto viajero mental a otras eras. Tuvo un sentido del tiempo diferente del de los demás. Las ideas comunes de pasado, presente y futuro parecían nimias bajo su mirada. A usted le gustaba decir que cada momento del tiempo contiene el pasado y el futuro, citando (según recuerdo) al poeta Browning, que escribió algo así como “elpresente es el instante en el cual el futuro se derrumba en el pasado”. Eso, por supuesto, era parte de su modestia: su gusto por encontrar sus ideas en las ideas de otros escritores.
Esa modestia era parte de la seguridad de su presencia.
Fue un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan sereno como el suyo no precisaba de indignación.
Más bien, tenía que ser inventivo... y usted era, sobre todo, inventivo. La serenidad y la trascendencia de la identidad que usted encontró son, para mí, ejemplares. Usted demostró que no es necesario ser infeliz, aunque se pueda ser completamente esclarecido y desengañado sobre el terrible estado de todo. En alguna parte usted dijo que un escritor –delicadamente agregó: todas las personas– debe pensar que toda cosa que le sucede es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera.)
Usted ha sido un gran recurso para otros escritores. En 1982 –es decir, cuatro años antes de su muerte– dije en una entrevista: “En la actualidad no hay otro escritor que importe más a otros escritores que Borges. Muchos dirían que es el escritor vivo más importante... Muy pocos de hoy no han aprendido de él o lo han imitado”. Eso sigue siendo cierto. Todavía seguimos aprendiendo de usted. Todavía lo seguimos imitando.
Usted le ofreció a la gente nuevas maneras de imaginar, al tiempo que proclamaba una y otra vez nuestra deuda con el pasado, sobre todo con la literatura. Afirmó que le debemos a la literatura casi todo lo que somos y lo que hemos sido. Si los libros desaparecen, desaparecerá la historia y también los seres humanos. Estoy segura de que tiene razón. Los libros no son sólo la suma arbitraria de nuestros sueños y de nuestra memoria. También nos ofrecen el modelo de la propia trascendencia. Algunos creen que la lectura es sólo una manera de evadirse: una evasión del mundo diario “real” a uno imaginario, al mundo de los libros. Los libros son mucho más. Son una manera de ser del todo humano.
Lamento tener que decirle que los libros en la actualidad son considerados una especie en extinción. Por libros también quiero decir las condiciones de la lectura que posibilitan la literatura y sus efectos en el espíritu. Pronto, nos dicen, tendremos en “pantallas-libros” cualquier “texto” a nuestra disposición, y se podrá cambiar su apariencia, formularle preguntas, “interactuar” con él. Cuando los libros se conviertan en “textos” con los que “interactuamos” siguiendo criterios utilitarios, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisada regida por la publicidad. Éste es el glorioso futuro que se está creando, y que nos prometen, como algo más “democrático”. Por supuesto, ello implica nada menos que la muerte de la introspección... y del libro. Esta vez no habrá necesidad de una gran conflagración.
Los bárbaros no tienen que quemar los libros. El tigre está en la biblioteca. Querido Borges, créame que no me satisface quejarme. Pero ¿a quién podrían estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los libros –de la lectura misma– que a usted?
Todo lo que quiero decir es que lo echamos de menos. Yo lo echo de menos. Su influencia decisiva continúa. La época en que ahora estamos entrando, este siglo 21, pondrá a prueba al espíritu de maneras nuevas. Pero, se lo aseguro, algunos no vamos a abandonar la GranBiblioteca.
Y usted seguirá siendo nuestro patrono y nuestro héroe.

Wislawa Szymborska

  "Nada sucede dos veces ni va a suceder, por eso sin experiencia nacemos,
sin rutina moriremos"

YUGO Y ESTRELLA - José Martí

Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:
—Flor de mi seno, Homagno generoso
De mí y de la Creaciòn suma y reflejo,
Pez que en ave y corcel y hombre se torna,
Mira estas dos, que con dolor te brindo,
Insignias de la vida: ve y escoge.
Éste, es un yugo: quien lo acepta, goza:
Hace de manso buey, y como presta
Servicio a los señores, duerme en paja
Caliente, y tiene rica y ancha avena.
Ésta, oh misterio que de mí naciste
Cual la lumbre naciò de la montaña,
Ésta, que alumbra y mata, es una estrella:
Como que riega luz, los pecadores
Huyen de quien la lleva, y en la vida,
Cual un monstruo de crímenes cargado,
Todo el que lleva luz, se queda solo.
Pero el hombre que al buey sin pena imita,
Buey vuelve a ser, y en apagado bruto
La escala universal de nuevo empieza.
El que la estrella sin temor se ciñe,
Como que crea, crece!
Cuando al mundo
De su copa el licor vaciò ya el vivo:
Cuando, para manjar de la sangrienta
Fiesta humana, sacò contento y grave
Su propio corazòn: cuando a los vientos
De Norte y Sur virtiò su voz sagrada,—
La estrella como un manto, en luz lo envuelve,

Se enciende, como a fiesta, el aire claro,
Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,
Se oye que un paso más sube en la sombra!

—Dame el yugo, oh mi madre, de manera
Que puesto en él de pie, luzca en mi frente
Mejor la estrella que ilumina y mata.

Nocturno - Oliverio Girondo

Frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana.
Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más solos.
Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas.
Trote hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin razón.
¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo,
y cuál será la intención de los papeles
que se arrastran en los patios vacíos?
Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras,
y en que las cañerías tienen gritos estrangulados,
como si se asfixiaran dentro de las paredes.
A veces se piensa,
al dar vuelta la llave de la electricidad,
en el espanto que sentirán las sombras,
y quisiéramos avisarles
para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones.
Y a veces las cruces de los postes telefónicos,
sobre las azoteas,
tienen algo de siniestro
y uno quisiera rozarse a las paredes,
como un gato o como un ladrón.
Noches en las que desearíamos
que nos pasaran la mano por el lomo,
y en las que súbitamente se comprende
que no hay ternura comparable
a la de acariciar algo que duerme.

El extranjero - Albert Camus

(…) El fiscal se volvió entonces hacia el jurado, y declaró: “El mismo hombre que al día siguiente de la muerte de su madre se entregada al más vergonzoso desenfreno mató por razones fútiles para liquidar un asunto incalificable de costumbres inmorales”.

Se sentó. Pero mi abogado, agotada su paciencia, exclamó alzando los brazos de modo que sus mangas al caer descubrieron los pliegues de una camisa almidonada: “¿Se le acusa, en fin, de haber enterrado a su madre o de haber matado a un hombre?”. El público rió. Pero el fiscal se levantó de nuevo, se envolvió en su toga y afirmó que era necesaria la ingenuidad del honorable defensor para no advertir que había entre los dos órdenes de hechos una relación profunda, patética, esencial. “Sí –exclamó con fuerza-, acuso a ese hombre de haber enterrado a una madre con un corazón de criminal”. Esta declaración pareció tener un considerable efecto entre el público. Mi abogado se encogió de hombros y enjugó el sudor que cubría su frente. Pero él mismo parecía quebrantado y comprendí que las cosas no iban bien para mí.

Se levantó la sesión. Al salir del Palacio de Justicia para subir al coche, reconocí por un breve momento el olor y el color de la tarde de verano. En la oscuridad de mi prisión móvil, volví a encontrar uno a uno, como desde el fondo de mi cansancio, todos los ruidos familiares de una ciudad que amaba y de una cierta hora en la que solía sentirme contento. El grito de los vendedores de periódicos en el aire ya sosegado, los últimos pájaros en la plazoleta, el reclamo de los mercaderes de bocadillos, el lamento de los tranvías en los altos virajes de la ciudad y este rumor del cielo antes de que la noche caiga sobre el puerto, todo recomponía para mí un itinerario de ciego, que conocía perfectamente antes de entrar en la cárcel. Sí, era la hora en la que, hacía ya mucho tiempo, me sentía feliz. Lo que me esperaba entonces era un sueño ligero y sin imágenes. Y, no obstante, algo había cambiado, pues en la espera del siguiente día, fue mi celda lo que volví a encontrar. Como si los caminos familiares trazados en los cielos del estío pudieran llevar lo mismo a las prisiones que a los sueños inocentes.
(…)

Albert Camus
“El extranjero”, 1942

Henry Miller

-Entonces confesó algo que era –bien lo sabía yo- una puñetera mentira, pero aun así, interesante. Una de esas “deformaciones” o “trasposiciones” propias de los sueños. Sí, cosa bastante curiosa, las otras chicas, verdad, sintieron lástima de ella… lástima de haberla metido en aquél fregado. Sabían que no estaba acostumbrada a acostarse con todo quisqui. Así, que pararon el coche y cambiaron de asiento para que se sentara delante, con el tipo peludo, que hasta entonces había parecido decente y tranquilo. Ellas se sentaron detrás en las rodillas de aquellos hombres, con las faldas alzadas, mirando hacia delante y, mientras fumaban sus cigarrillos y reían y bebían, les dejaba ponerse las botas.
“¿Y qué hizo el otro tipo, mientras sucedía eso?”, me sentí obligado a preguntar al final.
“No hizo nada”, dijo. “Le dejé que me cogiera la mano y le hablé lo más rápido que pude para quitárselo de la cabeza.”
“Venga, hombre”, dije, “déjate de cuentos. A ver, ¿qué hizo? ¡Cuenta!¡Cuenta!”
Bueno, el caso es que le tuvo cogida la mano mucho tiempo, lo creáis o no. Además, ¿qué podía hacer? ¿Es que no iba conduciendo el coche?
“¿Quieres decir que en ningún momento se le ocurrió parar el coche?”
Claro que sí. Lo intentó varias veces, pero ella lo convenció para que no lo hiciese… Ése era el rollo. Estaba pensando desesperadamente cómo pasar a la verdad.
“¿Y al cabo de un rato?”, dije, para allanar el terreno.
“Pues, de repente, me soltó la mano…” Hizo una pausa.
“¡Sigue!”
“Y después volvió a cogerla y se la colocó sobre la pierna. Llevaba la bragueta abierta y tenía el aparato tieso… y estremeciéndose. Era un aparato enorme. Me entró un susto tremendo, pero no me dejaba retirar la mano. Tuve que hacerle una paja. Después paró el coche e intentó arrojarme fuera. Le rogué que no lo hiciese. “Sigue conduciendo despacio”, dije, “Haré lo que quieras… después. Estoy asustada”. Se limpió con un pañuelo y reanudó la marcha. Entonces empezó a decir las guarrerías más soeces…”
“¿Como por ejemplo?¿Qué dijo exactamente?¿Lo recuerdas?”
“Oh, no quiero hablar de eso… era repugnante.”
“Después de lo que me has contado, no veo por qué vacilas por unas palabras”, dije, “¿Qué diferencia hay? Igual podrías…”

Fazal Sheikh

Fazal Sheikh nació en 1965 en Nueva York, se graduó en Princeton en 1987 y ha viajado por Pakistán, Afganistán, Brasil, Cuba e India, así como por diversos países de Africa, buscando comunidades de personas refugiadas o desplazadas de sus hogares por las guerras civiles, la sequía y el hambre, luchando por sobrevivir durante años en los campamentos de refugiados donde el equilibrio tradicional de su vida ha sido completamente destruido.
Ha trabajado en los campamentos de Kenia, Malawi y Tanzania, donde se reunieron las personas que huyeron de los conflictos de Sudán, Etiopía, Somalia, Mozambique y Ruanda. A mediados de la década de 1990 visitó los campamentos de refugiados afganos que habían escapado después de la invasión soviética de su país. Cuando regresó a los campamentos donde los refugiados somalíes en Kenia han estado viviendo durante una década, encontró a los niños que había fotografiado diez años antes, ahora convertidos en adolescentes que no conocían nada más que la vida en los campamentos. Desde entonces ha trabajado en Mexico, Cuba, Brasil y, más recientemente, la India. Su último libro, Moksha, examina la vida de las viudas de los desposeídos de la India.
“Una cosa es fotografíar personas y otra tratar de entenderlas. Para esto se necesita tiempo y paciencia, y un innato respeto a la diferencia, el abismo entre su propia religión, política, posición económica, idioma y los de la persona frente a uno. Tratar de cruzar ese abismo con una cámara invita a la sospecha y al malentendido. Pero en una época en que la fotografía tradicional a menudo se limita a una breve escala y la búsqueda de imágenes sensacionalistas, es mayor que nunca la necesidad de tener tiempo y representar y comprender a las personas cuyas vidas y valores son muy diferentes a los nuestros.”
Fazal Sheikh no sólo hace fotos, sino que entrevista a las personas que fotografía, les pregunta sobre sus vidas, e incluye las transcripciones en sus libros y exposiciones, a las que añade su propio comentario sobre su pueblo, su país, y la situación en la que se encuentra.

Kirmen Uribe

Kirmen Uribe se ríe todo el rato. Es alegre y además hoy está sobresaltado. Patxi López ha escogido su poema 'Maiatza' para jurar como lehendakari. "Ha sido un detalle y me honra", dice el escritor.
Patxi López y Kirmen Uribe habían coincidido una vez. Fue en los premios Ramón Rubial cuando López le dijo que le gustaba su libro 'Mientras tanto dame la mano'. "Me contó que su poema preferido era 'Te quiero no', que habla de un tío mío que trabajaba en Altos Hornos y a él le recordaba a su abuelo", cuenta el poeta. Y es que el País Vasco es un lugar pequeño en el que las personas más distintas pueden haber tenido un pasado común. Por eso, más allá del significado político que López haya querido dar al poema, lo importante para Kirmen es que al elegir a un autor vasco que escribe en euskera el lehendakari ha hecho "un guiño al mundo euskaldún. En Euskadi hay dos culturas, dos lenguas que tienen que convivir. En eso coincido con él".
No obstante, cree que la lectura de 'Maiatza' —mayo en euskera— no significa "que la gente vaya a asociar ni a mi obra ni a mí con una corriente política", explica, porque él está fuera de eso. Escribe para lectores diferentes, y más en un lugar como el País Vasco donde parece que la diferencia es lo único en que todos coinciden. Además, una vez un poema está publicado "pertenece al lector. Eso es lo bonito de la poesía, que cada uno pueda interpretarla".
Y eso es lo que ha hecho Patxi López escogiendo este poema que habla, como dice el autor, "sobre empezar de cero. Sobre cómo los fallos del pasado hay que enmendarlos en el futuro". Pero el poeta ve aún más significado en la elección de estos versos. "Se publicó en el New Yorker y yo creo que él lo sabía. Con eso también está diciendo que somos una cultura pequeña, pero que quiere ser universal".
Lo dice uno de los abanderados de traspasar fronteras. El poeta, de 39 años, ha vivido en Nueva York, donde "vuelve cada año" y donde organiza —entre otras ciudades del mundo—recitales de poesía musicada con la poetisa y traductora de su obra, Elisabeth Macklin, y los músicos Bingen Mendizabal, Mikel Urdangarín, Rafa Rueda. Además su obra ha sido traducida a varias lenguas —alemán, italiano— y su libro 'Mientras tanto dame la mano' está publicado en castellano por la editorial Visor. Su última obra, la novela Bilbao-New York-Bilbao, que se traducirá próximamente al castellano, tiene también ese componente viajero, y a la Gran Manzana como escenario.
Porque la idea de Kirmen es que la poesía debe salir de los libros, estar en la calle, "que es donde está el público". Por eso colabora con artistas plásticos, videoartistas, músicos y otros escritores euskaldunes. "La poesía y la narrativa en Euskadi vive un buen momento. Por primera vez convergemos varias generaciones, la de Atxaga, una intermedia, la mía con Harkaitz Cano, Unai Elorriaga, y otra más joven. Todo esto es muy enriquecedor", cuenta. Esta escena literaria hace que algo se mueva, que la gente se interese, y en el caso de Kirmen Uribe, esto de que Patxi López haya recitado unos versos suyos ayude a su poesía a llegar a más calles. Él se ríe otra vez: "sí, ojalá sea para bien".
___


Te quiero, no
Aunque trabajó durante cuarenta años
en los Altos Hornos,
en su interior había todavía un labrador.

En octubre, asaba pimientos rojos
con un soldador
en el balcón de su casa de barrio.

Su voz era capaz de hacer callar
a cualquiera.
Sólo su hija se atrevía con él.

Él nunca decía te quiero.

El tabaco y el polvo de acero
quemaron sus cuerdas vocales.
Dos amapolas a punto de caer.

Cuando se jubiló,
su hija se casó en otra ciudad.
Él le hizo un regalo.

No eran rubíes, ni siquiera seda roja.
Había ido sacando piezas de la fábrica.
Poco a poco, sus manos soldaron una cama de acero.

Él nunca decía te quiero.

Fuente: SOFÍA RUIZ DE VELASCO (SOITU.ES)

EL DESPERTAR - Porfirio Barba-Jacob

Ya por celestes númenes alzado el mortuorio

Manto que las criaturas envolvía,

La luz viene a llamar a los cristales…

 

Tú que retornas de tu sueño, advierte

Si un hada esquiva deja en los umbrales

Salvias y serpoletas, o si vierte

Al pie e la ventana,

Con sus dedos rosáceos y pueriles,

Los jugos de la agreste mejorana

Y el tomillo de todos los abriles,

Porque huele muy bien…

 

Y el aire puro,

Al penetrar por el balcón abierto,

Derrama en el ambiente semioscuro

Los himnos de los pájaros del huerto.

 

Bajo el árbol antiguo el agua suena…

¡Es de día! ¡Es de día!

Haz tu oración, disponte a la faena,

Y alégrate en las cosas humildes, alma mía

Vladimír Holan

Se levantaba antes del mediodía, pasaba largo rato lavándose con agua fría, por la tarde empezaba a escribir y permanecía despierto hasta la mañana. Afirmaba que algunas noches lo visitaba en su piso en la isla praguense de Kampa el antiguo inquilino de esa casa, el patriarca de la resurrección de la lengua checa Josef Dobrovský.
Vladimír Holan era un Maestro de la palabra, un erudito que disponía de un vocabulario extraordinariamente rico. En sus textos aparecen expresiones olvidadas, así como voces que creó él mismo. Sus versos son difíciles de entender, pero no es que el poeta deseara ser incomprensible. Sólo no quería subestimar al lector.
Vladimír Holan nació en Praga, pero a sus seis años se trasladó con sus padres a Podolí cerca de Belá pod Bezdezem, región del poeta romántico Karel Hynek Mácha. Allí nació el deseo de Holan de convertirse en monje. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. El poeta confesó que desde pequeño al oír el crujido de una falda se olvidaba de los monasterios. El amor lo acompañaba tanto en su vida, como en sus obras. Porque según decía Holan: "Sin el amor no se puede nada. Ni siquiera morir se puede sin el amor".
Sus primeros poemas los escribió en el liceo, que frecuentaba en Praga. En el liceo también empezó a fumar, manteniendo este vicio durante toda su vida. En la primera mitad de los años cincuenta cuando le escaseaban los recursos financieros, mezclaba el tabaco de baja calidad con hojas caídas.
Vladimír Holan En el año 1926 Holan se matriculó en la Facultad de Derecho, pero estudió tan sólo un trimestre. Buscando un empleo se dirigió al poeta Antonín Sova. Este le mandó al ayuntamiento donde un funcionario le recomendó a Holan ponerse un mono y presentarse en una empresa que se encargaba de limpiar las calles de Praga.
Al final empezó a trabajar en 1927 en una oficina del Instituto de Pensiones. Al cabo de siete años fue jubilado con el diagnóstico "psicopatía constitucional". Desde entonces se ganaba el pan exclusivamente con la literatura.
La segunda antología de Holan "Triunfo de la muerte" cosechó elogios tanto de los críticos, como de sus colegas literatos. Jakub Deml escribió a Holan: "Basta con leer la primera página para reconocer que Vd. es poeta y artista".
En noviembre de 1932 Holan se casó con Vera Pilarová, con la que tuvo una hija Katerina. La niña sufría el síndrome Down, pero el padre la adoraba y le escribía versos infantiles.
La poesía que Holan publicó antes de la Segunda Guerra Mundial es muy sutil y subjetiva, describiendo una realidad de sueño. En la difícil situación política después de la firma del Tratado de Munich el poeta reaccionó con el libro "Septiembre 1938", que incluye el poema acusatorio "Respuesta a Francia". En los años posteriores Holan escribió versos patrióticos para levantar el ánimo del pueblo checo golpeado por el nazismo.
Una noche con Hamlet, Vladimír Holan Una vez más tuvo la poesía de Holan un destinatario muy concreto. Fue en la antología "Soldados del Ejército Rojo", con la que el poeta quiso manifestar sus gracias a los soldados ordinarios que habían pasado por el infierno de la Guerra.
En 1946 Holan se afilió al Partido Comunista, pero ya en 1948 fue acusado de formalismo decadente y un año más tarde apareció en la lista negra sin la posibilidad de publicar hasta 1962.
Enconces ya vivía en la casa en Kampa dentro de cuyas paredes se encerró ante el mundo. La pared representa uno de los símbolos significativos de la poesía de Holan. Sus poemas sobre este tema fueron recopilados en una antología individual.
Una de las últimas excursiones de Holan se realizó en 1961. Con el poeta Vilém Závada viajó entonces al castillo de Kokorín. Se dice que cuando Závada le ofreció ponerse de lado del régimen, Holan le dio una bofetada.
Vladimír Holan calificó los años entre 1949 y 1956 como los más crueles de su vida. En esa época escribió el poema dramático "Una noche con Hamlet", que fue estrenado en 1963 en el teatro Viola de Praga permaneciendo en el escenario a lo largo de 25 años.
En 1965 Holan publica la antología "Dolor", en 1968 le fue otorgado el título de artista nacional y un año más tarde fue nominado para el Premio Nobel de literatura.
En 1976 el poeta sufrió un ataque de apoplejía. Con la muerte de su hija en 1977 se cerró la trayectoria artística de Vladimír Holan, el poeta dejó de escribir. Falleció el 31 de marzo de 1980.
A la vida y la obra del poeta Vladimír Holan está dedicada la exposición titulada según una de sus antologías "Guardia nocturna del corazón", que se celebra en el palacete Hvezda en Praga hasta finales de octubre.

Premio Cervantes para el chileno Nicanor Parra


Con 97 años, obtuvo el galardón más prestigioso de las letras hispanas, otorgado por España. Compitió contra Ernesto Cardenal, Fernando Vallejo, Eduardo Galeano y Fina García Marruz.

Mark Twain

"Pasaron dos o tres días con sus noches; creo que podría decir que pasaron nadando, que se deslizaron, callados, serenos, hermosos. Así pasábamos el tiempo: allá abajo el río era monstruosamente grande..., en algunos lugares tenía una milla y media de ancho; por la noche navegábamos, y de día parábamos y nos escondíamos; en cuanto empezaba a hacerse de día dejábamos de navegar y amarrábamos la balsa, casi siempre en las aguas muertas, debajo de una barra de arena; luego cortábamos unos álamos jóvenes y unos sauces y tapábamos la balsa con ellos. Después de echar los sedales, nos metíamos en el río sin hacer ruido, y nadábamos un rato para lavarnos y refrescarnos, y nos sentábamos en el fondo arenoso donde el agua nos llegaba más o menos hasta las rodillas y mirábamos la luz del día. No se oía nada, un silencio perfecto, como si el mundo entero durmiese; a veces, sólo el chapaleo de las ranas. Si mirábamos por encima del agua, lejos, lo primero que se veía era algo que parecía una línea oscura: era el bosque, al otro lado; no se distinguía nada más; luego, un pedazo pálido de cielo, y más palidez, extendiéndose; entonces, muy lejos, el río empezaba a suavizarse, y ya no era negro, sino gris; se veían unas manchitas oscuras que flotaban, muy lejos; chalanas y esas cosas, y unas rayas largas y negras, balsas; a veces se oía el crujir de un remo, o voces entreveradas, porque era tan grande el silencio y los sonidos llegaban de muy lejos; y enseguida se veía una raya en el agua, por su aspecto sabíamos que era un tronco sumergido en la corriente rápida que se rompía encima y le daba esa forma; y luego la neblina, rizándose sobre el agua, y el este se ponía rojo, y también el río, y aparecía una cabaña de troncos al borde del bosque, muy lejos, en la otra orilla, seguramente un depósito de maderas, con las pilas hechas por unos chapuzas, tan mal, que se podía soltar un perro y hacerlo pasar por cualquier parte. Y luego, una brisa muy suave que viene desde allí, abanicándote, fresca y pura y con ese olor tan dulce que le dan los bosques y las flores, aunque hay veces que no llega así porque alguien deja peces muertos por ahí, peces aguja o de otra clase, y huelen bastante mal; y luego, ¡el día!, ¡y todo sonríe al sol, y los pájaros cantan y cantan!"

Huckleberry Finn (fragmento)