Intentar definir al arte es ponerlo en una jaula


El artista León Ferrari recibió el Gran Premio de la Asociación Española de Críticos de Arte por “obras inofensivas”, según él mismo, diferentes de las que causan revuelo por su virulento modo de desenmascarar a la Iglesia y el imperialismo.
Las primeras asociaciones que surgen de la palabra “león” son rugido, rey, garra. Entonces, uno piensa que quizá nunca un nombre estuvo mejor puesto, ya que, durante sus más de cincuenta años de carrera, León Ferrari puede jactarse de haber pisado bien fuerte la selva: lo suyo no fue nunca el cómodo paraíso de la inocencia. Por el contrario, él prefirió la peligrosidad que comporta entremezclar esferas que muchos no toman en serio y que otros respetan hasta la ceguera. A punto de cumplir nueve décadas, el artista recibe a Página/12 en su taller de San Cristóbal, con habano y lápiz en mano, y en pleno arrebato poético: se ve que no tiene intenciones de dejar la selva. “Menos mal que aguanté hasta acá, porque si aguanto acumulo premios. Hoy tengo esa satisfacción”, reflexiona, a días de haber obtenido el gran premio de la Asociación Española de Críticos de Arte (AECA), por Mejor Obra o Conjunto presentado por un artista vivo.
Ferrari obtuvo el reconocimiento por una serie de dibujos de los ’70 hechos con tinta china y acrílico que presentó en la edición número 29 de ARCO, la feria de arte contemporáneo de Madrid. “Son obras inofensivas”, describe. En su glosario, ese adjetivo remite a los trabajos que no tienen el peso ideológico tan marcado como otros. Por eso cuenta, con sorpresa y entre risas, que el premio suscitó reacciones negativas en los sectores conservadores que le guardan rencor por aquella emblemática retrospectiva en el Centro Cultural Recoleta.
En España, Ferrari ya había conseguido atraer miradas con la muestra Alfabetos enredados, que comparte con obras de Mira Schendel (brasileña de origen suizo, 1919–1988), en el Museo Reina Sofía. Son 200 trabajos en total, que ya pasaron por el MoMA de Nueva York y que pronto desembarcarán en Porto Alegre. En ellos, la estética se roza con el lenguaje, atracción común de Ferrari y Schendel, quizá por sendas aproximaciones a la poesía. La del argentino es una importante retrospectiva con cerámicas, esculturas y collages que, pese a que presenta obras de fuerte contenido político, no incluye las que despertaron mayores tensiones por aquí. Tal vez esto se deba a su primer destino, Estados Unidos, el blanco mismo de la crítica del artista. “La selección estuvo a cargo de un curador. La verdad es que no pensé por qué pidieron esas obras. Pero el Cristo arriba del avión va a llegar a Washington dentro de poco”, adelanta Ferrari.
Con el premio quedó demostrado que la proyección internacional de Ferrari va en aumento y que su figura cobra más relieve con el tiempo. Tres años atrás, la presentación de obras potentes y menos “inofensivas” le valió el León de Oro, el máximo reconocimiento en la Bienal de Venecia, que consideró tanto calidad como postura ética. Los países vecinos también valoran mucho su trabajo: hace apenas un mes y medio, la Fundación Cultural de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) lo premió por su trayectoria. Mientras sus obras viajan por el mundo, Ferrari también juega de local: continúa abierta la muestra Fosforescencia en el Zavaleta Lab de Palermo, donde pueden verse creaciones de los últimos años, en las que también adquiere preponderancia la escritura.