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Paul Auster

¿La vida de Paul Auster o la obra de Paul Auster? Después de leer gran parte de sus novelas es fácil perderse entre la ficción y lo biográfico. Paul Auster es un laberinto que no lo parece: te atrapa de golpe y un buen día te ves presa de sus personajes y sus situaciones. Luego te invita a la complicidad para poder salir; te tienta con el final del camino cuando en realidad lo que te está mostrando es una puerta más, que te lleva a otra historia y luego a otra... Para el incauto lector, cada una de ellas puede tener comienzo y fin. Pero ahí está el bonus track que nos deja Auster: sus historias nunca terminan.

Estos argumentos recuerdan de algún modo a “Las ruinas circulares” de J. L. Borges. La idea de una historia contenida en otra historia es un juego en el que Auster se deja caer seguido, convirtiendo lo cíclico en una cinta de moebius, como veremos más adelante. Por ejemplo, en Lulu on The Bridge, guión cinematográfico de una película que cuenta la filmación de otra película. O la historia de Auggie Wren, argumento que compone lo que luego fue el guión de Smoke, donde el protagonista fotografía todas las mañanas a la misma hora, la misma exacta esquina; registrando de esa forma el paso del tiempo. O las historias en las que un escritor escribe sobre la vida de otro escritor… La obra de Auster se caracteriza menos por la descripción externa que por la narración de los estadíos internos de sus personajes, y de él mismo. Pocos diálogos y muchas reflexiones hacen que nuestra mente quede conectada con lo que intuimos que es la suya, aun después de haber finalizado la lectura.



Paul Auster nació en 1947 en New Jersey. Un accidente ocurrido cuando era niño en un campamento delimita la frontera que parece separar, en su percepción de los hechos, el destino del azar. Después de ese día, nada para él volvió a ser lo mismo. O mejor aún: Auster juega con la idea de que todo debe ser lo mismo para él, y por eso lo recrea constantemente.
La Trilogía de Nueva York (cuya primera historia es también la primera novela que escribe) puede ser considerada como el germen de tamaña trama. Todo comienza cuando suena un teléfono: ese hecho dispara una cadena de asociaciones en la que se entremezclan el autor y los personajes. El azar y la providencia ruedan, a simple vista, libres de sutiles interpretaciones por el llano de las letras, y descubrimos en este hombre el valor de lo casual. “Algo sucede, y desde el momento en que empieza a suceder, nada puede volver a ser lo mismo”. Lo escribe por primera vez en 1978 en su ensayo “Espacios Blancos” [1], y vuelve a esa exacta frase repitiéndola en 1993 en El Cuaderno Rojo [2].
La fuerte presencia del azar, las historias dentro de otra historia dentro de otra historia llevan a pensar la obra de Auster como un complicado laberinto. Y dicen que los laberintos se construyen en variados diseños: los hay abiertos, cerrados; con monstruo, sin monstruo; con una entrada simple, con una entrada doble. Aquí estamos ante un laberinto abierto y sin Minotauro (o tal vez deba ser que aún no me he encontrado cara a cara con él). Su entrada está emplazada sobre un portal doble: dos posibilidades se presentan para comenzar, y aquellos que deseen ingresar deberán elegir una de las dos puertas.

Hacia el sendero de "la vida"

A quienes gusten de la “realidad” (así, entre comillas) les sugiero la puerta que lleva al sendero de la derecha. Se encontrarán con A Salto de Mata [3], definida por él mismo como “un ensayo autobiográfico sobre el dinero”, donde cuenta la historia desde su niñez hasta que logra publicar su primera novela (un policial negro), pasando por sus años de estudio en la Universidad de Columbia, por su vida en París, y su trabajo como traductor de francés.

En La Invención de la soledad, aunque escrito varios años antes [4], continúa esa senda dividiéndola en dos etapas: “Retrato de un hombre invisible” es la historia familiar, en la que enmarca la complicada relación con su padre extremadamente avaro; “El Libro de la memoria”, la otra, es la experiencia de Auster como padre, y de la contemplación de esa sensación de “solitude” —o extrañamiento— que aún hoy lo persigue en sus libros. El inglés permite ese juego de palabras que nuestro castellano pierde: “Soledad” puede ser “loneliness”, o puede ser “solitude”. La primera interpretación implica un sentimiento de ausencia, de carencia, es un estado triste donde hace falta la presencia del “otro”; la segunda, “solitude”, sólo define el estar despoblado de cosas o personas pero sin necesidad de ellas, simplemente una presencia rodeada de nada. Imagen perfecta del ser solitario. De ahí la importancia de tener presente el título del original en inglés: “The invention of Solitude”. Esta aclaración estaría de más si no fuera por tratarse de un escritor que, según dice él mismo, debe tener definido el título antes de comenzar una historia.

El Cuaderno Rojo (1993) está compuesto por una serie de casualidades y situaciones ocurridas en la vida del autor, donde la sincronicidad, horadando como gotas que casi ni se sienten pero cuyo efecto fatal comprueba el tiempo, fue la que marcó la temática de la que parece no poder salir. Más allá de las casualidades austerianas recomiendo este libro por el excelente prólogo de Justo Navarro, quien tradujo también su texto al español.

Hasta aquí, la puerta de la “realidad”, los libros del puro Auster en persona.

Un atajo hacia "La obra"

Ahora, queridos lectores, les descubro la otra puerta: la que conduce a la senda de la izquierda, donde se halla la “ficción” (también entre comillas) de sus novelas; historias que, por cierto, contienen también partes de su propia vida, y que el autor va dejando de a pedacitos en cada una de ellas.

Quienes piensen que un escritor no debe involucrarse en su obra, entonces nada tienen que hacer con éste. En un reportaje que le hicieron hace ya varios años, Auster dice: “Sí, yo nunca he sido otra cosa más que yo mismo. ¡Ay!... a veces queremos hacer las cosas de otra manera, pero no se puede”.

Como ejemplo de ello, en La música del azar el tema de la herencia paterna (asunto crucial para “nuestro hombre”) desencadena en el personaje de la novela una serie de acontecimientos dignos de Kafka.

Años más tarde escribe Leviatán: un escritor real (Paul Auster) escribe una novela sobre un escritor (Peter Aaron) que cuenta sobre la vida de otro escritor (Benjamín Sachs). Encontré aquí un juego de espejos y anagramas, donde los nombres y las situaciones se reflejan. En esta ficción, Peter Aaron, que las mismas iniciales que Auster tiene una esposa llamada Iris y la de Paul Auster se llama Siri. Ambos tienen un hijo de un matrimonio anterior, el de Auster se llama Daniel, y el de Aarón, David.

En su primera novela, “Ciudad de Cristal” que compone la Trilogía de Nueva York un teléfono suena en medio de la noche preguntando por un hombre llamado Paul Auster, detective privado. La llamada ocurrió en la realidad pero lo que no se atrevió a contestar Auster en su vida lo hizo en la novela, y entonces el personaje, llamado Quinn, finge ser el investigador. Transcurre la historia y finalmente Quinn conoce al tal Auster de la ficción (que obviamente resulta no ser detective sino escritor). Esta historia tiene un detalle que me intriga aún hoy: comienza escrita en tercera persona pero al final, en las dos últimas páginas algo hace que el relato cambie a primera persona, cosa que automáticamente nos deja a la vista el vacío de quien estaba contando todo hasta ese momento. Ahora el “relator” llama la atención y se queda con la última palabra, sólo sabemos que este hombre es amigo del Auster de la ficción. Pero si Quinn es Quinn, y Auster está dentro de la trama, ¿quién diablos es el que escribió la historia de Quinn hasta que gira “de persona”? Nada, ni un nombre deja el autor allí. Eso no me inquietaría en cualquier novelista, pero sí en éste. Tal vez algún día lo encuentre en un nuevo libro, como me sucedió con su personaje David Zimmer, que parece haber adquirido una vida independiente entre las novelas de nuestro americano en cuestión.

Si desplegamos el mapa del laberinto, observamos que la vida de Zimmer subyace más o menos en este recorrido: “Así son las cosas en la ciudad, cada vez que crees saber la respuesta a una pregunta, descubres que la pregunta no tiene sentido” escribe Anna Blumme a su novio David Zimmer en El País de las últimas cosas, mientras parte en busca de su hermano William, desaparecido misteriosamente. Luego, libros más tarde, Zimmer resulta ser quien da hospedaje a un compañero de facultad, llamado Fogg, en El Palacio de La Luna. Allí, como última reseña de Zimmer, Fogg cuenta que lo vio un día caminando por la calle junto con su esposa y dos niños; después, no supo nada más de él. Sin embargo, muchos años más tarde en El Libro de las ilusiones la esposa y los niños que describe Fogg en El Palacio de la luna mueren en un accidente de avión, dando origen a la historia que narra entonces David Zimmer, ahora como personaje central.

Esas cosas suceden a menudo con sus seres de ficción, a quienes Auster enreda, replicando sus nombres en distintas novelas, y manteniendo muchas veces entre ellos una aparente relación, mientras que otras sólo los deja, quien sabe, como falsas pistas. Éste quizá constituya el misterio más atrapante que logra PA, no sólo dentro de una novela en particular sino en toda su obra como conjunto. Entonces, quizás encuentre a mi narrador sin nombre, un día, abriendo virgen de toda expectativa de búsqueda una de sus nuevas novelas.

La Noche del Oráculo (La última puerta)

La noche del oráculo —recientemente publicada— me espera. Quien puede asegurarme que no hallaré dispersas más piezas de este agradable rompecabezas; quién puede objetarme la posibilidad de que el Minotauro me sorprenda allí. Una vez más iré en busca de una nueva historia, donde el autor como un “Minos” neoyorkino construirá seguramente otra parte del mapa que, aunque imperceptible para otros, irá cerrando esta gran historia.. Tal vez ésta edificación invisible haga que algunas personas piensen que Paul Auster comienza a “repetirse” en sus últimos libros. Yo entiendo que no, que sólo pueden pensarlo quienes no vieron las puertas, ni vieron el hilo, ni la oculta trama.

Cada quién deberá elegir ahora qué hilo (o libro) tomar para adentrarse en el denso mundo de sus argumentos, conformado por varias novelas, tres guiones cinematográficos [5], algunos ensayos, y Desapariciones [6], su único libro de poemas.

Aquí los dejo, amigos lectores, en la puerta de este laberinto fascinante. Ojalá también sean seducidos y acaben, como lo hice yo —como lo hago yo—, errando libremente por los gozosos senderos de Auster.

Dedico estas palabras a las cosas de la vida que no comprendo, a todas y cada una de las cosas que mueren ante mis ojos. Dedico estas palabras a la imposibilidad de encontrar una palabra igual al silencio que se halla en mi interior.

Paul Auster

"Pista de despegue"

[1] Compactos Anagrama, Barcelona, 1998 pg 87
[2] Anagrama, Barcelona, 1994 pg 9
[3] Consta de una biografía novelada (o como prefiere llamarla él: una “no-ficción” y un apéndice con tres “intentos” literarios: A salto de Mata, 1996. Apéndice 1: “Tres obras de teatro”. Apéndice 2: “Béisbol en acción” (reglamento para un juego de naipes). Apéndice 3: “Jugada de Presión, de Paul Benjamín” (policial negro). Estos apéndices fueron escritos entre 1976 y 1978.
[4] The Invention of Solitude escrito en 1982.
[5] Smoke & Blue in the face surgen de un cuento que escribiera Auster para The New York Times en 1990, (Auggie Wren’s Christmas Story) yLulu on the Bridge, en 1998.
[6] Editorial PreTexto, edición bilingüe (algunos de sus poemas fueron seleccionados paraPista de Despegue (Ground Work. Selected Poems and Essays 1970-1979) pero la edición de Anagrama sólo los publicó en castellano)

Los "hilos"

Los "hilos" o bibliografía de Paul Auster publicada en castellano, responde al orden cronológico en que fueron escritas. Algunas, como por ejemplo El palacio de la luna y El país de las últimas cosas le llevaron entre diez y quince años el poder terminarlas.

- Pista de despegue. Poemas y ensayos 1970 –1979. (Primera edición 1990).
- Desapariciones, Editorial Pre-texto, Valencia (Disappearances) (poemas edición bilingüe).

Juan de Dios Peza




Nace en 1852 en la ciudad de México Juan de Dios Peza,


quien es bendecido con una preclara inteligencia, a la vez que

con un medio ambiente propicio para desarrollar todos sus

talentos, pues al ingresar en 1969 a la Escuela Nacional

Preparatoria inmediatamente se convierte en el alumno

predilecto de un gran pensador Mexicano; Ingacio Ramírez,

"El Nigromante" Al egresar de ese centro de estudios

ingresa a la Escuela de Medicina donde establece gran

amistad con otro grande de aquel tiempo; Manuel Acuña.

Quien lo llega a estimar al grado de llamarlo "hermano".

Peza, fue un hombre liberal, el liberalismo estaba

en boga en aquella época, su entusiasmo y apasionamiento

por dicho movimiento lo llevo a renunciar a sus estudios

para entregarse de lleno al periodismo.

En 1878 es nombrado secretario de la legación de México

en España, al lado de Riva Palacio. Y de nuevo su destino

lo lleva a unirse a otras grandes luminarias de aquella época

pues en Madrid se rodea y sociabiliza con personajes como

el politico Castelar, y escritores como Núñez de Arce, Campoamor

y Selgas.

Al regresar a México empieza a poner su candidatura

para lograr puestos publicos y es electo diputado al Congreso

de la Unión. Siguieron otros cargos publicos en lo sucesivo,

pero sin abandonar las letras, como poeta tiene un estilo único,

es realista a la vez que lleno de infinita ternura. Canta al

hogar y a sus hijos. Entre los libros que publico estan:

Hogar y Patria, La Lira de la Patria, El Arpa del Amor, Recuerdos

y Esperanzas, Flores del Alma y Vinos Festivos. Muere en 1910

Año en el cual el pais estaba a punto de entrar en otra gran conflagracion.





Juan de Dios Peza nació en una familia conservadora ( su

padre fue ministro durante la intervención ) pero como discípulo

de Ramírez y Altamirano figuró entre los jóvenes poetas

liberales. A la vez Hipanófilo y nacionalista,

Se empeñó en versificar castizamente y en hacer poemas con

motivos y escenarios locales. Diplomático, dio a conocer en

Madrid a los poetas de este país ( La lira mexicana, antología)

Y escribió para nosotros sus Recuerdos de España. Periodista

de prosa suelta y clara que todavía es francamente legible ( De

la gaveta íntima, Benito Juárez), comediógrafo y fundador de la

primera sociedad de autores mexicanos, fue sobre todo poeta

muy admirado en los países de lengua española y traducido

inclusive al japonés. Su esposa lo abandonó y esta tragedia

convirtió a Peza en el "cantor del hogar". En vida fue

castigado por su inmensa popularidad, aunque el célebre

ataque de Brummel en Poetas mexicanos contemporáneos

(1884). Las ediciones modernas de sus obras que ha hecho

Porfirio Martínez Peñaloza nos permiten revisar las ideas

turinarias. A menudo se encuentran en Peza poemas

admirables, como "En las ruinas de Mitla", y siempre una

facilidad y abundancia en la versificación que, si lo ponen a

distancia de lo que por ahora consideramos poesía, también lo

hacen digno del respeto que Le Corbussier reclamaba para todo

trabajo bien hecho. Históricamente la importancia de Peza es

crucial: su empleo del habla cotidiana, su prosaísmo,

Limpió la lengua poética del peso muerto que arrastraba

nuestro romanticismo y preparó, sin saberlo y tal vez sin

quererlo, el advenimiento de los modernistas.


____________


Reír llorando


Viendo a Garrick, actor de la Inglaterra,


el pueblo al aplaudirlo le decía:


Eres el más gracioso de la tierra y el más feliz.


Y el cómico reía.


Víctimas del spleen los altos lores,


en sus noches más negras y pesadas,


iban a ver al rey de los actores


y cambiaban su spleen en carcajadas.


Una vez ante un médico famoso,


llegose un hombre de mirar sombrío:


-Sufro -le dijo- un mal tan espantoso


como esta palidez del rostro mío.


Nada me causa encanto ni atractivo;


no me importan mi nombre ni mi suerte;


en un eterno spleen muriendo vivo,


y es mi única pasión la de la muerte.


-Viajad y os distaereís. -Tanto he viajado


-Las lecturas buscad -Tanto he leido-


Que os ame una mujer - ¡Si soy amado!


-Un título adquirid -Noble he nacido.


¿Pobre seréis quizá? -Tengo riquezas


- ¿De lisonjas gustáis ? - ¡Tantas escucho!


-¿Que teneís de familia?...-Mis tristezas


-¿Vais a los cementerios?... -Mucho, mucho.


¿De vuestra vida actual tenéis testigos?


- Sí, mas no dejo que me impongan yugos;


yo les llamo a los muertos mis amigos;


y les llamo a los vivos mis verdugos.


-Me deja- agrega el médico -perplejo


vuestro mal, y no debo acobardaros;


Tomad hoy por receta este consejo:


sólo viendo a Garrick podéis curaros.


-¿A Garrick ? -Sí, a Garrick...La más remisa


y austera sociedad lo busca ansiosa;


todo aquel que lo ve muere de risa;


¡tiene una gracia artística asombrosa !


-Y a mí me hará reir?-Ah, sí, os lo juro !;


él, sí, nada más él...Mas qué os inquieta?...


-Así -dijo el enfermo -no me curo:


¡Yo soy Garrick ! Cambiádme la receta.


¡Cúantos hay que, cansados de la vida,


enfermos de pesar, muertos de tedio,


hacen reir como el autor suicida


sin encontrar para su mal remedio!


¡Ay ! ¡ Cúantas veves al reir se llora!..


¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,


porque en los seres que el dolor devora


el alma llora cuando el rostro rie!


Si se muere la fé, si huye la calma,


si sólo abrojos nuestras plantas pisa


lanza a la faz la tempestad del alma


un relámpago triste: la sonrisa.


El carnaval del mundo engaña tanto;


que las vidas son breves mascaradas;


aquí aprendemos a reir con llanto


y también a llorar con carcajadas.




Alejandro Casona

Nace Alejandro Rodríguez Álvarez, que desde la publicación de su libro de poemas La flauta del sapo -1930- utiliza en su vida artística y de relación el seudónimo Casona, el 23 de Marzo de 1903, en Besullo, concejo entonces de Cangas de Tineo y ahora de Cangas del Narcea (Asturias). Sus primeros años transcurren en tierra asturiana, junto a sus padres, maestros los dos: Besullo, Luarca, Miranda, Villaviciosa, Gijón. En el Instituto Jovellanos de esta última ciudad comienza sus estudios de Bachillerato, que termina en Murcia -1920-, a donde habían sido destinados sus progenitores. La vocación pedagógica de la familia y el amor a la enseñanza que se respiraba en ella son proverbiales. Alejandro Casona se hará maestro como todos sus hermanos y llevará ya para siempre metida en la sangre esa vena pedagógica. En Murcia, en los últimos cursos del Instituto, durante el preparatorio en la Facultad de Filosofía y Letras y en el Conservatorio de Música y Declamación empieza a perfilarse un nuevo y para él definitivo ambiente. Sus nacientes aficiones literarias encuentran allí maestros que le aconsejan y orientan -Andrés Sobejano, Dionisio Sierra, Jara Carrillo...- y amigos que le contagian su entusiasmo loco por el teatro: Antonio Martínez, Pellicer, Prior, Julio Reyes, Pepe Martínez Gilabert... "Todos ellos -los maestros- y vosotros -los amigos-, cada uno un poco, habéis tenido la culpa de que yo tomara este camino del teatro", como él mismo asegura.

Cronológicamente la primera publicación de Alejandro R. Álvarez de que se tiene noticia es La empresa del Ave María, romance histórico premiado en unos juegos florales de Zamora y aparecido en la revista Polytechnicum, de Murcia, que dirigía su fundador José Pérez Mateos, en cuyo comité directivo figuraba Andrés Sobejano, siendo responsable de la parte artística Dionisio Sierra -1920. Entre los colaboradores de la revista aparecen los nombres de Benavente, Linares Rivas, Villaespesa, Rueda, M. Machado, Fernández Almagro... En 1922 ingresa en la Escuela Superior de Magisterio, de Madrid; allí se hace Inspector después de cuatro años de estudios, en los que no abandona su creación literaria. Aparte de algunos ensayos incipientes, da cima, probablemente antes de concluir sus estudios en la capital, a Otra vez el Diablo, obra que queda finalista en el concurso para escritores jóvenes convocado por ABC en 1928. Sigue un año de prácticas en Madrid, y en 1928 es destinado al Valle de Arán -Les- por el Ministerio de Instrucción Pública. En Octubre de ese mismo año contrae matrimonio con Rosalía Martín, condiscípula suya en la citada Escuela Superior; en 1930 nace su hija Marta. En esta comarca pirenaica permanece Alejandro Casona tres años, en los que escribe entre otras cosas, La sirena varada y El crimen de Lord Arturo, primera de sus obras representada en público -Zaragoza, 1929. Después de unos meses de estancia en la Asturias natal, obtiene en 1931, por oposición, una plaza en la Inspección Provincial de Madrid. Ese mismo año se proclama la República y se funda el Patronato de Misiones Pedagógicas. A Casona se le encarga de dirigir el Teatro ambulante o teatro del pueblo, marco excelente para la realización de sus ideales, tanto artísticos como pedagógicos, humanos y españoles. En 1932 alcanza el Premio Nacional de Literatura con Flor de leyendas. El 34 es seguramente un año clave en la vida de Alejandro Casona. La sirena varada, galardonada por el Ayuntamiento de Madrid con el Premio Lope de Vega -1933-, es estrenada triunfalmente en el teatro Español -17 de Marzo- por la compañía Xirgu-Borrás. Todos los periódicos saludan la parición de un destacado valor que viene a inocular savia nueva al decaído teatro español. Después se suceden otros estrenos: El misterio del "María Celeste", Otra vez el diablo, Nuestra Natacha, esta última con enorme éxito de público -Barcelona, 1935, Madrid, 1936.

En su vida, como en la de tantos otros, se produce un doloroso paréntesis: estalla nuestra guerra civil, Alejandro Casona marcha a Francia, y desde allí, como director artístico de la compañía Díaz de Artigas-Collado, emprende una gira artística por diferentes países de Hispanoamérica. En Julio de 1939 establece su residencia en Buenos Aires, centro cultural de la América del Sur, en donde permanece hasta su definitivo regreso a España. Durante todo este tiempo, Casona ha seguido trabajando incansablemente para la radio, el cine, para periódicos y revistas, pero, sobre todo, ha escrito con sello propio e inconfundible obras maestras para la escena que dan la vuelta al mundo: La dama del alba, Los árboles mueren de pie... En 1951 le entrevista Eduardo Zamacois en su casa de la calle de Arenales. Con su ingenio añejo y su desenfadado característico nos describe así la imagen física del dramaturgo:

...hombre cuarentón, ni alto ni bajo, enjuto y cetrino, de mirar malicioso y penetrante, de trato cordial y sonrisa burlona, cuya frente se pierde en la nobleza de una calvicie prematura... Aunque esté callada, su persona -toda ella- no cesa de hablar. Y es porque hay en sus ojillos astutos, negros y buidos, de campesino castellano, en la ironía de sus sonrisas, a las que el contraste entre el blancor de los dientes y el cobre de las mejillas infunde relieve, como también en la apacibilidad de su voz y la pulida mesura de los ademanes, ese algo misterioso -lejano- inseparable de los aristócratas de espíritu.

En 1962, después de veinticinco años de silencio, vuelve a representarse su teatro en España. El 22 de abril tiene lugar en Madrid un acontecimiento memorable: el estreno en el teatro Bellas Artes de La dama del alba, que es recibida con entusiasmo unánime. A ella le siguen las demás piezas, que se van poniendo en escena con aplauso constante, a pesar del tiempo transcurrido desde su primera representación, porque sus valores esenciales siguen teniendo vigencia. En 1964 se ofrece al público español El caballero de las espuelas de oro, "retrato dramático" de Quevedo, primera obra redactada en España por su autor dentro del ambiente español de nuestros días. Alejandro Casona es ya un clásico en vida, "uno de los maestros del teatro contemporáneo". Desgraciadamente, en un momento en que había empalmado de nuevo con las raíces más puras de su arte: con la gente, con la tierra, con el espíritu de España, con cuyo ser metafísico tan íntimamente se identificaba, cuando todavía tanto cabía esperar de él, de las nuevas circunstancias en que se hallaba inmerso, se extingue a los sesenta y dos años la vida fecunda, alegre, apasionada y generosa de Alejandro Casona el 17 de septiembre de 1965. Con él desaparece un altísimo dramaturgo y un gran hombre.


Alfredo Silva Estrada





Poeta venezolano. Su obra puede considerarse una aventura personal, es decir, no dependiente de una influencia determinada, aunque podría pensarse en él como un escritor de la estirpe de Stéphane Mallarmé. Silva Estrada no perteneció a grupo alguno y, aunque representa una experiencia poética singular dentro de la literatura venezolana, pueden reconocerse huellas de su poesía en poetas posteriores. Su labor se funda en el lenguaje, fiel a la concepción de que la escritura es un universo paralelo al cotidiano, que se construye, explica y justifica mediante palabras. El apotegma que escribió en su libro Los moradores (1975), “La poesía desde el amanecer”, parece constituir el signo que ilumina toda su labor literaria. Ello se hizo evidente desde su primer libro, De la casa arraigada (1953). Sus versos pueden explicarse según una imagen del propio poeta la del “enigma andariego”, que permite conciliar la búsqueda de un lenguaje propio con la manifestación de la angustia frente a la existencia, la incertidumbre, la sensación de destierro (como en “Algo I”) y la confusión (como en “Imposibilia”). Ha publicado, además, Cercos (1954); Del traspaso (1962), Integraciones. De la unidad en fuga (1962), Literales (1963), Lo nunca proyectado (1963), Transverbales I (1967), Acercamientos (1969), Transverbales II y Transverbales III (1972), Los quintetos del círculo (1978), Contra el espacio hostil (1979), Dedicación y ofrendas (1986) y el ensayo La palabra transmutada (1989).

_____

ALGO







1.


Afirmar las pisadas extrañas sobre tierra extranjera


mi tierra—






hasta llegar a tener rostro.






Un árbol espinoso cobija el abismo de estancia,


mi cuerpo en una duración ajena—






la tierra, reacia—






la tierra que aún no sabe de cosmos


porque los despojos de la deaposesión se abren paso


bajo un cielo no domado que se erige en valla






Contra el umbral penumbroso y en vilo


golpean los nudillos apenas planetarios


2.


Donde la tierra se encuentra con la tierra


en este cuerpo


a chispazos torpes del fuego agazapado


algo se explaya entre grumos de ritmo


3.


Eres el equilibrio tú


mi posible extensión de la humareda de algo


4.


Trae la voz a nuestra voz


trae la forma a nuestro hacer






algo siempre al fondo de su reserva


castigando el olvido que lo abarca




5.


Tener piel


tener hasta el aire al entrar


a descampado en compañía


y contenidos en el espacio igual


crear el hábito sorprendente


y el habitar


en el entero exilio del instante y de siempre


cuando algo espacia y nos guarece


en la creación de un espacio habitado




6.


Resuena a través de la indiferencia rocosa


donde las pisadas abren signos,






Resuena a través del desasimiento irrespirable


donde la aspiración relega toda sombra,






Es casi voz


palpar la resonancia inescrutable




7.


Camino envolvente


llevarlo en la espalda


abarcarlo


con el primer gesto






Recoger con los pasos


los ecos hundidos


y acogerse al camino de siempre






Saborear la extrañeza de ir


escuchar la tierra


entre ruidos que atan el fervor caminante






Hasta desembocar


con el camino


en pleno día vertebrándose




De Acercamientos, 1963-1967







EL HOMBRE MEDIOCRE



JOSE INGENIEROS


I. LA EMOCIÓN DEL IDEAL



Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes las alas hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala ; si la dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en ti, quedas inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula de ensueño que te sobrepone a lo real. Ella es el lis de tu blasón, el penacho de tu temperamento. innumerables signos la revelan: cuando se te anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta a Sócrates, la cruz izada para Cristo y la hoguera encendida a Bruno; - cuando te abstraes en lo infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de Montaigne o un discurso de Helvecio ; - cuando el corazón se te estremece pensando en la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente, el Romeo de tal Julieta y el Werther de tal Carlota ; - cuando tus sienes se hielan de emoción al declamar una estrofa de Musset que rima acorde con tu sentir ; - y cuando, en suma, admiras la mente preclara de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los héroes, inclinándote con igual veneración ante los creadores de la Verdad o de Belleza.

Todos no se extasían como tú, ante un crepúsculo, no sueñan frente a una aurora o cimbran en una tempestad ; ni gustan de pasear con Dante, reír con Moliére, temblar con Shakespeare, crujir con Wagner ; ni enmudecer ante el David, la Cena o el Partenón. Es de pocos esa inquietud de perseguir ávidamente alguna quimera, venerando a filósofos, artistas y pensadores que fundieron en síntesis supremas sus visiones del ser y de la eternidad, volando más allá de lo real. Los seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de ideales y cuyo sentimiento polariza hacia ellos la personalidad entera, forman raza aparte en la humanidad: son idealistas. Definiendo su propia emoción, podría decir quien se sintiera poeta: el Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección.

II. DE UN IDEALISMO FUNDADO EN LA EXPERIENCIA



Los filósofos del porvenir, para aproximarse a formas de expresión cada vez menos inexactas, dejarán a los poetas el hermoso privilegio del lenguaje figurado; y los sistemas futuros, desprendiéndose de añejos residuos místicos y dialécticos, irán poniendo a la Experiencia como fundamento de toda hipótesis legítima.

No es arriesgado pensar que en la ética venidera florecerá un idealismo moral, independiente de dogmas religiosos y de apriorismos metafísicos: los ideales de perfección, fundados en la experiencia social y evolutiva como ella misma, constituirán la íntima trabazón de una doctrina de la perfectibilidad indefinida, propicia a todas las posibilidades de enaltecimiento humano. Un ideal no es una fórmula muerta, sino una hipótesis perfectible; para que sirva, debe ser concebida así, actuante en función de la vida social que incesantemente deviene. La imaginación, partiendo de la experiencia, anticipa juicios acerca de futuros perfeccionamientos: los ideales, entre todas las creencias, representan el resultado más alto de la función de pensar. La evolución humana es un esfuerzo continuo del hombre para adaptarse a la naturaleza, que evoluciona a su vez. Para ello necesita conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas refléjense en la mente humana como ideales. Un hombre, un grupo o una raza son idealistas porque circunstancias propicias determinan su imaginación a concebir perfeccionamientos posibles.

Los ideales son formaciones naturales. Aparecen cuando la función de pensar alcanza tal desarrollo que la imaginación puede anticiparse a la experiencia. No son entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen del azar. Se forman como todos los fenómenos accesibles a nuestra observación.

Son efectos de causas, accidentes en la evolución universal investigada por las ciencias y

resumidas por las filosofías. Y es fácil explicarlo, si se comprende. Nuestro sistema solar es un punto en el cosmos ; en ese punto es un simple detalle el planeta que habitamos ; en ese detalle la vida es un transitorio equilibrio químico de la superficie ; entre las complicaciones de ese equilibrio viviente la especie humana data de un período brevísimo ; en el hombre se desarrolla la función de pensar como un perfeccionamiento de la adaptación al medio ; uno de sus modos es la imaginación que permite generalizar los datos de la experiencia, anticipando sus resultados posibles y abstrayendo de ella ideales de perfección. Así la fisonomía del porvenir, en vez de negarlos, permitirá afirmar su realidad como aspectos legítimos de la función de pensar y los reintegrará en la concepción natural del universo. Un ideal es un punto y un momento entre los infinitos posibles que pueblan el espacio y el tiempo.



Evolucionar es variar. En la evolución humana, el pensamiento varía incesantemente. Toda variación es adquirida por temperamentos predispuestos; las variaciones útiles tienden a conservarse. La experiencia determina la formación natural de conceptos genéricos, cada vez más sintéticos ; la imaginación abstrae de éstos ciertos caracteres comunes, elaborando ideas generales que pueden ser hipótesis acerca del incesante devenir: así se forman los ideales que para el hombre, son normativos de la conducta en consonancia con sus hipótesis. Ellos no son apriorísticos, sino inducidos de una vasta experiencia; sobre ella se empina la imaginación para prever el sentido en que varía la humanidad. Todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el pasado y el porvenir.

Los ideales pueden no ser verdades; son creencias. Su fuerza estriba en sus elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en que los creemos. Por eso la representación abstracta de las variaciones futuras adquiere un valor moral: las más provechosas a la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo futuro se identifica con lo futuro. Y los ideales, por ser visiones anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el instrumento natural de todo progreso humano.

Mientras la instrucción se limita a extender las nociones que la experiencia actual considera

más exactas, la educación consiste en sugerir ideales que se presumen propicios a la perfección.

(Fragmento)



RAFAEL POMBO

Mientras el movimiento romántico triunfaba decisivamente en Francia en las primeras décadas del siglo XIX con Víctor Hugo, Lamartine, Vigny y Musset, en Colombia llegaba a su perfección con Rafael Pombo, responsable de que en aquella época por fin se llegase a este movimiento poético, que se prolongó en vertientes decadentes hasta la muerte de Julio Florez en 1923. Rafael Pombo, más conocido por sus “Fábulas y verdades”, “Cuentos pintados” y “Cuentos morales para niños formales”, es autor de poemas perfectos como “Noche de diciembre”, “Preludio de primavera” y “Hora de tinieblas”.







Como caso excepcional, este poeta bogotano nacido el 7 de noviembre de 1883, comenzó a escribir versos desde su niñez y los últimos, los compuso con pleno goce de sus facultades mentales, en vísperas de su muerte ocurrida en Bogotá el 5 de mayo de 1912. Por boca de sus contemporáneos a Pombo se le atribuyó en grado ejemplar las características perfectas de un poeta: inspiración elevada, hondo sentimiento, entusiasmo no apagado ni por el frío de los años, imaginación viva y juicio estético bien formado.






Cronológicamente son más de setenta años de poesía romántica en Colombia, expresada en distintas modalidades, pero en realidad se reconoce sólo una gran voz: la de Pombo, que no sólo es el mejor poeta del romanticismo hispanoamericano, sino el mejor del romanticismo en lengua española. Al lado suyo aparecen






como poetas menores, no sólo los latinoamericanos sino españoles como Espronceda, el duque de Rivas, Carolina Coronado, Núñez de Arce, incluso Gustavo Adolfo Bécquer.






Como "Uno de los poetas líricos de más originalidad y fuerza", lo describió en su época el literato Miguel Antonio Caro, y no es para menos, porque además de su vasta producción poética, periodística y epistolar, Rafael Pombo también fue muy dado a escribir páginas autobiográficas en forma de diario y apuntaciones esporádicas.






El poema perfecto...






Sin duda, el mejor poema de Rafael Pombo es “Noche de diciembre”, porque se le puede clasificar como perfecto, que denota haber sido inspirado por un profundo amor y a la vez, por sus oscuras tristezas.






Noche como ésta, y contemplada a solas,


no la puede sufrir mi corazón:


da un dolor de hermosura irresistible,


un miedo profundísimo de Dios...


Mira ese cielo...Es demasiado cielo


para el ojo de insecto de un mortal:


refléjame en tus ojos un fragmento


que yo alcance a medir y a sondear...






En su soneto “De noche”, Pombo refleja claramente su mística personalidad, así como en “Preludio de primavera”, su amor sin límites, pero también su espíritu se siente penetrado por las más sombrías dudas y es entonces cuando aparece un poeta rebelde, que lanza desgarradas blasfemias contra la vida y contra Dios, como ocurre en su gran poema titulado “Hora






de tinieblas”, algunos de cuyos fragmentos resultan realmente conmovedores. Así mismo, son décimas en las que convergen una serie de preguntas y dudas inquietantes, ya que son precisamente las que el hombre se ha planteado desde siempre, muchas sin respuesta posible:






¡Oh qué misterio espantoso


es éste de la existencia!


¡Revélame algo, conciencia!


¡Háblame, Dios poderoso!


¿Por qué vine yo a nacer?


¿Quién a padecer me obliga?


¡Quién dio esta ley enemiga


de ser para padecer?...






Oh Adán, ¿cuándo estuve en ti?


¿Quién te dio mi alma y mi pecho?


¿Quién te concedió el derecho


de que pecaras por mí?...






El altísimo poeta...






Rafael Pombo rindió primero culto a la escuela romántica, entonces con mucho auge, pero después supo llevar a algunas de sus obras a la serenidad clásica y así el 20 de agosto de 1905 fue coronado con solemnidad en el Teatro Colón, de Bogotá, como altísimo poeta. Así mismo, amó el arte en todas sus manifestaciones y en sus estrofas palpita íntegra el alma de Colombia, ya que cantó nuestras costumbres, fiestas populares, leyendas y tradiciones; fue un poeta creyente a pesar de su “Hora de tinieblas”, brote de desilusión y pesimismo






Rafael Pombo decía que era caucano y bogotano porque vino de Popayán, ya existente a nacer en Bogotá y no se equivocó al anunciarlo, ya que tenía la seriedad y el entusiasmo romántico del carácter


La casa en Bogotá donde vivió el poeta


payanés, en contraste con la discreción y mesura clásica de su hermano Manuel.






De las primeras letras de su casa pasó a la escuela del maestro Damián Cuenca, próxima al puente de Lesmes; de aquí al Seminario Conciliar por dos años, del Seminario al Colegio del Rosario por otros dos años de humanidades, y del Rosario al Colegio Militar.






Las matemáticas fueron los estudios que su padre le hizo cursar; en 1851 se graduó con honores de ingeniero civil y aún en 1853 enseñó ésta materia en el Colegio de San Buenaventura de Bogotá; pero él advertía que aunque siempre presentó exámenes lucidos, jamás fue buen estudiante, porque jamás tuvo las facultades de estudiar y de aprender, por exceso de distracción, y por un incorregible hábito de discurrir por su propia cuenta, y no por libro. Decía que los libros generalmente no le servían sino para sostener polémicas. Desde entonces, no se volvió a ocupar en aquella profesión, que sin duda lo privó de dar vuelo a su inteligencia en otro horizonte más propicio para su pensamiento.






Aunque Rafael Pombo no fue pintor, dio en Colombia eficaz impulso a la pintura proponiendo una ley creada por el Instituto General de Bellas Artes de ese entonces, que se llamó "Academia Vásquez"; trayendo al país a un profesor de la afamada escuela española de Roma, el mejicano Felipe S. Gutiérrez, cuyos discípulos honraron a Bogotá en aquella época; además de






estimular con acertados juicios críticos a artistas y aficionados; Pombo vivió rodeado de una galería de cuadros de elección suya, en la cual se distinguían algunos antiguos originales de valor, españoles e italianos.






Después de la guerra civil de 1854 viajó a Washington en donde prestó servicios al Gobierno colombiano. Durante su larga permanencia en los Estados Unidos fue contratado por la editorial Aplpleton, de Nueva York, para llevar al castellano algunas de las nursery rhymes de la tradición oral anglosajona, entre los que sobresalen: “Simón el bobito”, “Rin-Rin-Renacuajo”, “Doña Pánfaga”, “Pastorcita”, ”La pobre viejecita”, Fábulas (más de 200), Cuentos pintados y cuentos morales para niños. De regreso a Bogotá colaboró con los periódicos La Siesta, El Cartucho, El Centro. Fue secretario perpetuo de la Academia Colombiana de la Lengua.






A Rafael Pombo se le ha admirado generalmente por lo que menos debería ser: por las fábulas y cuentos pintados que, en su mayor parte, son traducciones o adaptaciones del inglés. A pesar de la extensión de su obra, perduran sólo unos seis u ocho de sus conmovedores poemas, maravillosos por su sinceridad, autenticidad, gran emotividad y por los problemas trascendentales que, con frecuencia, llama a través de inolvidables estrofas que escribió en momentos de inspiración, experiencias tan profundas que con igual fuerza llegan hoy al lector.