Hace 150 años, moría Arthur Schopenhauer

Arthur Schopenhauer podía ser sociable si quería. Pero si alguien empezaba a decir tonterías durante el almuerzo en su taberna preferida, simplemente cambiaba de mesa. Dicen que una vez se hartó de la verborragia de su ama de llaves y la empujó por la escalera.

Schopenhauer no fue solamente un gran filósofo, sino también un hombre excéntrico y a veces colérico. Ésta y otras facetas así como la importancia del pensamiento del filósofo alemán serán analizadas con motivo del 150 aniversario de su muerte, acaecida el 21 de septiembre de 1860 en Fráncfort, con una gran muestra y un congreso internacional.
Schopenhauer es considerado el gran modernizador de la filosofía del siglo XIX. Desechó el ideal del ser humano guiado por la razón, afirmando que carecía de libre albedrío y se orientaba por el instinto. Para él, la conciencia humana tenía una base orgánica. "Cambió la visión del mundo y la visión del ser humano de forma radical", señala Matthias Kossler, presidente de la Sociedad Schopenhauer y director del centro de investigación sobre Schopenhauer de la Universidad de Maguncia.

Schopenhauer destruyó las ilusiones y se ganó fama de eterno pesimista. A diferencia de los grandes defensores de la Ilustración, no creía que el hombre pudiese cambiar para bien, ni tampoco tenía fe en el progreso de la humanidad desde el punto de vista moral. Para Kossler, este escepticismo tiene mucha actualidad en épocas de cambio climático y crisis financiera global.

La obra de Schopenhauer no pertenece a las más agudas de la historia de la filosofía, ni es fácil de leer. Fue uno de los primeros pensadores que incorporó elementos del brahmanismo y del budismo, con los cuales coincidía como ateo en la inexistencia de la felicidad terrestre. Para Schopenhauer, el ser humano no podía elevarse por encima de los animales y las plantas. Después de su muerte -falleció a los 72 años a causa de una pulmonía-, su pensamiento influyó en muchos escritores, compositores y pintores y abrió el camino para el surgimiento del psicoanálisis.

Schopenhauer nació en la entonces Danzig -la polaca Gdansk- el 22 de febrero de 1788 en una familia de comerciantes. Abandonó la tradición familiar del comercio al poco tiempo de comenzar como aprendiz, para estudiar filosofía en Gotinga y Berlín. En la capital prusiana obtuvo el doctorado y en 1831 se mudó a Fráncfort huyendo de una epidemia de cólera. En la ciudad a orillas del Meno trabajó como docente privado y vivió de la herencia paterna durante tres décadas hasta su fallecimiento.

En su obra principal, El mundo como voluntad y representación (1819), afirma que el mundo es una mera construcción de nuestra imaginación, es sólo una representación en nuestro conocimiento cotidiano. La "clave de la esencia de todos los fenómenos en la naturaleza" no es para Schopenhauer el espíritu, un absoluto o Dios, sino la voluntad. La esencia íntima de todos los fenómenos es para él una voluntad mayormente inconsciente, un ímpetu, un instinto, un deseo, un ansia.

La solución sólo puede consistir en la "negación de la voluntad de vivir", en la renuncia a satisfacer los instintos y en primer lugar el instinto sexual. La ausencia de deseo rompe el círculo de vivir, sufrir, morir y volver a vivir. Schopenhauer considera que la anulación de la voluntad se da en mayor medida en los monjes budistas o en algunos santos católicos. La obra de Schopenhauer está llena de observaciones ilustrativas, de conocimiento de la vida de una gran claridad psicológica que volcó en sus famosos aforismos.

También se hizo fama de misógino por sus comentarios poco magnánimos sobre las mujeres. Nunca se casó pero tuvo sus amoríos. También con mujeres inteligentes, según relata Kossler, y acota que probablemente su incapacidad para comprometerse sentimentalmente incidió de forma negativa en la imagen que tenía de las mujeres.

No estuvo exento de contradicciones. Fue uno de los primeros en abogar por los derechos de los animales y en profesar admiración por los vegetarianos en la India. En lo personal, sin embargo, comía carne y no llevaba una vida ascética.

En Fráncfort se lo veía pasear a sus perros caniche. Llevaban nombres como "Atman", que significa "alma mundial" en indio. Cuando se portaban mal los llamaba "hombre" a modo de insulto. Una muestra de que este filósofo considerado un misántropo también tenía humor. Y a la ama de llaves que tanto mortificó le tuvo que pagar una renta vitalicia.
Schopenhauer allanó el camino al mundo moderno

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (*1788 - †1860) puede enseñarnos aún muchas cosas. De ello está convencido el profesor Matthias Koßler, presidente de la Sociedad Schopenhauer de Fráncfort y director del centro de investigación sobre Schopenhauer de la Universidad de la misma ciudad.

Pregunta: ¿Por qué seguimos leyendo todavía a Schopenhauer?
Koßler: Schopenhauer allanó el camino a la modernidad. En la Ilustración el ideal era el hombre guiado por la razón. Schopenhauer determinó entonces que la razón dependía en realidad de una voluntad instintiva e innata que caracterizaba al hombre. El ser humano no estaba en condiciones de asumir el papel que los filósofos de la Ilustración le habían otorgado, consideraba. Para Schopenhauer, lo importante no es la voluntad consciente, sino la voluntad que depende de los instintos físicos que tienen que ver sobre todo con la sexualidad. El psicoanálisis se dio cuenta de eso más tarde.

P.: ¿Puede ser que Schopenhauer, el eterno pesimista, tenga más éxito en tiempos difíciles?
Koßler: Yo describiría a Schopenhauer como un hombre sin ilusión. Él creía que el ser humano actuaba motivado por el egoísmo. En su opinión, el mundo no avanzaba hacia el progreso, contra ello nada podían hacer la ciencia y la técnica. Es cierto que en épocas como las de ahora, en las que aumentan las dudas sobre el avance tecnológico y económico, Schopenhauer recupera valor. Pero él también dejó escritos caminos para salir de esa espiral negativa. La estética, el arte, por ejemplo, pueden distraer al hombre de su voluntad y la compasión basada en la ética puede proporcionale libertad.

P.: La ciudad de Fráncfort rinde a homenaje a Schopenhauer en el 150 aniversario de su muerte con una exposición y un congreso internacional ¿Cuál es el objetivo?
Koßler: Queremos ampliar la imagen que se tiene de Schopenhauer. No era sólo un bicho raro, un misógeno o un pesimista empedernido. Y aunque era ateo, desarrolló una teoría de la redención y una serie de normas para la vida. Entre la población, Schopenhauer se hizo muy popular por sus Aforismos sobre el arte de saber vivir. Por el contrario, en el mundo académico nunca fue tan alabado como Hegel y Nietzsche. Eso es lo que queremos cambiar.

120 aniversario del nacimiento de Agatha Christie

Agata Christie es un personaje peculiar, alguien que ha pasado a convertirse en una adicción secreta entre los lectores, una autora a la que se recurre en las vacaciones, de la que se compran sus libros en los puntos de venta de prensa en los aeropuertos o las estaciones como si se tuviera vergüenza de su lectura, que ofrece diversión y misterio pero no, manifiestamente, calidad literaria.

Pero los que hayamos incurrido en sus páginas, sabemos que el sabor de los años 30 y 40 que impregna sus libros, llenos de marqueses con chóferes y jardineros, cuadras y añejos retratos de familia colgados sobre escaleras que se bifurcan, compensa que sus novelas sean artefactos literarios de impecable e implacable eficacia, máquinas bien engrasadas que nos diseñan un crimen, nos presentan un ramillete de sospechosos, los presenta intentando parecer indiferentes a los azares de la investigación y que en las últimas páginas nos demuestran que nuestras sospechas y pálpitos erraban.

Nunca el mayordomo que creíamos será el asesino. La popularidad de Ágata Christie, que al poco de publicar su primera novela, “El misterioso caso de Styles”, en 1920, con la primera aparición del detective belga Hercules Poirot, alcanzó un gran éxito en su país natal, no se corresponde con lo desconocida que sigue siendo su figura entre nosotros.

Nacida el 15 de septiembre de 1890 en Torquay (Inglaterra), fue hija de un corredor de Bolsa norteamericano y de la hija de un capitán de la armada británica. Educada en el típico ambiente de institutrices de rígidas y exigentes maneras, ya en 1906 se trasladó a París para realizar estudios de canto, danza y piano, cuando ya había empezado a escribir sus primeros relatos de adolescente. La vivencia francesa a buen seguro le proporcionó la inspiración para elegir a Poirot como su primer personaje. Encaminada a la respetabilidad, se casó en 1914 con un piloto militar, el coronel Archibald Christie, que le dejaría una única hija, Rosalind, un puñado de amarguras y el apellido de casada con el que firmaría sus obras. En 1928, el matrimonio se cerrará con un divorcio tras haber pasado por un misterio, el único de la vida de Agatha, que incluso ha sido objeto de una película (“Agatha”, 1979, interpretada por Vanessa Redgrave y Dustin Hoffman) y que los biógrafos siguen intentando esclarecer.

El misterio Christie: En 1926, Agatha era ya una autora admirada y querida. Su rostro era bien conocido y allá donde fuera los admiradores la abordaban para saludarla. El 3 de diciembre de aquel año, cuando estaba vigente el éxito de su sexta novela “El asesinato de Roger Ackroyd“, salió de su casa en Styles tras besar a su hija. Durante once días, nada más se supo de ella. Su automóvil, un Morris Cowley con su abrigo y maletas en el interior, fue encontrado abandonado en una cantera en Guilford, al sur de Londres. Se movilizó la policía, la noticia de la búsqueda ocupó las portadas de los periódicos, el público vivió en vilo esas jornadas. Se habló de que podía haberse ahogado en un manantial cercano a la cantera, se especuló con que su infiel marido, el coronel Christie, la había asesinado. La preocupación terminó el 14 de diciembre, cuando fue reconocida por su marido en un lujoso hotel de Arrogate, cerca de la capital, en el que se hospedaba con un nombre falso. Desde diez días antes había estado allí alojada con el nombre de Theresa Neele, justamente el de la amante de su marido, jugando a las cartas, recibiendo tratamientos de hidroterapia y comentando distendida con los huéspedes la desaparición de Agatha Christie. Costó trabajo hacer que reconociera su identidad, pero nunca recordaría lo sucedido. Mientras los maliciosos la acusaban de una maniobra publicitaria pero innecesaria, otros aseguraban que un accidente automovilístico le produjo amnesia. También se habló de un plan de Agatha para desbaratar una escapada amorosa de su marido en las cercanías de la cantera. Lo que sucedió se desconoce. La escritora se escudó siempre en la amnesia. Una crisis nerviosa parece, no obstante, estar en la base de los hechos. Baste decir que incluso Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, intentó encontrar en vano una respuesta a este enigma.

En 1930, Agatha encontraría al fin la estabilidad al casarse con el arqueólogo Max Mallowan, 14 años más joven que ella, al que acompañó en diversas expediciones en Siria. La vida cotidiana durante esas excavaciones, en las que Agatha etiquetaba y fotografiaba los hallazgos, está recogida en un librito encantador y divertido: “Ven y dime cómo vives”. Max morirá en 1978, dos años después que Agatha, que llegó a decir que la ventaja de estar casada con un arqueólogo residía en que a medida que ella cumpliera más y más años, más interesado estaría él en ella. La humorada de la frase se cumplió felizmente. De las expediciones con Max, Agatha extrajo materiales para novelas como “Asesinato en Mesopotamia”, “Muerte en el Nilo”, “Cita a ciegas” e “Intriga en Bagdad”.

Gran legado: En 1961, Agatha será nombrada doctora honoris causa por la universidad de Exeter y Dama del Imperio Británico (el equivalente femenino al título de Sir) en 1971. Morirá el 12 de enero de 1976 en su residencia de Cholsey. Tenía 85 años, y había publicado más de 80 novelas y obras teatrales. Dos detectives muy peculiares, Poirot y la Miss Marple, son su principal legado. Fue una mujer llena de humor, reservada y metódica. Sus méritos y flaquezas ella misma los formuló con exacta concisión: «No soy buena conversadora, no sé dibujar, pintar, moldear o esculpir, no puedo hacer las cosas de prisa, me resulta difícil decir lo que quiero, prefiero escribirlo. Escogí la profesión justa. Lo mejor de ser escritora es que se trabaja en privado y al ritmo que se quiere».

A pesar de la noche, los lápices siguen escribiendo

El 16 de septiembre de 1976 diez estudiantes secundarios de la Escuela Normal Nro 3 de la Plata son secuestrados tras participar en una campaña por el boleto estudiantil. Tenían entre 14 y 17 años. El operativo fue realizado por el Batallón 601 del Servicio de Inteligencia del Ejercito y la Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida en ese entonces por el general Ramón Camps, que calificó al suceso como lucha contra "el accionar subversivo en las escuelas". Este hecho es recordado como "La noche de los lápices".

LOS ESTUDIANTES SECUNDARIOS Y LA POLITICA ENTRE 1973-1976

El arribo de la democracia en el mes de mayo de 1973, luego de un proceso creciente de enfrentamientos contra la dictadura miliar que gobernaba desde junio de 1966, trajo consigo la irrupción en la vida política y social de los distintos sectores populares que habían experimentado un crecimiento sustancial durante las luchas; entre ellos, los estudiantes secundarios.

En el movimiento estudiantil secundario se vivieron experiencias hasta ese momentos inéditas en lo referente a participación política, en tanto ésta es atendida en un sentido partidario más o menos directo.

El diario La Opinión editó en 1973 un suplemento dedicado al análisis de los fenómenos políticos entre los adolescentes. En dicho suplemento se publicaron los resultados de una encuesta que realizó el periódico entre 252 estudiantes. Se comprobó que el 30,3% de los jóvenes encuestados tenía algún tipo de participación política.

La política había impregnado el conjunto de la vida estudiantil, dentro y fuera de los colegios. Las organizaciones políticas vieron incrementado notoriamente el número de sus militantes y el grado de su influencia. Según el suplemento citado, "las tres fuerzas más importantes son, en este orden, la Unión de Estudiantes Secundarios, (UES), la Federación Juvenil Comunista (FJC) y la Juventud Secundaria Peronista (JSP)"

La encuesta de La Opinión revelaba también que en 1973 los estudiantes secundarios se inclinaban ante figuras emblemáticas de la izquierda, con la salvedad de Perón, quién asumía, para una porción amplia de los estudiantes, contornos casi revolucionarios. Pese a todo, quien encabeza la encuesta era el Che Guevara con el 67%, a continuación venía J. D. Perón con 66% y a mayor distancia, Salvador Allende con 19%; Fidel Castro con 19%; Eva Perón 17 % y Mao-Tsé-Tung con 16%.

En esta encuesta queda por demás claro que para aquélla generación de estudiantes los referentes revolucionarios y socialistas eran los que ocupaban más espacio en la conciencia estudiantil.

En aquellos años se había alcanzado un nivel de conciencia, acción y participación bastante elevados con lo cual el nivel de cuestionamiento al sistema capitalista era de por demás peligroso para la burguesía y los sectores reaccionarios de nuestro país.

EL GOLPE DE 1976

En la historia de nuestro país, como en el resto de América latina, los golpes de Estado siempre estuvieron al servicio de la clase dominante y del imperialismo. Pero el golpe de Estado de 1976 se podría caracterizar no tan solo como el más sangriento vivido en la historia de nuestro país, sino también como el más pro-imperialista, ya que el estado político-económico que dejó la dictadura le sirvió al imperialismo para garantizar su hegemonía en la región durante décadas.

LOS OBJETIVOS DEL PROCESO

Uno de los objetivos más tenazmente buscado por la dictadura militar que gobernó entre 1976 y 1983 fue neutralizar a buena parte de la juventud y ganar a una porción para su propio proyecto reaccionario.

 La noche de los lápices (película completa) Ficha técnica

Para los que no encajaban en sus esquemas se aplicaban distintos métodos "preventivos", desde el asesinato y la desaparición, hasta la más refinadas formas de marginación social y psicológica, pasando, claro esta, por la clásica y tradicional prisión.

Cuando asumieron en 1976 los militares consideraban que en la Argentina había una generación perdida: la juventud. Esta, por la sofisticada acción de "ideólogos" se había vuelto rebelde y contestataria.

Si bien el gobierno militar toma en cuenta la situación en la que se encontraba la juventud argentina, no fue tan obstinado como para suponer que se debía atacar a toda la juventud por igual. La política hacia los jóvenes parte de considerar que los que habían pasado por la experiencia del Cordobazo y demás luchas previas a 1973, los que habían vivido con algún grado de participación el proceso de los años 73, 74 y 75, los estudiantes universitarios y los jóvenes obreros, eran en su mayoría irrecuperables y en consecuencia había que combatirlos. Para ello utilizaron un pretexto tan obvio como falaz: se trataba de subversivos reales o potenciales que ponían en riesgo al conjunto del cuerpo social. El ser joven pasa a ser un peligro.

Al mismo tiempo, y pensando en el largo plazo, se empieza a desarrollar una estrategia que va más allá de la eliminación del "enemigo". Se empieza a poner la mira sobre el relevo. Ahí están los estudiantes secundarios. Al momento del golpe tienen entre 13 y 18 años más de un millón de jóvenes.
EL TERROR EN LAS AULAS

Uno de los aspectos más dramáticos de la represión vivida en aquellos años fue el secuestro de adolescentes. Llegaron a 250 los desaparecidos que tenían entre 13 y 18 años, claro que no todos estudiaban. Muchos se habían visto obligados a abandonar la escuela para incorporarse al mundo del trabajo.

Pero de los procedimientos utilizados surge claramente que no se trataba de hechos aislados, sino de una investigación pormenorizada en distintas escuelas. En una entrevista concedida a un grupo de padres, un coronel de Campo de Mayo les expresó que se llevaban a los jóvenes que habían estudiado "en colegios subversivos para cambiarles las ideas".

El 16 de septiembre de 1976, 10 estudiantes secundarios de la Escuela Normal Nº 3 de la Plata, son secuestrados tras participar en una campaña por el boleto estudiantil. Todos tenían entre 14 y 17 años. El operativo fue realizado por el Batallón 601 del servicio de Inteligencia del ejercito y la Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida en ese entonces por el general Ramón Camps, que califico al suceso como "accionar subversivo en las Escuelas". Este hecho es recordado como "La noche de los lápices".

Solo tres de ellos aparecieron un tiempo después. Pablo Díaz, uno de los liberados, declaró en el juicio a las ex juntas: "Yo pertenecía a la Coordinadora de Estudiantes Secundarios de la Plata y con los chicos del colegio fuimos a presentar una nota al Ministerio de Obras Públicas".

Levantaron chicos en algunos colegios que tenían "marcados" y enemigo era todo aquel estudiante que se preocupara por los problemas sociales, por fomentar entre los estudiantes la participación y la defensa de los derechos de los mismos.

HOY LOS LAPICES SIGUEN ESCRIBIENDO
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Bibliografia consultada: Estudiantes secundarios: Sociedad y política, Berguier, Hechker y Schifrin.

Comunicadores Solidarios - Agencia Latina de Información Alternativa, 16/09/2005

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Un pedazo de mar y una ventana, Manuel Cofiño

Manuel Cofiño
-La Habana, 1936 - 1987-


Porque siempre hay un libro, una sonrisa, una hoja en el aire, un pedazo de mar y una ventana, que son la recompensa.

La conocí en el campamento Maravilla Roja. Jefa de una brigada. Entusiasta, incansable, y además era la admiración porque no le tenía miedo a las ranas que abundaban en las siembras de berro.

La miraba subir cada día ágilmente a la carreta, y los domingos lavar su ropa bajo el framboyán. Durante el tiempo que estuvimos allí, conversamos diez o doce veces. Me gustó la forma que tenía para decir las cosas. Que si el amor y las palabras arden y se apagan, saltan y se buscan como semillas y cenizas. Algo así decía. Y era como si limpiara las palabras frotándolas contra la vida.

A los hombres nos trasladaron y ella se quedó allí con sus muchachas. Recuerdo que al despedirse dijo : bueno, y me alegro de que existas.

Poco meses después la encontré frente a Coppelia, imprudentemente parada en una esquina, con el cabello turbio y despeinado. Por un momento creí tener una visión. La vi rara (no era sólo la forma de vestir, sino el conjunto). Se puso nerviosa, empezó a hacer movimientos cómicos y torpes. Cargaba con ambas manos un montón de libros. Llevaba un pulóver verde y un pantalón de mezclilla. Sus ojos resaltaban de una manera extraña. Después nos encontramos varias veces. Un día la llamé y vino. Empujó la puerta de este cuarto tristísimo y entró como una canción.

No voy a contar nuestra historia. Ni hablar de su voz, su mirada, la sorprendente luminosidad de su presencia. Era fea, pero vibraba como un instrumento vivo, y aplastaba la tristeza con caricias: ahuyentar, arrancar la tristeza porque es árbol estéril y frondoso y decía, me besaba. Y el amor es flor rara, delicada, cuesta trabajo que abra, dura poco, se deshoja enseguida. Las otras son resistentes, nacen donde quieren, crecen solas, no requieren cuidados. Y ponía en mi boca sus besos. Y la luz, la mañana, el sueño y la verdad echaban a andar al mismo tiempo.

Cuando llegaba, este pequeño cuarto se poblaba de latidos (ella decía que de pájaros y flores), pero lo cierto es que ponía el aire en su lugar entre murmullos. Se quitaba la ropa como si regalara sus vestidos al viento. Cómo olvidar la alegría de su cuerpo, la flexibilidad de su cintura, sus pechos, sus jugos y sabores.

Era una inventasueños y verdades. Descalza besaba el piso, los azulejos rotos del pasillo.Sentía cariño por las latas oxidadas donde crecían los geranios, las paredes descascaradas, el ruido de la enredadera contra el cinc, el pedazo de mar en la ventana. Hablaba de gorriones y disparos, de incendiar la triteza. Iba de un lado a otro arreglando cacharros, su cuerpo cantaba y sus canciones subían por la paredes. Le gustaba el olor al ajo y hierbabuena. Hacía chirriar los platos y los vasos. Conseguía hacerlo todo sin esfuerzo, como si sus manos dominaran sobre las necesidades cotidianas. No hacía preguntas. Se contestaba sin ellas y, a veces,hacía del silencio su voz.

Cómo olvidar su cabeza inclinada, la caída de su cabellera sobre el hombro.Ese algo que tenía que no se puede explicar, que no se podrá jamás describir ni decir porque sería como tratar de mostrar el corazón de la lluvia.

En su mirada la mañana aparecía espontáneamente como el agua. Agua de compañía al despertar. En su cuerpo el tiempo era diminuto, menudo, frágil. Decía: el amor son dos cuerpos amarrados con una soga loca, un martirioplacer fugaz, intenso, fulminante. Manejar el amor es manejar el fuego, decirle que no arda. Esto del amor es un problema, te dan demasiado o no te dan ninguno, y todo el mundo se lleva su golpe; y además es invisible y nace y muere y no somos ni eternos ni puros. Y aplastaba con sus labios mis protestas. Entonces hablaba sobre la opresión familiar, la icomprensión de los padres, la aurora de una nueva época, la lucha por hacerla. Y había algo en ella que siempre había estado conmigo.

Hay que olvidar las cosas débiles, las frágiles, los pensamientos melancólicos. La vida es una música severa. Y yo la contemplaba hablándome, desnuda, sentada en la cama, con la cabeza apoyada sobre sus rodillas y las manos cruzadas sobre sus piernas encogidas.

Nunca estuve seguro de si volvería al día siguiente, al cabo de un mes o una semana. Le molestaba estancarse en las cosas. A veces pasaba semanas sin venir. Iba al amor grande a todo no al chiquito de nosotros; marchaba al campo a hacer la vida con las manos, a acariciar la tierra, los frutos y las hojas.

Regresaba ágil e inquietante. Las mejillas ardiendo, el pelo lacio veteado por el sol y la alegría chispéandole en los ojos. Cansada de buen cansancio, traía besos silvestres y una sonrisa amplia y temblorosa. Decía que el trabajo es la más hermosa alegría de la vida. Y la luz, la mañana, el sueño y la verdad echaban a andar al mismo tiempo.

Pero un día no amanecí más en su mirada, perdí la gravedad de su carne entusiasta, la saliva sabia de sus besos, las uñas de sus manos busconas, el esplenderoso olor de su pelo. Dejó un hueco repleto de recuerdos, lecciones y silencios. ¿Con cuál ropa se fue? No sé. Algo se quebró, se evaporó, se hizo sombra y luz al mismo tiempo.

Aquí sobrevive a su presencia en lo que eligió para ser recordada. En este cuarto quedó de ella un ligero olor, una voz en el viento, unas canciones cantando en las paredes, un aire, el ruido de la enredadera contra el cinc, una hoja olvidada, la luz entrando por la ventana y el chirrido de un vaso limpiando la tristeza.

¿Me enseñó a ser distinto?. No sé. Pero si la ven denle las gracias, porque me dejó la recompensa: un libro, una sonrisa, cuatro paredes llenas de canciones, un pedazo de mar y una ventana.

Informe bajo llave

Marta Lynch
Informe bajo llave (fragmento)

" Usted, mi siquiatra, mi amable componedor, recibía mis cartas, las recibe, está apilando en sus cajones las entregas de este largo informe, cada día más secreto, quizá más peligroso. Bajo llave; échale llave a la forma como se quebranta mi voluntad, como se resquebraja y pudre lo que nació sano y normal, con buena voluntad, salud admirable, cierta dosis de ansiedad manifiesta. Contemos entre ambos las desapariciones y las reapariciones. Cada día una nueva vuelta de tuerca hacía crujir las vértebras del cuello y dejaba ver un poco más la lengua del ahogado. Sin embargo, en medio del marasmo distingo las fases del poder. Estoy tratando con una parte importante de la vida de todos. La historia se ha tejido con algo que participa de esta blandura. Es un tronco podrido, un invernadero. Una flor carnívora, cortada y que huele a muerto. Se pudren los estratos que recorro con Vargas y se pudren los escalones por los que transitan mis compatriotas".

GERMAN DEHESA, Yo contra mí

Déjenme platicarles un poco de los tortuosos caminos que me han traído hasta aquí. Cuando me propusieron este ejercicio, en principio pensé que quien me hablaba era un bromista telefónico y, como tal, le respondí que por supuesto estaría dispuesto a un intenso pugilato conmigo mismo.

Aunque no lo crean me tiene en vilo el asunto: ya llevo varios años aprendiendo estratagemas para aliviarme de una timidez incurable. Soy tímido de nacimiento. Parece que mi hijo heredó ese problema: también es muy refractario, aunque no lo someto a las torturas a las que yo sí fui sometido. A mí me obligaban o intentaban obligarme a recitar el poema a los niños héroes de Amado Nervo, delante de una bola de seres muy extraños: hombres viejísimos, como de cuarenta años, y mujeres con lunares peludos; me parecía que no merecían escuchar aquellos versos por mi boca.


En esas ocasiones, mi mamá me laceraba fuertemente diciendo que cómo era posible que si me los sabía no los recitara; yo le respondía que no me daba la gana y que me daba mucha pena pues seguro se me iban a olvidar.

Desde entonces empezó a fraguarse el acero. Prueba de ello es que aquí estoy avisándoles que sí, que soy como todos ustedes: un ser dual. Espero que no lleguemos a un diagnóstico de esquizofrenia severa, pero sí tengo esa condición de siempre estarme asomando a dos caminos.

Mi caso se acentúa por el hecho de ser hijo de un veracruzano alegrísimo, desmadroso, vital, con una capacidad para resolverlo todo en una broma, en un chiste, en una ocurrencia, en encontrarle siempre el lado luminoso aun en lo más siniestro, y militante del Partido Comunista Mexicano. Por otro lado, estaba el carácter de mi madre, que era una señora decente y con una brutal propensión al aburrimiento, a la condición sufridora, dramática: casi daba las gracias por cada dolor nuevo que le venía.

Recuerdo aquí a Giovanni Guareschi, que creó a dos personajes memorables: a Don Camilo, que era cura, párroco de un pueblo italiano, y al alcalde, que era comunista, se llamaba Giusepe Bottazzi, aunque todo mudo le decía Pepón. Hagan de cuenta que en mi casa vivían Don Camilo y Pepón, nada más que Don Camilo era Doña Camila. Si recuerdo bien el mundo de Guareschi, lo más conmovedor del libro, lo más divertido era que, a pesar de esos encuentros o desencuentros ideológicos, los dos personajes siempre encontraban una ruta para que lo humano los reuniera. Supongo que por lo menos en tres ocasiones mis padres lograron encontrar ese camino: tuvieron tres hijos, uno de ellos con parálisis cerebral, el mayor; luego aparecí yo en el horizonte para gloria de este país, el primero de julio de 1944; y mi hermana, la menor, de quien ya hablaré.

Mi padre pidió que yo naciera en Veracruz puesto que mi espíritu era veracruzano, pero mi madre, dócil y cristiana, me nació en Tacubaya... y me pasó a fregar porque realmente ser de Veracruz es algo tres o cuatro veces heroico. Salvo el cine Ermita y un motel muy viejo que hay por ahí, Tacubaya no tiene mayores timbres de gloria ni de historia...

Nací cerca del Molino del Rey donde se perdió una batalla importante (casi es de rigor decirlo, es como un pleonasmo: si es una batalla en la que participaron los mexicanos, salvo la del 5 de mayo y la de Querétaro, todas las demás las perdimos). Por esos mismos lugares nació Guillermo Prieto, un viejo maravilloso; nada hay más deleitoso para un mexicano, o nada debería ser más deleitoso, que la lectura de Memorias de mis tiempos. Ese libro es la historia del México del siglo XIX contada por su mejor cronista, por un protagonista privilegiado que estuvo en todo, que estuvo en las guerras, que estuvo en la paz, que estuvo en el periodismo, que estuvo en la dramaturgia y que publicaba los famosos San Lunes de Fidel, un resumen periodístico de lo que le había parecido la semana mexicana.

Nazco, decía yo, en Tacubaya, donde ahora está la UAM. En esa hermosa casa estaba la maternidad, tiene enfrente la embajada rusa, que era muy frecuentada por mi padre –la embajada rusa, la maternidad pues nada más esa vez fue a enterarse a ver qué le había salido. Le habían salido dos orejas, básicamente, y un pequeño ser adosado; debo confesarles que no ha cambiado mucho la configuración del hijo de mi querido y añorado Don Ángel Dehesa...


No se desesperen. Obviamente sí me voy a pelear yo contra mí. Existe el yo que está tomado de la mano de mi padre y el otro que no quisiera tomarse de la mano de mi madre, porque... porque no me encuentro, porque no siento que sea yo. Sin embargo, a pesar de no sentirme perteneciente, de alguna manera la mano de mi madre me influyó. Recuerdo esas sesiones donde tenía que rezar para que se le quitara el hipo al papa; le venía hipo a Pío XII y teníamos que rezar el rosario en familia, y no el rosario común, sino el de quince misterios. Desde entonces no entendía porqué repitiendo unas palabras desde la ciudad de México, que quedaba a un chingo de distancia del Vaticano, a un señor que tenía hipo en Roma se le iba a quitar el hipo. Yo decía:

    – ¿Y si le dan agua mamá, si aguanta la respiración un rato y nosotros aquí como imbéciles rezando el rosario?
    – ¡No!

Eso era lo de menos de esa manera que tenía mi madre de vivir la fe. Me acuerdo que antes de mis doce años no salíamos en Semana Santa. Simplemente no se podía salir, hasta que un día, previa consulta con su confesor, con el padre Domingo en la iglesia de San Antonio en la colonia Nápoles, nos dieron permiso de ir a Acapulco, siempre y cuando observáramos el Jueves y el Viernes. Nunca entendí muy bien: era cosa de sentarse como quien ve el paisaje, como quien ve La Quebrada, uno observa un día. Total, que estábamos en Acapulco como estúpidos observando el día; finalmente, a las doce nos ganó la voluntad de ir al mar, nos fuimos a la playa. Empero, en punto de las tres de la tarde del Viernes Santo, con el Sol a plomo, mi madre nos hincó en el camellón de La Costera a rezar porque estaba muriendo Jesucristo. Yo dije:

    –¡Puta, fue hace un chingo! Digo, ¿realmente Jesucristo me lo va a tomar en cuenta, esto de que tantos años después, 1956 años después, yo me esté hincando en la costera de Acapulco con la bragueta llena de arena?

Como salía uno del mar, con un bolsón ahí... era espantoso, sin tomar en cuenta el Sol, la sal y otras cosas que traía uno. Mi mamá me cuestionó:

    -¿Y lo que sufrió Cristo en la cruz?
    -¿Pero yo qué culpa...? –Respondí inocentemente.

Hasta que no terminamos todas las oraciones no nos levantamos. Y mi mamá sabía muchísimas.

Hace no sé cuánto que no rezo el rosario, ni en familia, ni solo, ni nada y, sin embargo, en cuanto me descuido ya estoy con: “por estos Misterios Santos de Cristo, la nación mexicana, la unión y feliz gobierno, goce puerto el navegante...” De niño me imaginaba los barcos en mitad de la tormenta y me decía: “Como estoy rezando, seguro va a encontrar el puerto el navegante.” Me daba como una especie de megalomanía porque podía decidir la suerte de los navegantes, de la unión y feliz gobierno de la nación mexicana, y hacía una lista como de súper, como de carta a Santa Claus. “Por estos Misterios Santos…” y luego venía lo de antes del parto, durante el parto y después del parto, pero cuando uno empezaba a querer pararse, eran unos manazos y unos coscorrones terribles.

Quisiera decirles que tengo un desgarramiento tremendo y que tuve una crisis de fe espantosa… pero que, pensándolo bien, no fue tan grave. En cuanto perdió mi mamá cierta autoridad sobre mí, no volví a pararme en una iglesia, con excepción de una vez que me paré para un matrimonio más o menos logrado.

Debo aceptar que eso realmente no es lo mío, aunque nunca he dejado ni de rezar, ni de creer en Dios, ni de platicar en las noches con Él. Comentaba hoy en la mañana con mis alumnos y alumnas que no puedo ver a Dios como agente de colocaciones, o para pedirle que ganen los Pumas (tiene uno que estar loco para hacer esas mezclas de teología y futbol).

Todo esto lo digo para no entrarle a este tema del pugilato con uno mismo porque es muy arduo.

Les repito que sí, que soy un ser dual, que tengo esta parte muy sellada por una formación católica, sea o no practicante. Hay algo en nuestra mentalidad, en nuestra manera de entender la vida, en nuestro juicio sobre la existencia... Los católicos tenemos un lado sufridor: es nuestra madre que se asoma en cuanto puede.

Recuerdo mucho a mi madre haciéndome su numerito de:

    -¡Ay, no sabes, mi pierna mala –porque mi mamá, pasada cierta edad, tenía una pierna mala-. No sabes lo que me ha dolido todo el día mi pierna mala...
    -¡Chín! -decía yo.
    -Pero tú te vas a ir a una fiesta, ¿verdad? Vete, vete tranquilo de veras. Yo gozo sabiendo que tú estás gozando. Nada más déjame el rosario cerca por favor y mis medicinas, porque si me viene una crisis… no creo, eh, no creo, pero por si me viniera déjalas ahí, total, si de veras me siento muy mal, no puedo ahorita apoyar el pie, me ruedo sobre el mosaico y pecho a tierra llego al teléfono… de alguna manera alcanzo el teléfono...

El resultado de tal exposición era que yo no iba a la fiesta y que la pinche vieja se cuajaba toda la noche. Ya no le dolía nada, ya no necesitaba nada, ni el rosario rezaba, le valía gorro todo.

Pero de pronto aparecía en mi vida mi papá diciéndome: “Vámonos a ver qué encontramos”. Empezábamos a caminar. Me acuerdo que cuando paseábamos por Insurgentes y yo veía a esas mujeres recargadas en los árboles, con mucha pintura en la cara y con unas vestimentas muy extravagantes y llamativas, le preguntaba:

    - Oye papá, ¿y esas señoras?
    - Ay hijo, ¿qué no sabes?
    - No papá.
    - Son de la forestal, hijo, son policías forestales. Les encargan un árbol a cada una. Ellas tienen que cuidar su árbol y como está tan cerquita de la banqueta, por eso se visten así para llamar la atención, no las vayan a atropellar.

Era una explicación tan hermosa que hasta la fecha me conmueve, me dan ganas de bajarme a dar las gracias a las de la forestal porque están cuidando los árboles.

Entre esos dos mundo me movía yo: en un mundo del puro gozo, de la pura invención, del mundo siempre visto desde su ángulo más divertido, más chistoso, más llamativo, más fértil para la imaginación, el mundo jarocho de mi padre; y, por otro lado, el mundo michoacano, contrarreformista, feroz, de mi madre, un mundo que consideraba que sufrir era un mérito importantísimo pues estábamos en este valle de lágrimas para acumular, hagan de cuenta como puntos para viajar en avión, puntos para irse al Cielo.

También debo decirles que fui muy feliz en una escuela de gobierno. Quería mucho a un maestro a quien se le ocurrió decirme:

    -En esta escuela te vamos a echar a perder. Tú tienes capacidad para más. Te voy a conseguir una beca y voy a hablar con tus padres.

Rápidamente apareció mi madre en el horizonte para decir: “Este es el momento”. Y me metió con los hermanos maristas. Me dieron la beca... y la beca estaban por ley obligados a darla. Sin embargo, en cuanto sacaba siete en conducta, en todo el sonido del Instituto México se oía:

    - Le recordamos al niño Germán Dehesa que no paga colegiatura sino que está becado en esta escuela y que por lo mismo debe...

Yo decía: “¡Puta madre!” Con los O'Farril por allá, los Cortina por allá, a los que les daban 25 pesos de domingo, cuando a mí me daban un peso… Había una asimetría, era como tratar un TLC Estados Unidos-México. Los Cortina tuvieron, primero, motoneta, luego motocicleta, luego automóvil y yo seguía tomando mi Popocatépetl/Colonia del Valle y anexas y disfrutando de la ciudad como loco.

Disfrutaba, sobretodo, ir con mi padre, tomar el Insurgentes/Bellas Artes en Georgia e Insurgentes y tardar treinta minutos en llegar a la Alameda, y pasar junto a una escultura y agarrarle las nalgas a la escultura. Me decía mi papá:

    -Yo primero porque soy tu mayor. Tú me la vas a dejar muy sebosa. -Y entonces le daba sus llegues.- Ahora vas tú. ¿Cómo es posible que un hijo mío no sepa ni agarrar un nalga? A ver, mira, te voy a enseñar cómo se ahueca la mano, cómo se le hace.

Esas enseñanzas son invaluables, esas sí sirven para la vida.

De esos dos mundos vengo yo. Y por eso soy una especie de animal dual, soy un centauro -en unas de esas voy a salir sirena o algo así: soy mitad carne mitad pescado, mitad caballo mitad ser humano. Todos lo somos porque traemos la carga genética del padre y la carga genética de la madre.

La única ventaja que tengo frente a la dualidad es que los dos eran diabéticos, los dos eran cardiópatas. Eso sí, cardiópata y diabético lo soy a pleno pulmón y en el cuerpo entero. Lo demás, lo que es el valor añadido, lo he tratado de averiguar por mi cuenta.

A mí me deslumbraba mucho mi padre, era bastante pobre y no le daba ninguna pena serlo; nos corrían cada seis meses de las casas donde estábamos; nos mudábamos y era una fiesta.

    -Lo de menos sería quedarnos -decía-, pagar la renta al puerco capitalista, pero yo no quiero quitarte la oportunidad de que conozcas la ciudad.

Y mientras, mi madre sufría en silencio, es decir, con un estrépito que se oía a cinco kilómetros (porque cuando una mujer sufre en silencio se oye como a veinte cuadras a la redonda). Lloraba todo el trayecto que iba de la casa vieja a la casa nueva:

    -Claro, ustedes se conforman con cambiarse, pero ¿quién pone la casa y quién acomoda los muebles y la chingada?

Total, acabábamos acomodándolo todo nosotros, porque a mi mamá le venía el dolor en la pierna mala...

Ése es mi mundo. Podría estar peleado conmigo mismo, pero vivo muy reconciliado. Cuando llegado el día falleció mi padre de la manera más tranquila, se acostó a dormir una siesta, se enderezó y le dijo a mi madre: “Te quiero comprar un vestido en Liverpool”. Fueron sus famosas últimas palabras –por andar ofreciendo vestidos a las viejas, eso nunca hay que hacerlo. Se volvió a recostar un momento. Le dio una embolia fulminante, y murió.

Mí mamá –se supone que cuando uno hace edema pulmonar podemos librar uno, dos, quizá tres- hizo casi treinta edemas pulmonares y la pinche necia no se quería ir. Sólo se murió porque a mi hermana se le descompuso el coche. Mi hermana, una doctora muy afamada en el Seguro Social, en cuanto veía que mi mamá se empezaba a torcer, la trepaba al coche y se la llevaba al hospital, le ponían el ventilador y le hacían quién sabe qué y le pasaban suero. Cuando yo llegaba vestido de negro y todo, ella salía radiante y, así, más o menos 30 veces. Pero una vez -y conste que no fui yo el que descargó la batería- no arrancó el coche. Mi mamá no alcanzó a llegar y se murió en el trayecto. Mi hermana se azotaba y yo le decía:

    -Hermana, esto ya no era vida, agonías todos lo días, esto ya era un exceso.

Cuando fui a la funeraria –estuve cinco minutos en Gayosso, tan malnacido como soy, detesto ir a Gayosso, me encanta estar con los vivos, no sé qué le va uno a oler al muerto—, le llevé unas rosas y le dije:

    -Madre, ahí quedamos, entiendo que lo que hiciste como siempre me lo decías: “Es por tu bien y esta cachetada que te voy a dar algún día me la agradecerás –todavía no ha llegado ese día— porque lo estoy haciendo por tu bien”… y me soltaba unas...

Por otro lado, no creo haberme dispensado de vivir por los libros, es decir, no es mi caso como el de algunos seres que han escogido leer, por miedo a vivir; hay otros que se meten a la vida por miedo a la belleza, por miedo al conocimiento. Yo he ido y venido… cosa que siempre tuvo muy nerviosos a mis maestros porque decían:

    - Bueno, si éste sabe tantas cosas sobre Shakespeare o sobre Lope de Vega o sobre Sor Juana ¿por qué va al teatro Blanquita?, ¿qué va a buscar al teatro Blanquita o qué hace en el Tivoli oyendo Harapos?

A mí me gustaba oír Harapos y me gustaba leer a Shakespeare; me gustaba tener eso para lo que ni siquiera hay palabras en español, lo que se dice en inglés el street wise, la sabiduría de la calle. Me encantaba y me sigue encantando oír a la gente y ver qué se trae y oír sus argüendes, sus fabulaciones, sus mitos y sus historias.

Tengo que decir que si iba a la calle o iba a los libros, era para traer materiales para mi hermano mayor. Ahí empezó mi esquizofrenia. Yo le platicaba y me respondía, me respondía tratando de adivinar lo que él podía imaginar, de lo que yo le estaba contando. Por eso aprendí a dialogar, por eso me dicen: “Escríbete una escena”, y lo hago como si la tuviera ya en la cabeza. Me asusta que la gente no lo haga.

Adquirí dominio de la palabra, adquirí el dominio del diálogo, de hablar desde el otro preguntándome quién es el otro y qué quiere decir, imaginándomelo, suponiéndomelo. Aprendí también a mantener la tensión, porque mi hermano lo único que podía mover era una mano. Empezaba la narración y me apretaba la mano; si me empezaba a poner pesadito o muy intenso, me empezaba a soltar, y cuando ya era una güeva perfecta, me soltaba la mano. Empecé a aprender en qué momento me iba a soltar la mano y cambiaba de tema o decía un albur o decía esto o decía aquello y volvía a sentir el apretón. Hasta las novelas le quedaban chicas.

Cuando mi hermano ya estaba muy metido, había que añadirle capítulos al mismo Salgari y resucitar al Corsario Negro. Hace 53 años que yo leía eso y aquí está en mi cabeza; recuerdo exactamente cómo comienza El Corsario Negro con esa escena en la que están recargados en la borda: “Y allá en el castillo de proa está el Corsario Negro con una nube de preocupación que cruza por su mente...” –a mí eso de la nube de preocupación que cruzaba por su mente se me hacía poca madre, en la escuela me recargaba a ver si me pasaba una nube de preocupación por la mente...

Pero fíjense lo que son las dualidades de esta vida, la maldición (como le decía mi madre) de la enfermedad de mi hermano me dio el dominio de la palabra, me dio la lectura, me dio el diálogo, me dio el manejo de las tensiones. No me cuesta ningún trabajo hablar en público porque sigo hablando con mi hermano y siento otra vez cuándo me van a soltar la mano, a qué hora hay que cambiar, a qué hora hay que pasar a otro tema. Pero no es ninguna gracia: lo aprendí, lo entrené durante más de 20 años de mi vida. Cuando me dicen: “Escribe un artículo diario”, pues lo escribo, y me preguntan: “¿Y cómo le haces?” Respondo que sigo hablando con mi hermano. Mi columna se llama Gaceta del Ángel: mi hermano se llamaba Ángel Dehesa y era un enviado de Dios, me trajo todos esos dones y derramó oro sobre mi cabeza y me llevé tiempo en entenderlo.

Ahora me pregunto: ¿qué sería de mí sin esa terrible “maldición” que por los pecados de mi padre había caído sobre nuestra familia?
Cuando un médico me dijo: “Su mamá que piense lo que quiera, el problema de su hermano se llaman fórceps, para nacer le doblaron demasiado la cabeza, hubo un momento en que se quedó sin oxígeno el cerebro y ahí empezó todo el proceso de deterioro”. Pues el castigo resultó un premio para mí, por lo menos, prodigioso. Mi manera de estar en el mundo es un modo de agradecer la existencia de mi hermano. Para que vean que todo tiene en la economía de la vida un sentido.

No opto ni por literatura ni por la vida sino trato de ir y venir de la literatura a la vida, de hacerme mejor lector en la medida en que vivo mejor y vivo más, y de hacerme mejor vividor en la medida en que la lectura ilumina mi vida. Sí hay disputa en mí, pero no muy fuerte. Si estoy leyendo un libro y me está fascinando y aparece mi hijo que quiere platicar conmigo, no me cuesta trabajo cerrar el libro y oírlo. Eso sí lo he tenido que aprender: con los hijos más grandes fingía demencia, ni los daba por escuchados. Pero eso se aprende con los años. Ahora sí entiendo que esas intimaciones de la vida no las puede uno posponer.

- 1 de julio de 1944-2 de septiembre del 2010 -

Los Insomnes

Beatriz Guido
Los Insomnes (fragmento)

" Los Torrecillas los miraban sorprendidos. Los mayores se llamaban María Constelación, Mario Venus, Mario Autillos, y la causa de sus nombre estelares es bien obvia e indudablemente conformaron el santoral con María o Mario. La chicas, las niñas se llamaban Ángeles, Pandora. Asistían la mitad del año a la escuela diurna y después las echaban porque se quedaban dormidas en los lugares y oportunidades más insólitos: los recreos, los baños, al izar la bandera, durante las visitas de la inspectora; no hablemos de los exámenes. La noticia de la expulsión era recibida con gran felicidad porque las devolvía a la noche más lúcidas y frescas. O tal vez lo aceptaban como algo lógico y fatal: los habitantes de la noche tienen sus reglas invariables y no se puede pretender que sean regidos por las leyes de los demás. Constelación, la mayor de las chicas, crecía sin embargo con sabiduría y belleza. Mientras la madre, Isabel Torrecillas, practicaba el culto metodista –por el hecho que la iglesia Corrientes le quedaba cerca. Ella esperaba a su padre con chocolate caliente, entretenía a sus hermano y leía en el silencio de la noche mientras sus hermanos se dedicaban a responder por la radio las llamadas de “Una voz en el camino”. Constelación y Othus dirigían a los demás. No había mucho que corregir para escribir la verdad, porque la noche los mantenía lúcidos, apacibles. Sus juegos eran bien específicos: cacerías de ratas, quema de cucarachas o escalar balcones y cornisas. Presentir intempestivos infartos o los partos en el alba. Y, ¿por qué no?, los coitos fortuitos. Porque ellos se habían especializado en el oficio de espías: el espión, el chivato, aquél que horada paredes, desvirga cerraduras, escala inodoros para vigilar por claraboyas y mamparas las letrinas vecinas: el hamacarse entre canefas de bronce hasta poder respirar entre contenidas risas las no placenteras defecaciones o las largas e infinitas evacuaciones de los viejos vecinos. No sólo miraban las estrellas. Se asomaban a los techos vecinos de esa antigua casa de departamentos, con la inconciencia y la avidez de los niños por lo escatológico, donde el ángel se alimenta de excrementos".

La palabra rigurosa, la obra de Clarice Lispector

La palabra rigurosa... La obra de Clarice Lispector es una constante reflexión sobre el lenguaje y sobre todo, sobre los límites de la palabra. Volveremos repetidas veces sobre este tema pero vayamos ahora al concepto de rigor. La palabra de Clarice Lispector es rigurosa porque debe traducir con un medio limitado algo que es mucho más grande que el lenguaje. Debe traducir el misterio y lo que carece de nombre, debe expresar con términos racionales lo que la mirada percibió más allá, debe ser capaz de fijar el instante y el acto ínfimo que está en el origen de todo. Tenemos ya aquí algunos de los motivos recurrentes de su obra: la mirada, a la vez visionaria e implacable, la consagración del instante y la importancia de lo aparentemente banal. La propia Clarice expresó claramente este límite de la palabra y lo que tras él se encuentra: "La palabra tiene su terrible limite. Más allá de ese límite está el caos orgánico. Después del final de la palabra empieza el gran alarido eterno." 1 Ese gran alarido eterno es el que asoma entre sus páginas capturado por un lenguaje que ella quiso ..."escuálido y estructural como el resultado de escuadras, compases y agudos ángulos de estrecho enigmático triángulo." 2

Ahora bien, aunque hablar de Clarice Lispector es hablar del lenguaje, no pretendo hacer una disección crítica de su prosa, porque ella no lo quiso nunca. Nada más lejos de Clarice que la pedantería académica. De hecho siempre desconfió de los especialistas: "No entiendo de qué hablan, pero siento ese falso vanguardismo, lleno de modismos, frío, calculador, poco humano. La mejor crítica es la que entra en contacto con la obra del autor casi telepáticamente." 3 No pretendo tampoco afirmar que yo he entrado en ese contacto telepático con su obra, pero sí quisiera poder transmitir algo de mi apasionada fascinación por Clarice Lispector.

No puedo exponer ahora de forma mínimamente completa lo que ha sido la literatura brasileña de nuestro siglo pero unas referencias necesariamente breves nos permitirán comprender mejor la originalidad de Clarice Lispector en ese conjunto.

La literatura moderna en Brasil arranca de la Semana de Arte Moderno de São Paulo que en 1922 abrió las puertas a los movimientos de vanguardia. Ahora bien, la vanguardia brasileña no es mimética de la europea, es, como ellos mismos dicen "ANTROPÓFAGA", es decir, devora ritualmente las vanguardias europeas para interiorizarlas y mezclarlas con lo más profundamente autóctono del país.

Esta tendencia a potenciar lo diferencialmente brasileño, pero no la revolución del lenguaje literario, se extendió al amplísimo abanico de la narrativa regionalista y al realismo social que surgió durante el Estado Novo. Ambas corrientes, narrativa regionalista y narrativa social se desarrollaron durante los años 30 con un claro predominio del tema sobre la forma, valorizando con las técnicas realistas los diversos registros del habla cotidiana. En esta línea pueden encuadrarse los grandes nombres de la literatura brasileña de la época: José Lins do Rego, Graciliano Ramos y Jorge Amado, entre otros. En casi todos los casos -con la notable excepción de Rachel de Queiroz- se trata de una narrativa masculina y tropical en la que el clima, la naturaleza excesiva, las relaciones sociales en las fábricas y las plantaciones, el mosaico étnico y cultural del Brasil se constituyen en motivos esenciales. Durante un largo tiempo la narrativa, por otra parte magnífica, parece convertirse en la expresión literaria del gran clásico de la antropología brasileña, Casa Grande & Senzala, de Gilberto Freyre. Los intentos de renovación narrativa y lingüística de los vanguardistas Mário de Andrade y Oswald de Andrade en los años 20 parecían no tener continuación.

En 1943 y 1946, sin embargo, se rompe esta tendencia. En 1946 aparece Sagarana, de João Guimarães Rosa, una colección de cuentos que preludia brillantemente una de las obras más importantes de la literatura del siglo XX: Gran Sertón : Veredas (1956), actualización de la narrativa regionalista a través de la invención de un nuevo lenguaje. De nuevo la forma era fundamental para hacer que el texto no sea una mera copia de la realidad sino una nueva realidad transubstanciada por la palabra. Pero ya tres años antes una jovencísima Clarice Lispector había publicado Cerca del corazón salvaje, una novela insólita desde su título, tomado del Retrato de un artista adolescente de Joyce. Era un texto insólito porque era una novela psicológica, femenina y urbana, construída sobre el monólogo interior y de la que había prácticamente desaparecido la trama.

Ya desde su primera novela Clarice Lispector marcaba así lo que iba a ser el territorio de su originalidad en ese mundo masculino, rural y de naturaleza desmesurada dominada por un sol de justicia. Ella aportaría percepciones, no hechos, una mirada de mujer, una mirada urbana y una mirada contemporánea, o quizá mejor sin tiempo, puesta bajo el signo de la luna.

Una mirada de mujer, quizá también una escritura de mujer. Clarice Lispector hincó en el mundo su mirada de mujer inteligente -esta es una precisión necesaria- capaz de captar las mínimas sensaciones, los mínimos detalles y de saber que nada, por pequeño o banal que parezca, carece de importancia. El mundo de lo cotidiano, de lo sin historia, que ha sido durante siglos el mundo de la mujer, puede proporcionar innumerables sorpresas, basta con saber mirar y entender esos signos de una realidad subyacente. Las mujeres de Clarice pueden hablar en tono mayor, alcanzar el fondo de todos los pozos, pero van a la compra, componen fruteros, llaman al fontanero y dominan también todos los resortes del tono menor. Ellas son hermeneutas de una divinidad nocturna y lunar: "Pero de la luna no tenía miedo, porque era más lunar que solar y veía con los ojos bien abiertos en las madrugadas tan oscuras la luna siniestra en el cielo. Entonces se bañaba toda ella en los rayos lunares, así como había quienes tomaban baños de sol. Y quedaba profundamente límpida." 4

Olga Borelli cuenta una anécdota de Clarice Lispector con la que creo que todas las mujeres podemos identificarnos. Clarice se ocupaba de su casa habitualmente pero cuando la presión de la cotidianidad, de esos mil y un pequeños trabajos y distracciones era demasiado grande desaparecía y se encerraba tres o cuatro días en un hotel. Pero para esa fuga es preciso ser libre, es decir estar sola, como la protagonista de La pasión según G.H. : "Quién sabe quizá esa actitud o falta de actitud proceda de que yo, al no haber tenido nunca marido ni hijos, no he necesitado mantener ni romper grilletes: yo era continuamente libre. Ser continuamente libre también era ayudado por mi naturaleza que es fácil: como, bebo y duermo fácilmente. Y también, naturalmente, mi libertad venía de que era económicamente independiente." 5

¿Hay alguna relación espiritual o literaria entre Virginia Woolf y Clarice Lispector? Entre muchas otras posibles esa capacidad para hacer que un acontecimiento exterior trivial desencadene ideas y sensaciones que abandonan rápidamente lo inmediato. En la obra de Clarice Lispector la conciencia desdichada aflora en sus personajes a partir de un incidente anodino. A partir de entonces el que ha sido iluminado vivirá su drama existencial. El instante actúa como desencadenante del descubrimiento del absurdo. Es el punto de partida, como veremos, de La Pasión según G.H. y también de muchas otras obras, como el cuento "Desesperación y desenlace a las tres de la tarde" en que el señor J.B. -llamo la atención entre paréntesis para el uso de las iniciales como despersonalización en toda la narrativa de Clarice Lispector- un frío y correcto burgués que nada pedía y nada daba 6 vivirá la agonía de sus propias convicciones y de su propio orgullo al recorrer un vía crucis de humillaciones iniciado por un "acontecimiento" muy simple: se marea en el autobús a las tres de la tarde y acabará innoblemente, vomitando en un bar y perdiendo su carné de identidad, o quizá su misma identidad, en su propio vómito. Sólo después de esta absoluta humilación social podrá empezar a construir un nuevo yo libre.

La introspección a partir de la conciencia de la propia soledad es constante en estos textos. La conciencia humana -conciencia de infelicidad- encontrará su contrapunto en la sólida plenitud de los objetos y de los animales. Recordemos de pasada la importancia de éstos en la obra de Clarice Lispector, las gallinas y caballos de sus cuentos, los conejos y peces de sus libros infantiles, la cucaracha de La Pasión según G.H., etc.

A lo largo de toda su obra encontramos el análisis de esos momentos interiores que acaban poniendo en crisis la subjetividad. Pero la obra de Clarice Lispector, con la excepción de su primera novela, no es - o no lo es únicamente- literatura psicológica : La 'psicología' nunca me ha interesado. La mirada psicológica me impacientaba y me impacienta, es un instrumento que sólo traspasa. 7. Con el tiempo se producirá un cambio fundamental: el salto de lo psicológico a lo metafísico, del análisis del mecanismo mental -tarea de relojero- al análisis de la razón metafísica de la existencia de ese yo.

Este análisis es, como decíamos, inseparable de la reflexión sobre el lenguaje. Escribir es una forma de salvación y también una condena: "Yo escribo y así me libro de mí y puedo entonces descansar." 8 Porque escribir es peligroso, es entrar en contacto con otra realidad y ser su vehículo -recordemos los "caballos de los dioses", los posesos de las reuniones de macumba-: "Tengo miedo de escribir, es tan peligroso. Quien lo ha intentado, lo sabe. Peligro de revolver en lo oculto - y el mundo no va a la deriva, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que colocarme en el vacío." 9 Colocarse en el vacío a partir de la intuición. Escribir no es un proceso intelectual para Clarice Lispector aunque el resultado sea una prosa altamente intelectualizada.

Y siempre la lucha entre la necesidad de expresión y la tentación del silencio, tan fuerte en todas sus obras. Sabemos muy bien que la mística es inefable, pero también el lenguaje, después de un cierto límite, entra en el reino de lo sin nombre. La escritura es una vivencia religiosa, una pasión casi sacrílega como la "comunión" de G.H., porque intenta retener lo fugitivo, fijar lo inaprensible. Las palabras deben ser capaces de congelar aquel instante al que se pueda decir -como en el deseo de Fausto- "¡Detente, eres tan bello!". Para llegar a esto es prescindible un rigor extremo: "Y si tengo que usar palabras, tienen que tener un sentido casi corpóreo (...) palabras hechas de los instantes-ya (...) Quiero como poder coger con la mano la palabra."10
Es preciso, pues, crear una escritura que pueda fundir en palabras la iluminación del instante, una escritura fragmentaria, en que ninguna metáfora-cliché puede sobrevivir, porque sólo la imagen virgen, la asociación más insólita, la palabra que ha sido vaciada de todo su sentido anterior, de su servidumbre de la realidad aparente, puede alcanzar la consagración del instante. Pero no es posible inventar lo que no existe. El trabajo debe ser hecho con el lenguaje que tenemos, Clarice Lispector no crea palabras nuevas, retuerce las ya existentes hasta el límite de sus posibilidades: "Hay muchas cosas por decir que no sé cómo decir. Faltan las palabras. Pero me niego a inventar otras nuevas: las que existen deben decir lo que se consigue decir y lo que está prohibido." 11
Este debate sobre los límites de la palabra evoluciona en las últimas obras de Clarice Lispector -La hora de la estrella y Un soplo de vida -pulsaciones- hacia un debate sobre el fracaso del lenguaje. En Aprendizaje, novela de 1969 aún leemos una consideración optimista: "Nosotros los que escribimos, apresamos en la palabra humana, escrita o hablada, un gran misterio que no quiero revelar con mi raciocinio porque es frío." 12. En 1977, el año de su muerte, escribe en Un soplo de vida: "Yo quisiera escribir un libro ¿Pero dónde están las palabras? Se han agotado los significados. Como sordos y mudos nos comunicamos con las manos." 13 y en La hora de la estrella -también 1977- el pesimismo es aún mayor: "Estoy absolutamente cansado de la literatura; sólo la mudez me hace compañía. Si todavía escribo, es porque no tengo nada más que hacer en el mundo mientras espero la muerte. La búsqueda de la palabra en la oscuridad." 14
Pero ¿quién fue esta mujer que sostuvo tan dura lucha con las palabras? Clarice Lispector, hija de judíos rusos, nació en Tchetchelnik (Ucrania), en 1925, cuando sus padres ya habían decidido emigrar. Con dos meses llegó a Alagoas y jamás admitió otra patria que el Brasil. Poco tiempo después la familia se transladó a Recife y a partir de 1937 siguió estudiando en Río. En 1943, durante sus estudios de derecho, se casó con el diplomático Maury Gurgel Valente, tuvo dos hijos y se separó en 1959. Entre 1944 y 1960 vivió largas temporadas en el extranjero, Nápoles, Berna y E.E.U.U. Durante toda su vida mantuvo su contacto con la prensa iniciado en 1941 en la Agencia Nacional. Un cáncer terminó con su vida en 1977, tenía 52 años.

¿Cómo era Clarice Lispector?, "una mujer tímida y altiva, más solitaria que independiente" afirma Benedito Nunes 15. En todo caso una mujer que no vivió en ninguna torre de marfil ni perdió nunca contacto con la realidad. Olga Borelli recoge el siguiente programa de vida de Clarice: "Nací para amar a los demás, nací para escribir y para criar a mis hijos. Amar a los demás es tan vasto que incluye incluso perdón para mí misma, con lo que sobra. Amar a los demás es la única salvación individual que conozco: nadie estará perdido si da amor y a veces recibe amor a cambio" 16. Posiblemente ahí esté el núcleo, aunque una inteligencia pudorosa pudo frenar su exteriorización. Sin embargo yo iría a buscar a Clarice Lispector en la plegaria de Lori, la protagonista de Aprendizaje: "Alivia mi alma, haz que sienta que Tu mano está cogida de la mía, haz que sienta que la muerte no existe porque ya estamos en verdad en la eternidad, haz que sienta que amar no es morir, que la entrega de sí mismo no significa la muerte, haz que sienta una alegría modesta y diaria, haz que no te indague demasiado, porque la respuesta sería tan misteriosa como la pregunta (...) bendíceme para que viva con alegría el pan que como, el sueño que duermo, haz que tenga caridad hacia mí misma pues si no, no podré sentir que Dios me amó, haz que pierda el pudor de desear que en la hora de mi muerte haya una mano humana para apretar la mía (...)" 17

Pasemos ya en el último tramo de esta exposición con el comentario de algunas de sus obras. De entre la vasta producción de Clarice Lispector -crónicas periodísticas, novelas, cuentos, literatura infantil- seleccionaré tres novelas: La pasión según G.H. (1964), Aprendizaje o el libro de los placeres (1969) y La hora de la estrella (1977), las tres traducidas al castellano. Soy evidentemente consciente de que dejo por el camino los magníficos cuentos de Lazos de familia (1960) y ¿Dónde estuviste de noche? (1974), las 13 historias eróticas de Via Crucis del cuerpo (1974) o novelas como La manzana en lo oscuro, junto con tantas otras páginas importantes.
La pasión según G.H., publicada en 1964 tras un largo silencio de su autora, fue una verdadera sacudida espiritual en el contexto de la literatura brasileña. Novela abierta, sin etapas, sin más argumento que el acto ínfimo en torno al cual se opera la educación existencial del personaje, La pasión... es un entrecortado y jadeante monólogo interior.

G.H. la protagonista (una vez más reencontramos el anonimato de la inicial ¿no les recuerda la agrupación de letras en una agenda GH - IJ etc.?) es una mujer independiente, escultora amateur, que frecuenta los círculos artísticos de la ciudad y vive sola en un ático "de semilujo". Al inicio del libro encontramos seis guiones y una expresión de angustia "Estoy procurando, estoy procurando, estoy intentando entender" 18. Lo que debe ser entendido es su experiencia del día anterior: Ayer perdí durante horas y horas el montaje humano" 19. La narración en primera persona alternará con un tú, interlocutor imaginario encargado de sostener su mano durante el proceso de la narración de este descenso a los infiernos. Como hemos visto antes, dar la mano es un gesto esencial para Clarice Lispector. Es el gesto de lo humano, de la solidaridad ante el vacío (Dar la mano a alguien siempre fue lo que esperé de la alegría) 20. Cogida de una mano humana, G.H. rememora su vía iluminativa, pues se trata en el fondo de una experiencia mística.

Esta mujer social, acomodada, tiene un día la idea de ir al cuarto de la criada, que se despidió poco antes, para comprobar que todo está en orden y prepararlo para la próxima empleada. Al fondo del corredor, ya en otra realidad, G.H. descubre la existencia en su casa de un espacio que no le pertenece. Sin plantas, sin la dulce penumbra que ella cultiva, el cuarto de la criada es un desierto batido por el sol que ha resecado el colchón y las maderas. Como en toda experiencia ascético-mística se repetirán las alusiones a lo yermo, al desierto como expresión física del despojamiento. Y entonces SUCEDE: de la puerta entreabierta del armario surge una enorme cucaracha. Ante ella el horror se apodera de esta mujer civilizada que no está acostumbrada a enfrentarse a las formas más primarias y resistentes de vida. La reacción es inmediata, cierra violentamente la puerta del armario, pero no mata del todo al animal, sino que la cucaracha sigue viva pero con medio cuerpo aprisionado por la puerta. Entonces empezará la mirada. Durante horas el insecto preso y la mujer hipnotizada por él se mirarán en silencio. Otra vez la mirada y lo que tras ella se esconde como motivo de la obra de Clarice Lispector: "Santa María, madre de Dios, ofrezco mi vida a cambio de que no sea verdad aquel momento de ayer. La cucaracha con la materia blanca me miraba. No sé si me veía. No sé lo que ve una cucaracha. Pero ella y yo nos mirábamos y tampoco sé lo que una mujer ve. Pero si sus ojos no me veían su existencia me existía - en el mundo primario donde yo había entrado, los seres existen a los otros como forma de verse. Y en ese mundo que yo estaba conociendo, hay varias formas que significan ver: uno mira al otro sin verlo, uno posee al otro, uno come al otro, uno está sólo en un rincón y el otro está allí también: todo eso también significa ver. La cucaracha no me miraba con los ojos sino con el cuerpo." 21
G.H. se enfrentará a la materia prima de la vida -a lo neutro vivo- y descubrirá en ella su propia esencia más allá del disfraz humano: "Lo que yo veía era la vida mirándome. Cómo llamar de otro modo a aquello horrible y crudo, materia prima y plasma seco, que estaba allí, mientras yo retrocedía hacia dentro de mí en naúsea seca, yo cayendo siglos y siglos en el lodo -era lodo y ni siquiera lodo ya seco sino lodo aún húmedo y aún vivo, era un lodo donde se movían con lentitud insoportable las raíces de mi identidad" 22. En un paroxismo de la introspección que no tiene nada que ver con la mirada psicológica y sí con la angustia metafísica G.H. perderá el espacio y el tiempo -incluso el lenguaje- y en un crescendo lleno de referencias bíblicas y místicas se adentrará en la nada de no ser humano para ser simplemente vida cruda. Llegará así a la máxima expiación, a la comunión con esta esencia vital, cuando, al comer la cucaracha, el yo individual se funda en el todo. Según señala Alfredo Bosi de la misma forma que Ágape, el amor-caridad cristiano se eleva a la comprensión al tocar lo humilde, el objeto-naúsea, G.H., hasta entonces educada en el Eros que sólo ama lo bello, debe bajar a la sima de lo repugnante para saber que no hay un Yo opuesto al Mundo sino un Ser único al que todos pertenecen.23
En 1969 Clarice Lispector escribe otra novela muy distinta: Aprendizaje o El libro de los placeres. Esta vez se trata de una historia de amor, de un aprendizaje de la alegría de la vida a través del cual los protagonistas llegarán a hacerse dignos uno del otro. Sólo así Lori y Ulises (no puedo detenerme en ello, pero tampoco pasar por alto la onomástica simbólica: Lorelei, la sirena, Ulises el navegante, y la transgresión de los roles clásicos en esta novela) podrán alcanzar un amor que roce lo esencial, que no esté sujeto a los miedos y autodefensas: "Yo podría tenerte con mi cuerpo y con mi alma. Esperaré aunque sea años a que tú también tengas cuerpo-alma para amar (...) Mira a todos a tu alrededor y ve lo que hemos hecho de nosotros y de eso considerado como victoria nuestra de cada día. No hemos amado por encima de todas las cosas. No hemos aceptado lo que no se entiende porque no queremos pasar por tontos (...) No tenemos ninguna alegría que no haya sido catalogada (...) Hemos tratado de salvarnos, pero sin usar la palabra salvación para no avergonzarnos de ser inocentes (...) Hemos disfrazado con el pequeño miedo el gran miedo mayor y por eso nunca hablamos de lo que realmente importa (...) Hemos sonreído en público de lo que no sonreiríamos cuando nos quedásemos solos (...) Nos hemos temido el uno al otro, por encima de todo. (...) Pero yo escapé de eso, Lori, escapé con la ferocidad con que se escapa de la peste, Lori, y esperaré hasta que tú estés más preparada." 24
Tenemos esta vez -frente al yo de G.H.- un texto en tercera persona, experimental desde el abrupto comienzo : , estando tan ocupada, había vuelto de hacer la compra (...), hasta el abrupto final: "-Pienso -interrumpió el hombre- y su voz era lenta y sofocada porque estaba sufriendo de vida y de amor-, pienso lo siguiente:"
El lenguaje de Clarice alcanza ahora su máxima nitidez. Alterna elementos perfectamente prosaicos: "había hecho varias llamadas de teléfono haciendo algunos recados, incluso una dificilísima para llamar al fontanero" 25, con pequeños trucos de la tradición femenina : "Dio un salto fuera de la cama, pero femeninamente dejó como siempre sonar el teléfono algunas veces más para no demostrar avidez, en el caso de que fuera Ulises." 26, con frases como sentencias que cortan el aliento: "...un día será el mundo con su impersonalidad soberbia contra mi extrema individualidad de persona, pero seremos uno solo." 27. - "Conmigo hablará toda tu alma, aún en silencio" 28 y con momentos de extrema depuración lírica, como la descripción del baño de Lori a las cinco de la mañana, en la playa, en busca de sí misma y del valor: "Avanzando, abre las aguas del mundo por la mitad. Ya no necesita coraje, ahora ya es vieja en el ritual recuperado que había abandonado hacía milenios. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale toda goteando sobre los ojos salados que arden, juega con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol se están casi inmediatamente endureciendo con la sal (...) Se zambulle nuevamente, nuevamente bebe más agua, ahora sin avidez pues ya conoce y ya tiene un ritmo de vida en el mar. Es la amante que no teme pues sabe que lo tendrá todo nuevamente." 29
Y dominando todo el texto, el tema capital de Clarice Lispector, el silencio, misterio puro que el hombre habita lleno de miedo intentando llenarlo con ruídos para no tener que oír el propio yo. Pero hay quien ama ese silencio como una religión: "Hay una masonería del silencio que consiste en no hablar de él y adorarlo sin palabras." 30 Hay unas páginas prodigiosas sobre el silencio en Aprendizaje. Después Clarice las convirtió en un breve cuento llamado "Silencio": "(...) Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aún el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta -cómo ardemos por ser llamados a responder-, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento. Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio. (...)" 31
Y ya para terminar La hora de la estrella, publicada en 1977, pocos meses antes de la muerte de Clarice Lispector. Esta última novela es un libro muy sorprendente. Para empezar es una narración con inicio y fin, para continuar es pura literatura de cordel, un verdadero folletín, y para terminar no es una sino tres historias. Veamos, primera historia, la de la nordestina que es su protagonista. Segunda historia, la del dolor de muelas y progresiva implicación en la historia de Rodrigo S. M., el narrador, máscara masculina de Clarice, justificado así por la autora:"Otro escritor sí, pero tendría que ser hombre, porque una mujer escritora puede lagrimear tonterías" 32. Tercera historia, la del propio proceso narrativo. Pero por encima de todo la presencia de Clarice, de Clarice ya enferma -la muerte sobrevuela sin aspavientos todo el libro- la autora indiscutible del texto y sobre todo de la dedicatoria, una pequeña obra maestra en sí misma que me recuerda los poemas de Los Conjurados cuando también Borges sabía que se acercaba su muerte.
Nos encontramos con la historia de una vida insignificante, la de Macabea, una campesina nordestina reciclada en oficinista en Río. En la vida mísera de Macabea sólo un gran suceso: una adivina le vaticina que al salir de la consulta su vida cambiará por completo, conocerá a un extranjero rubio y rico (todos los extranjeros son rubios y ricos en el imaginario popular del Brasil) llamado Hans para mayor precisión, que se casará con ella y la tratará como a una reina. ¡Eso es un destino feliz y no el de la chica que salió antes, que iba a ser atropellada por un coche! "ahora ve a encontrarte con tu maravilloso destino" 33 le dice la adivina. Cuando sale es atropellada por un impresionante Mercedes amarillo que ni siquiera se detiene y Macabea muere después de pronunciar una última frase que nadie comprende: "En cuanto al futuro" 34
Un tremendo folletín, pues, que sería la base ideal para una novela llena de lágrimas sobre las injusticias del destino. Pero lo fascinante es que Clarice Lispector construye sobre esta base un libro riguroso y frío en que los sentimientos -de tan congelados- provocan quemaduras: "Ya he avisado que era literatura de cordel aunque me niegue a mostrar la menor piedad" 35, nos advierte.
Efectivamente no hay la forma común de piedad, hay mucho más. Encontramos de nuevo uno de los motivos nucleares de la obra de Clarice Lispector: el absurdo existencial que sólo es rescatado por los pequeños placeres que todos los seres, incluso esta Macabea -tan vegetal, tan raíz- intentan procurarse para pactar con el vacío.
Veamos un poco la historia de Macabea hasta que su destino se cruzó con el Mercedes. Esta historia hubiera podido tener otros doce títulos, que serían a su vez doce formas de leer el texto: "La culpa es mía .- Que ella se apañe .- El derecho al grito .- En cuanto al futuro .- Lamento de un blue .- Ella no sabe gritar.- Una sensación de pérdida .- Silbido en el viento oscuro .- Yo no puedo hacer nada .- Registro de los hechos precedentes .- Historia lacrimógena de cordel .- Salida discreta por la puerta del fondo."
Personalmente elijo Ella no sabe gritar. Porque Macabea no sabe siquiera que puede gritar, no sabe que tiene derechos, no sabe que la Convención decretó en 1792 que el ciudadano tiene derecho a la felicidad. Como Macabea no sabe gritar, gritará por ella el narrador : "Es mi deber, aunque sea de arte menor, revelar su vida. porque tiene derecho al grito. Entonces yo grito." 36. Pero no nos engañemos, Macabea no tiene cualidades de heroína, es vulgar, fea, inculta, incompetente para la vida: La persona de quien voy a hablar es tan tonta que a veces sonríe a los demás en la calle. Nadie responde a su sonrisa porque ni la miran." 37

Macabea es, efectivamente, incompetente para la vida social porque la vida de Macabea es la vida de lo neutro vivo. Macabea es insignificante, especialmente anónima. Repetidamente Clarice-Rodrigo insiste en la invisibilidad de Macabea. En una ocasión con una metáfora fascinante: "Nadie la miraba en la calle, ella era café frío" 38 Para un brasileño esta es la imagen de lo que nadie quiere. Lo prosaico es en Clarice Lispector un arma poderosa.

Un día Macabea conoce a un hombre, nordestino como ella, y él pasa a ocupar en la jerarquía de sus placeres el lugar anteriormente otorgado al dulce de guayaba con queso. La primera conversación marcará el tono de su amor :

"-Disculpe, señorita ¿puedo invitarla a pasear?

-Sí -respondió atolondrada, deprisa, antes de que él cambiara de idea.

-Si me permite, ¿cuál es su nombre?

-Macabea

-Maca ¿qué?

-Bea -se vio obligada a completar

-Disculpe pero parece el nombre de una enfermedad , de una enfermedad -de la piel.

(...)

Los dos ignoraban cómo se pasea. Caminaron bajo la lluvia densa y se detuvieron delante del escaparate de una ferretería donde había expuestos caños, latas, tornillos grandes y clavos.

Macabea , temerosa de que el silencio ya significase una ruptura, dijo al recién-enamorado:

-A mí me gustan mucho los tornillos y los clavos, ¿y a usted?" 39

La relación continúa durante un tiempo al son de conversaciones como la siguiente :


Él: -Pues sí.

Ella: -¿Pues sí, qué?

Él: -¡Yo dije pues sí!

Ella: -¿Pero "pues sí" qué?

Él: -Mejor cambiemos de conversación, porque tú no me entiendes.

Ella: -¿Entender qué?

Él -¡Virgen santa! ¡Macabea, vamos a cambiar de tema ahora mismo!

Ella: -¿Y de qué hablamos?

Él : -De ti, por ejemplo.

Ella: -¡¿De mí?!

Él: -¿Por qué tanto susto? ¿Tú no eres gente? La gente habla de la gente.

Ella: Disculpa, pero no me parece que yo sea muy gente.

Él: -¡Pero si todo el mundo es gente, Dios mío!

Ella: -Yo no me he habituado.

Él: - ¿No te has habituado a qué?

Ella: -Ah, no sé explicarme.

Él: - ¿Entonces?

Ella: -¿Entonces qué?

Él : -Oye, yo me largo, porque tú eres imposible.

Ella: -Es que sólo sé ser imposible, no sé otra cosa. ¿Qué puedo hacer para lograr ser posible?

Él: - ¡Deja de hablar, que sólo dices estupideces! Di lo que quieras.

(...) 40

El diálogo llega al surrealismo por la mezcla de la exagerada vulgaridad y de la trascendencia involuntaria. Macabea es incómoda porque pregunta como un niño, pregunta aquello que no se debe preguntar porque carece de respuesta, pregunta el sentido de las expresiones hechas, de las fórmulas banales que los adultos hemos convenido para disfrazar la soledad. Macabea no tiene piedad para con el pobre edificio del yo metalúrgico de Olímpico, por eso él la dejará por Gloria, su compañera de oficina, tras consolarla con una frase sublime: "Ante la cara un poco demasiado inexpresiva de Macabea, él hasta procuró decirle alguna gentileza que suavizara la hora del adiós para siempre. al despedirse le dijo:

-Tú, Macabea, eres un pelo en la sopa. no te dan ganas de comer. Discúlpame si te he ofendido, pero soy sincero ¿Estás ofendida? " 41
Sólo Rodrigo S.M, su cronista, ama a Macabea, muy a pesar suyo:
"Sí, estoy enamorado de Macabea, mi querida Maca, enamorado de su fealdad y de su anonimato total, pues ella no existe para nadie (...) Yo quisiera que ella abriese la boca para decir:

- Estoy sola en el mundo y no creo en nadie, todos mienten, a veces hasta en la hora del amor, yo no veo que una persona hable con otra, la verdad sólo me llega cuando estoy sola." 42
¿Le llegó la verdad a Macabea cuando fue a la adivina tan contenta porque "por primera vez iba a tener un destino"? 43 ¿Estaría la verdad en ese En cuanto al futuroque nadie entendió? Rodrigo S.M. tiene su opinión: "¿Cuál fue la verdad de mi Maca? Basta descubrir la verdad para que ya no exista: pasó el momento. Pregunto ¿qué existe? Respuesta; no existe." 44
Una vez más la consagración del instante y una vez más la reflexión sobre el lenguaje y sobre el proceso de creación: "No, no es fácil escribir. Es duro como partir rocas. Pero saltan chispas y astillas como aceros pulidos". 45 Así son las palabras, las imágenes de Clarice Lispector, astillas de acero pulido, de firme contorno e insondable profundidad. Palabras rigurosas, porque el adorno destruiría el poder de convocar el misterio, de congelar el instante: "Escribo muy simple y muy desnudo. Por eso hiere" 46. Tras esto sólo el silencio.

Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre.

CITAS:

Olga BORELLI: "Liminar", en : Clarice Lispector, A Paixão segundo G. H. (Ed. crítica, Coord. Benedito Nunes), Coleção Arquivos, Editora de Univ. de Florianópolis, 1988, p. XXIII

Clarice LISPECTOR: "Un soplo de vida-Pulsaciones" (fragmento), EL PASEANTE nº 11, Siruela, Madrid, 1988, p. 48
Olga BORELLI: op. cit. , p.XXIII
Clarice LISPECTOR: Aprendizaje o El libro de los placeres, Siruela, Madrid, 1989, p.31
Clarice LISPECTOR: A Paixão segundo G.H. (op. cit.) p. 20
Clarice LISPECTOR: Desespero e desenlace às três da tarde, COLÓQUIO-LETRAS nº 25, Maio 1975, Lisboa, p.50
Clarice LISPECTOR: A Paixão segundo G.H. (op. cit.) p. 18
Clarice LISPECTOR: "Un soplo de vida -Pulsaciones" (op. cit.) p.50
Ibidem, p. 47
Citado por Álvaro Manuel Machado en "Clarice Lispector" (Temas portugueses e brasileiros) Instituto de Cultura e Língua Portuguesa, Lisboa, 1992, p. 187
Clarice LISPECTOR: Água Viva, Editora Nova Fronteira, Rio de Janeiro, 1979 10, p.29
Clarice LISPECTOR: Aprendizaje o El libro de los placeres (op. cit.), p. 83
Clarice LISPECTOR: "Un soplo de vida-Pulsaciones" (op. cit.), p. 47
Clarice LISPECTOR: La hora de la estrella, Siruela, Madrid, 1989, p. 66
Benedito NUNES: "Clarice Lispector ou o naufrágio da introspecção", COLÓQUIO-LETRAS, nº 70, Lisboa, Nov. 1982, p.13
Olga BORELLI: op. cit., p. XXII
Clarice LISPECTOR: Aprendizaje o El libro de los placeres (op. cit), p.50
Clarice LISPECTOR: A Paixão segundo G.H. (op. cit.) p.9

In Memoriam-Raimon Panikkar

Entre la ley y la conciencia
Raimon Panikkar era el hombre que dominaba el catalán, el castellano, el francés, el italiano, el alemán, el inglés, el hindi, más el latín, el griego clásico, el sánscrito y el hebreo. Era el hombre de los tres doctorados (Química, Filosofía y Teología), de los cinco doctorados honoris causa, de una cincuentena de alumnos de todo el mundo que han escrito su tesis doctoral sobre la obra panikkariana, el catedrático de Benarés, de Harvard y de Santa Bàrbara. Pero Panikkar se sentía incompleto si quedaba reducido a la figura de uno de los más importantes filósofos y teólogos contemporáneos. Lo que Panikkar quería era ver las caras de la gente porque aspiraba a hablar al corazón de las personas. Panikkar fue un activo practicante del libro del Eclesiástico: «Sedúcete a ti mismo, y anima tu corazón, y aleja de ti la tristeza. Que la tristeza ha sido la perdición de muchos, y no hace ningún provecho». Panikkar se ha seducido, nos sedujo, y nos enseñó a huir del miedo: «El miedo es la falta de confianza en uno mismo», decía.La de Panikkar era una sonrisa exigente. «Si usted no es feliz, pregúntese por qué», e insistía: «¿Acaso no sabe que se va a morir? ¿A qué viene tanta desesperación?»

El cliché de Panikkar lo retrata como un puente entre Oriente y Occidente. Todo el mundo lo ha enmarcado entre dos polaridades: este y oeste, cristianismo e hinduismo, el Tíber o el Ganges, la India o Estados Unidos.

Pero si nos imaginamos Oriente y Occidente como las orillas de un río, Panikkar no ha sido el puente, sino el río que vive con las aportaciones que le llegan desde las dos orillas.

No es Oriente por un lado u Occidente por otro, sino Oriente y Occidente a la vez. Panikkar, amante de la música clásica, no soportaba el ruido ni las prisas ni el trabajo mal hecho. Ni la supremacía de la ciencia en detrimento del espíritu. Se negaba a aceptar que el hombre fuese solo un mono desarrollado: «Tenemos un pensamiento histórico, lineal, racional y científico, falto del misticismo y el simbolismo orientales. Y la realidad es también histórica, pero no solamente».

Pero es que además, la verdadera dicotomía en la vida de Panikkar no ha sido entre Oriente y Occidente, sino entre Roma y el Evangelio, o entre la ley y la conciencia, teniendo en cuenta que el cumplimiento estricto de la ley le reportó comodidades y seguridades y que el seguimiento de la conciencia le excluyó del juego del poder.

Porque esta es otra dicotomía desconocida de Panikkar: poder o autoridad. Panikkar siempre prefirió la segunda.

La de Raimon Panikkar es la improbable historia de alguien que ha guardado la libertad de pensar y de actuar. Panikkar se complace en la parábola del hombre que escandalizaba a todo el mundo trabajando en sábado, y a quien Jesús dice en la traducción griega de la Biblia: «Feliz tú hombre, si sabes lo que haces, porque si lo sabes, estás perdonado, y si no lo sabes, la misma ley que ignoras te ha condenado».

91 años han dado para construir una vida muy plena, también llena de contradicciones y errores que se hicieron especialmente dolorosos de soportar a la luz de su autoexigencia en los últimos años de vida. Raimon Panikkar se apagó definitivamente ayer, hacia las seis de la tarde, en presencia de Carme, la vecina de Tavertet que se ocupaba de él solícitamente a todas horas hacía años.

Mirada en Fuga: A propósito de Las babas del diablo, de Julio Cortázar

El presente texto surge de la extraña inquietud que produce la lectura del famoso texto de Julio Cortázar Las babas del diablo. Su propósito es hacer una reflexión en torno al lenguaje, la mirada, la imagen y la irreductibilidad de uno en otro, para concluir que pese a ser imposible la transliteración de la imagen en palabras, Julio Cortázar lo logra en su cuento.


“Al principio nada fue./ Sólo la tela blanca/ y en la tela blanca, nada.../
Por todo el aire clamaba,/muda, enorme,/ la ansiedad de la mirada."
Pedro Salinas

 Odiseo, cautivo con todos sus hombres en la cueva del ciclope Polifemo, le solicita los dones de la hospitalidad y este en respuesta a la petición se come a dos de sus hombres de un solo golpe de mandíbula. Odiseo, entonces, decide otorgarle, él si, dos dones, la ceguera y la mirada.

Odiseo desaparece en el lenguaje cuando dice a Polifemo: mi nombre es Nadie (Ouitis); y Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros [1]. Para reaparecer en las tinieblas, cuando luego de cegar a Polifemo y escapando en el ponto le grita: ¡Cíclope! Si alguno de de los mortales hombres te pregunta por la causa de tu vergonzosa ceguera, dile que quien te privó del ojo fue Odiseo, el asolador de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Ítaca. Polifemo comprendió entonces, que había presenciado el cumplimiento del antiguo pronóstico, sin reconocerlo.

Ver es un proceso fisiológico en el que interviene el ojo en relación con la luz. Mirar en cambio es un acto sicológico y racional en el que intervienen no solo el ojo sino todos los sentidos. La mirada es una significación y las más de las veces, una resignificación del mundo. La mirada es nuestro modo de apropiación del mundo, es nuestra devolución significante.

En esa medida la imagen es correlato de la mirada. Ontológicamente la imagen no puede ser sin la mirada. Su ocurrencia está supeditada al testigo, a su percepción. Para la imagen también cabria esta pregunta: sí en un bosque vacío un árbol cae, ¿hace ruido?

Además de su relación co dependiente con la mirada, la imagen ha mantenido una relación intima con la muerte. Etimológicamente, la palabra proviene del latín Imago, nombre que se le daba a la máscara que en los rituales funerarios romanos se hacía del emperador con la idea de que su hálito se le transfiriera. Generalmente era una máscara, pero en otras ocasiones era una réplica de su cuerpo, una suerte de “doble” que haría perdurar el cuerpo inerte que pronto desaparecería en el fuego.

En los griegos la palabra que cumplía este propósito era eídolon, que designaba al fantasma, a la sombra, al “doble” del hombre, aunque, al igual que la Imago, en sentido extenso servía para denominar cualquier imagen, tanto la reflejada en un espejo como la imagen mental o la aparición onírica o fantasmal. En los poemas homéricos se usa en varias ocasiones de modo específico para designar a los muertos del inframundo (eídola kamónton, “imágenes de los muertos”) [2].

La relación de la imagen con lo fantasmal, con lo espectral, con la muerte, es ancestral, pero se hace más patente cuanto más realista sea la imagen. Quizá por esto la fotografía ha producido tanta inquietud al espíritu del hombre, quizá por ello Barthes diría, a propósito de los cuerpos fotografiados por Avedon, que “son en cierto sentido cadáveres, pero esos cadáveres tienen ojos vivos que nos miran y que piensan” [3].

La fotografía tiene la virtud que perseguía el hombre antiguo con la Imago. En ella habita algo del sujeto u objeto fotografiado, a ella se transfiere algo que le pertenece al sujeto-objeto y en ocasiones también revela algo que se nos ha negado a la visión, algo que no habríamos podido ver si no por vía de la detención del tiempo, por la captura del instante que es la fotografía, o en palabras de Benjamin:

“La técnica más exacta puede dar a sus productos un valor mágico que nunca poseerá para nosotros porque la naturaleza que habla a la cámara es distinta de la que habla a los ojos; distinta sobre todo porque un espacio elaborado inconcientemente aparece en lugar de un espacio que el hombre ha elaborado con conciencia” [4].

La fotografía es actualización del pasado y en esa medida es la posibilidad de hacer presente lo que ya no está. La posibilidad que tiene de ser lo que ya no es. En la fotografía está el tiempo como potencia porque supone siempre un antes y un después, y por esa vía remite siempre a un algo por fuera de sí misma, el tiempo. En la fotografía el movimiento siempre está a punto de darse o de desbordarse, pero nunca se da, y esa calidad es la que nos permite pensar la fotografía como cercana, próxima a la muerte, en tanto que la muerte es quietud absoluta.

Pero aún existe otra relación imperiosa y no menos inquietante: es la de la imagen con el lenguaje [5], relación dada por nuestra tentación natural e irreprimible de poner en palabras las imágenes, nuestra vocación por el logos, nuestra voluntad de hacer inteligible lo que vemos. Pero esta relación imagen, lenguaje ha sido dificultosa cuando no imposible, o en palabras de Foucault.

“La relación del lenguaje con la imagen es una relación infinita. No porque la palabra sea imperfecta y, frente a lo visible, tenga un déficit que se empeñe en vano en recuperar. Son irreductibles uno a la otra: por bien que se diga lo que se ha visto, lo visto no reside jamás en lo que se dice, y por bien que se quiera hacer ver, por medio de imágenes lo que se está diciendo, el lugar en el que ellas resplandecen no es el que despliega la vista, sino el que definen las sucesiones de la sintaxis” [6].

Hay un cuento de Julio Cortázar que me produce una enorme inquietud en ese sentido y he querido detenerme en él e intentar pensar en cómo esta aparente irreductibilidad de la imagen en lenguaje que menciona Foucault, en Cortázar, es posible y de que modo el relato mismo es una reflexión sobre la mirada.

“Las babas del diablo” podría considerarse como obra abierta y también como obra en movimiento, pero no en movimiento físico como ocurre con la mayoría de obras de este tipo; el movimiento de “Las babas del diablo” no radica en posibilidades combinatorias o de estructuras móviles como en Rayuela. El movimiento en este caso no es físico sino síquico: hay un desplazamiento, no del relato, sino de la mirada y esto es lo asombrosamente curioso. Cortázar reflexiona sobre la mirada a partir del lenguaje, a la vez que nos obliga a ver -“(ahora pasa una paloma, y me parece que un gorrión)”- y a pensar en la relación de la mirada con el objeto visto:

“… y sé que si me voy, esta Rémington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de doblemente quietas que tienen las cosas movibles”.

De la doble inmovilidad que poseen los objetos movibles cuando están quietos sólo puede dar razón la mirada; no la visión en tanto acto fisiológico, sino la mirada en tanto experiencia psicológica. Es este el centro de diana del relato de Cortázar, la mirada, pero la mirada contenida y continente de y en todas sus posibles bifurcaciones: la mirada como correlato de la realidad y la realidad como un inaccesible; la mirada como testigo de la ausencia de verdades absolutas; lo relativo como ley física de la realidad, etc. Es quizás la reflexión más aguda que de la realidad y la imposibilidad de accederla haya hecho alguien, es una puesta en crisis de los absolutos.

“Va a ser difícil porque nadie sabe bien quién es el que verdaderamente está contando, si soy yo o eso que ha ocurrido, o lo que estoy viendo (nubes, y a veces una paloma) o si sencillamente cuento una verdad que es solamente mi verdad, y entonces no es la verdad salvo para mi estómago”.

Todo en el relato es inestable, no hay certezas, pero la incertidumbre no solo habita en la anécdota, sino también la forma es incierta, móvil, movilidad no sincrónica ni lógica, no obstante tampoco podríamos decir que sea tan arbitraria que carezca de sentido. Para empezar, en el texto de Cortázar el narrador duda de la posibilidad de narrar esa historia:

“Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no sirvan de nada”.

Acto seguido el texto transitará en saltos continuos de la primera a la tercera persona, y en este punto cabe preguntarse ¿persona? cuando quien narra está muerto, lo que desplaza la atención, pues deja de importar si está o no narrando en primera o en tercera persona puesto que quien narra ya no es persona, acaso lo fue, cosa que complejiza y desestabiliza aún más el relato.

“… Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es que esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto”.

El texto pareciera cifrarse para reflexionar en prácticas imperfectas y cuya perfección es un inalcanzable, una utopía a la que no se deja de aspirar, como la del alquimista. En primera instancia el narrador es traductor y fotógrafo y para el momento de la narración, está haciendo un trabajo de traducción del castellano al francés de un tratado sobre recusaciones de un profesor de la Universidad de Santiago.

La traducción es una de esas prácticas cuya perfección es una quimera. Se suele hablar de la traducción como de una inevitable traición, y de la lectura del texto traducido como si se viera un tapiz por el revés, es decir, que jamás se accederá al texto por una traducción, el verdadero espíritu del texto, su verdad profunda habita en la lengua original, y para lo que nos interesa aquí conviene que miremos el sentido del término en una de sus acepciones etimológicas más antiguas: traducir es muerte, ser traducido llegó a significar morir, en la Biblia hebrea morir era ser traducido de la tierra al cielo:

“Por su fe Enoc fue traducido, para que no viera la muerte, y no fue hallado, pues el Señor lo había traducido” [7].

Igual que se ha declarado muerto, acaso traducido, el narrador, quien pretende a su vez traducir para nosotros, para el lector la imagen en palabras y que además traduce un tratado de José Norberto Allende, profesor Universitario.

No podremos ahora determinar si Cortázar hacía conciencia de esta acepción del término traducción, pero pareciera existir una relación profunda entre lo imposible y su práctica: Imposible la traducción perfecta en todos los sentidos que plantea la narración; imposible la traducción perfecta de una lengua a otra, imposible la traducción de imágenes a palabras, imposible una narración hecha por un muerto y finalmente imposible la verdad absoluta.

No obstante en la narración estos imposibles se ejecutan: el muerto efectivamente narra a la vez que traduce y traslada la imagen en palabras. En este sentido el texto es auto referencial, pareciera que finalmente nos hablara de sí mismo, de su escritura, de su imposibilidad.

Quizá el texto de Cortázar sea en definitiva una invocación a la mirada, una invitación, no a atravesar el espejo o a ahogarse en el reflejo, sino a ser el reflejo mismo.

Notas
[1] Odisea, canto IX, verso 364.
[2] Ver: Francisco Díez de Velasco. Los caminos de la muerte: religión, rito e iconografía del paso al más allá en la Grecia antigua. Disponible en http://www,cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/
[3] Citado por Domènec Font. Fotografía y cine. Hibridaciones. La extraña pareja. P. 19. Exit, Nº 3, 2001
[4] Walter Benjamin. “Breve historia de la fotografía”, en Discursos interrumpidos I. Buenos Aires, Taurus, 1982
[5] Entiéndase lenguaje aquí en su acepción de lenguaje articulado. El que deviene el habla y la escritura.
[6] Michel Foucault. Las palabras y las cosas. Siglo XXI, 1993. P. 19
[7] Susan Sontag. Cuestión de ënfasis. Alfaguara, 2007. P. 377